Notas de la revista

Agustín Marchesín, máxima seguridad

- por Redacción EG: 12/05/2013 -

Es el guardián de un Lanús que toca bien, va al frente y apabulla a sus rivales, y que sostiene, con nivel de selección, el cero en el arco propio. Bonaerense de San Cayetano, se curtió en Huracán de Tres Arroyos, se terminó de formar en los juveniles de la Selección y ya estuvo en la Bombonera en el único campeonato local del Grana.

 Nota publicada en la edición de mayo de 2013 de El Gráfico

PERSONALIDAD, uno de los rasgos distintivos del arquero de Lanús. Así se ha plantado más de una vez como en la foto.

“Si usted no me da el permiso, yo viajo igual. Dejo el fútbol y me dedico al estudio”.
Ahí está el adolescente, plantándole cara al viejo entrenador. Seguro de sí mismo, de sus convicciones y de un deseo imparable: ir al viaje de egresados con sus compañeros de siempre. Aunque el precio pudiera ser tan caro. Aunque debiera colgar los guantes a la edad de empezar a ponérselos. Oscar Blanco, Cachín para la atmósfera futbolera, ensayó un discurso lógico, en el que intercaló palabras prototípicas como “profesionalismo”, “sacrificios” y “maduración”.

El chico, 17 años bien puestos, entendió todo. E insistió.

“No me quería perder el viaje con mis amigos, y me arriesgué; tenía que estar el 3 de enero para arrancar la pretemporada, pero recién volvíamos el 6. Al otro día de esa charla, Cachín me dijo que no había problemas, que fuera tranquilo; se portó muy bien. No era un capricho, yo me había tenido que ir de mi pueblo a vivir a Tres Arroyos para poder jugar en Huracán, y no quería quedarme afuera de algo que era tan importante para mí. Si no, me iba a arrepentir toda la vida”, le pone ahora un moño a la historia Agustín Marchesín, siete años y centenas de vivencias más tarde.

Hasta ese punto culminante, su vida había respetado los tópicos de un pibe de pueblo. Nació el 16 de marzo de 1988 en San Cayetano, al sur de la provincia de Buenos Aires, como “el hijo del médico”. Así lo referencian en el lugar, incluso hoy, cuando ya es el más famoso de los sancayetanenses. Su gusto por el arco no lo heredó del doctor: parece que Marchesín padre se puso una sola vez bajo los palos, cuando estudiaba Medicina en La Plata, y salió con trece goles en la canasta.

EN SU PUEBLO, San Cayetano, el arco y la pelota.

Entonces hay que colgarse de otra rama de su árbol genealógico para entender mejor. “El gusto por el fútbol viene del lado de mi tío Walter y de Gino, un amigo de él; cuando era chiquito me ponían contra un paredón y me pateaban fuerte. Les llamaba la atención que yo era bastante aguerrido, no esquivaba la pelota”, revisa. El paso siguiente fue natural: “A los 4 años empecé a jugar en Sportivo; me llevaba mi tío, que jugaba en la Primera, y me metía de mascota en los partidos. Hasta los 13 años jugaba de 9, pero un día faltó el arquero y entré al arco. Adelante era bastante duro, la verdad”, sigue evocando su pasado.
Así de normales iban las cosas hasta que surgió la oportunidad de jugar en Huracán, el grande de esa zona bonaerense. Dos veces por semana seguía la rutina: 70 kilómetros a la mañana hasta Tres Arroyos, entrenamiento, 70 kilómetros de vuelta al mediodía, y cursar la secundaria a la tarde. La parte anónima del futbolista de Primera ya sale por la tele. “Era un sacrificio, yo quería estar con mis amigos, y en un momento me tuve que ir a vivir a la pensión de Huracán”, reflexiona. Enseguida llegó un mundialito en Mar del Plata; empezaba la parte más intensa de su carrera. Él la resume fácil: “Me vio el Chavo Anzarda, que era en ese momento el técnico de Primera, le gusté y al año, cuando Huracán estaba en la A, me llevaron a la pretemporada y me convocaron a la Selección juvenil”.

OJOS BIEN ABIERTOS
De su primera pretemporada, la que se marca en la memoria con tinta indeleble, recuerda sobre todo los dolores en sus pies: “La hice con mis Topper de lona, correr en la montaña me mató”, se ríe. “Hasta que llegué al club era puro instinto, recién ahí empecé a hacer trabajos específicos de arqueros”, agrega. Tenía como compañeros de puesto a Néstor Lo Tártaro, Milton Pardal y Silvio Dulcich, tres con el sello de las categorías de ascenso. Los dos primeros hablaron con Anzarda para que lo subieran al plantel principal.
Pasó un año. Un día de esos, mientras almorzaba con sus compañeros de la Primera local, escuchó su nombre y apellido de boca del presidente del club. Papaba moscas, como de costumbre, y no entendió muy bien el porqué de la mención. Tuvieron que repetírselo: lo citaban a una prueba en la Selección juvenil. Cachín, el mismo de la encrucijada del comienzo, le había pasado buenas referencias de un flaquito de un metro ochenta y ocho a Ubaldo Matildo Fillol, por entonces entrenador de arqueros de todas las selecciones.

