LAS CRóNICAS DE EL GRáFICO

Disparador: la página en blanco

- por Elías Perugino: 13/02/2013 -

Del Potro y el tembladeral de la Davis, las vueltas de Bianchi y Ramón, los nuevos capítulos de la escabrosa película de Riquelme, la magia de Messi... A veces, hay tantos temas para enfocar que el cronista se deja ganar por la indecisión y termina escribiendo sobre cuestiones más domésticas y mundanas. Sépanlo disculpar.

 Nota publicada en la edición de febrero de 2013 de El Gráfico

La página en blanco es el terror de los redactores. Es ese instante cruel, eterno, aguijoneante, en que uno debe iniciar una nota y las musas (con ese, porque si fuera con zeta serían “las de muzza”, y eso es otra cosa) se niegan a comparecer para ejecutar su misión auxiliadora y misericordiosa. El advenimiento de la computadora rescató del oprobio a la mayoría de los escribas. Las teclas, ahora más amigables, no producen ruidos delatores como los de las viejas Olivetti marrones o las indomables máquinas eléctricas, de efímera vida en las redacciones. Y el reinado del display en blanco, con la página de World aún virgen y sedienta de palabras concatenadas, se mantiene con discreta elegancia, sin levantar sospechas vergonzantes ante la fauna de la redacción. Se puede empezar una y mil veces un texto sin llamar la atención: nada del “tac-tac” de las teclas, nada del “shic-shic” del rodillo, nada de hojas hechas bollos, volando cual triple de Ginóbili hacia el cesto de los papeles.

Antes –entendiéndose por antes a no hace mucho–, el sistema botoneaba la falta de inspiración con más efectividad que Jacobo Winograd a los “Pumas de Bengala” de la noche porteña. Para los cronistas jóvenes o los columnistas avezados de los 80, hacer más de dos bollitos significaba un bochorno. “¿Qué pasa, hoy? ¿Shakespeare[1] se quedó sin cuerda?”, ironizaba Carlitos Huart, columnista estrella en la redacción de Deportes de Diario Popular de aquellos años. Ahí sí que el papelón se amplificaba. No recuerdo si era por una supuesta crisis –“¡Qué bien estábamos cuando creíamos que estábamos mal!”, diría un amigo–, o por una inconcebible falta de insumos, pero en el diario no había hojas pautadas. Escribíamos en una especie de rollo de cocina con gramaje de hojas A4[2]. A medida que el artículo incrementaba sus líneas, la máquina generaba una extensa lengua de papel; una chorrera blanca que nacía en cada escritorio, llegaba hasta el piso y se entrecruzaba con la del redactor de al lado, casi como las serpentinas que se tiran en la cancha de Racing. El bochorno se amplificaba porque, si Shakespeare se quedaba sin cuerda, a los ruidos usuales se agregaba el corte del rollo y su reubicación en el rodillo, tarea apenas más sencilla que la colocación de un stent[3]. Al final, cada redactor entregaba su texto en un formato tan arrollado como el de los bandos de 1810. Pobres los tipeadores, que debían mantenerlos desenrollados con piruetas inverosímiles para incorporar los textos al cavernario sistema de entonces.

En Noticias de Lomas, un semanario de respetable venta durante el apogeo del duhaldismo en el municipio local, se curtía la vocación por lo imprevisto, por lo inesperado. Uno podía tener una nota en la cabeza, pero para materializarla debía desempolvar cierto instinto de supervivencia. Encontrar una hoja en blanco de lo que fuera –A4 ni en sueños– en la fantasmagórica redacción ubicada a centímetros de la estación de Temperley, era una tarea más compatible con una aventura de Jason Statham[4] que con el mandato de un redactor. Pese a tan apabullante precariedad, el resto de la factoría editorial era impecable y los textos lucían en las páginas como si fuera el New York Times o El País.

En la vieja La Razón, la de Hornos 690, cuya redacción olía a las galletitas Terrabusi[5] que se fabricaban en las manzanas vecinas, el desafío era diferente. Escribíamos en unas hojitas diminutas, casi de libreta de detective, que carecían de renglones y se parecían bastante al papel con que se envolvían los 100 gramos de fiambrín en cualquier almacén. Nadie supo explicar bien a qué obedecía una elección tan restringida, tan avara. Mirá si alguno iba a tener las agallas suficientes como para preguntarle semejante nimiedad a Félix Laiño[6]… Las escuálidas páginas parecían estampillas en medio de los gigantescos rodillos. Y si un cronista se olvidaba de ajustar el tope del margen derecho, podía dejar una generosa porción de su prosa estampada en el caucho. Algo de eso solía sucederle con bastante frecuencia a Ernesto Secchi[7], acaso el único cronista que fue capaz de escribir más rápido de lo que hablaba, y eso que el Gordo era verborrágico... La máquina