Agustín monologa el recuerdo de un sólo tirón. “No lo esperaba para nada. Vine con el presidente del club, y me encontré con que me esperaba el mejor arquero de la historia, no lo podía creer. El primer día en Ezeiza, Fillol me empezó a patear y yo veía que se acercaban Leo Franco y Lux, los arqueros de la Mayor, que estaban por jugar un partido de eliminatorias. Quería que Fillol dejara de patearme para verlos, mirar qué hacían, y de pronto los dos se acercaron y se pusieron a practicar conmigo. Imaginate… Cuando terminó el entrenamiento, me felicitaron, y Fillol les pidió un recuerdo: Franco me dejó la campera y Lux, los guantes. Tenía miedo de que me los pidiera el utilero para llevarlos al lavadero”.

La figura de Fillol ocupa un lugar central en su cartelera de referentes. Aquella primera impresión se soldó con el paso de los días, los viajes, los partidos. “Un día, antes de salir a la cancha, me preguntó quién era el mejor arquero. ‘Casillas’, le dije. ‘Estás equivocado, el mejor sos vos. Cada vez que salís a la cancha tenés que creértelo, el mejor del mundo sos vos’, me contestó. Me enseñó a estar concentrado siempre, secretos del puesto, y como persona fue de lo mejor que conocí. Estar con él fue lo mejor que me pasó en el fútbol”, sentencia. Y no hay incidencia directa de las atajadas del Pato en la imagen que se formó Marchesín: el día de la despedida como arquero profesional de Fillol, en 1990, había un nene en San Cayetano que apenas tenía dos años.

VOLANDO, de pibe, con el buzo de Navarro Montoya.

LAS LUCES DE LA CIUDAD
La proyección de ese chico que atajaba en Huracán de Tres Arroyos era evidente. Tanto que empezaron a desfilar los clubes de la A, preguntando por él: Boca, Banfield, Lanús… “Elegí con mi papá venir acá. Cuando llegué estaban Bossio, Flores y Moyano, un chico de las divisiones juveniles. Chiquito fue mi padre futbolístico, lo veía como alguien inalcanzable. En el club ocupaba un lugar muy importante. Yo no terminaba de creerme que estaba ahí, que era parte de un plantel de Primera, que me entrenaba con ellos”, agrega otro eslabón a la cadena de su incredulidad. Fue un salto a la madurez anticipada, a acostumbrarse a la lejanía familiar. “Al principio me pusieron con Moyano en un departamento. Era raro, ni nos conocíamos y de pronto teníamos que compartir todo. Aprendí, claro: tener que cocinar, lavar la ropa, tender la cama… Me ayudó, no sabía hacer nada de eso. Además tenía que adaptarme a una ciudad tan grande. Fue un golpe duro”, define ahora, sentado a la mesa del departamento que habita en Puerto Madero. Buenos Aires se ofrece desde un ventanal inmenso; adentro, Agustín sigue desgranando su historia. Mientras, Sol –su novia, una estudiante de nutrición nacida en el mismísimo San Cayetano– sigue la ronda de mate amargo.
Ya instalado en Lanús, su carrera hacia la meta empezó bien de abajo, sin siquiera sentarse en el banco. Desde fuera de la cancha fue testigo del título de 2007, con su admirado Bossio en el arco y el uruguayo Flores como suplente. Esa tarde, la de la consagración, entró por primera vez a la Bombonera, aunque sólo para festejar con sus compañeros, después del 1-1. Llevaba apenas seis meses en el club. Necesitó que pasara más de un año de ese título para encontrar el hueco por donde filtrarse: “Fui como parte de un equipo alternativo a jugar a Jujuy, porque estábamos metidos en la Copa. El día antes del partido, Chiquito dijo 'el arco está bien cuidado'; eso me tranquilizó un montón. El partido me marcó, me salían todas bien. La fecha la tengo grabada, fue el 1 de marzo de 2009. Ganamos 2-0 y fui la figura. Al otro día, compré todos los diarios. Además, el suplente era Moyano, mi compañero de departamento: fue una alegría compartida”, cierra.

Pero una cosa es debutar y otra asentarse. Más en un puesto donde los cambios entre titular y suplente no son frecuentes. En ese camino, hubo otro episodio crucial fuera de su club que lo alimentó: un viaje con la Selección Sub 21 para jugar el torneo Esperanzas de Toulón, con Checho Batista de entrenador. “Me sirvió para darme cuenta de que podía jugar, competir a la par de mis compañeros; estaban Banega, Buonanotte, jugadores con rodaje en Primera. Anduve bien, me dieron el premio al mejor arquero y volví con la esperanza de pelear el puesto en Lanús”, describe un nuevo punto de inflexión, sucedido en ese 2009 tan especial. Porque fue el año en que su apellido empezó a ser el primero que nombraban los relatores al repasar la formación del Granate. No tenía 26 ni 27 años, la edad en la que en general un arquero se hace dueño; apenas 21. Y aparece otro apellido en su lista de agradecimientos: “Zubeldía me llamaba a ver los trabajos que hacía con los delanteros, para que creciera. Es un maestro en la táctica, me hizo entender el juego de una manera que yo no conocía. Antes, me paraba en el arco y atajaba, ahora analizo los detalles de los rivales, quién patea de un lado, del otro, cómo se mueven los delanteros, todo”, elogia a Luis, el que lo respaldó.

CONCENTRACION. Se ha ganado el respeto del ambiente con los muy buenos últimos años.

Hoy comparte los entrenamientos con Esteban Andrada y Nicolás Avellaneda, sus suplentes. Los dos le sacan lustre a la cantera de Lanús, prolífica como pocas en los últimos diez años. Y en el horizonte asoma la obligación de pulsear por el Final hasta el final. “La gente se acostumbró a pelear los primeros puestos, a pensar que si no nos clasificamos para las copas es un fracaso. Eso genera una linda presión, feo debe ser pelear el descenso. Hay que ir partido a partido, somos un grupo con muchos jóvenes y no tenemos que perder el nivel que nos trajo hasta este lugar”, matiza. En el banco, quien reparte las pecheras de titulares y suplentes es uno nuevo. “A Guillermo lo admiraba de chico, sabía que era un ganador nato y que venía a exigirnos pelear los campeonatos”, puntualiza.

Pero no se la cree demasiado. Ni la certeza de ser titular, ni los comentarios insistentes sobre que es el elegido para ser la próxima gran venta del club, le mueven demasiado el amperímetro de sus emociones. “Todo me fue sorprendiendo. Estar en la Primera de Huracán de Tres Arroyos era como estar en el Real Madrid; estar en la Selección juvenil era como estar en la Mayor. Ahora mismo sigo pensando que no tengo que relajarme, que tengo la obligación de seguir progresando”, analiza, mente fría y palabras cuidadas. Vuelve a usar el espejo retrovisor para graficar mejor sus ideas: “Gracias a Lanús tuve mi primer sueldo, compré mi auto, crecí; la gente que trabaja en el club se preocupa por uno, estoy muy cómodo. Este es mi ambiente. Por eso no pienso en otro equipo ni en otro país, acá estoy muy contento. No miro más allá de hoy”.

Lo dice con las palabras y lo reafirma con la mirada. Y con la misma serenidad que tuvo, aquel día y hace tiempo, para discutir su futuro mano a mano con el viejo entrenador.

Tiene futuro de Selección
Por Néstor Lo Tártaro *
Una tarde, cuando yo atajaba en Huracán de Tres Arroyos, hicimos una práctica contra un grupo de juveniles del club que se estaba preparando para un torneo. A los cinco minutos, el arquero de ellos ya me había impresionado: cortaba los centros, se movía bien en el área, no parecía nervioso. Era Agustín. Al rato, el partido no me importaba más, estaba concentrado en ver lo que hacía él. Después pregunté y me dijeron que venía de un pueblo: “Fíchenlo ya”, le dije al técnico.
Al tiempo, hablé con Anzarda, que era nuestro entrenador, y le sugerí que lo subiera a Primera para que empezara a tener roce. Necesitábamos recambio: entre Pardal y yo, los arqueros, ¡sumábamos como 80 años! Ya a los 15 Agustín mostraba plasticidad, coordinación y manejo.
Y siempre tuvo un carácter fuerte: una vez, en un clásico, vino a saludarme al banco antes del partido, a pesar de que yo era del cuerpo técnico de Banfield y le había dicho que no lo hiciera para no exponerse con los hinchas de Lanús. Eso explica qué tipo de persona es: agradecida.
No es natural que a los 25 años sostenga su buen nivel en el tiempo, sería más lógico que fuera irregular, porque es muy joven todavía. Ahora mejoró en la pegada y la ubicación, y siempre transmite tranquilidad. Esa es una de sus virtudes más importantes. Yo le veo futuro de Selección.

• Entrenador de arqueros del cuerpo tecnico de Julio Falcioni. Fue compañero de Marchesín en Huracán de Tres Arroyos.

Por Andrés Eliceche. Foto: Maxi Faillá
Por Redacción EG: 12/05/2013

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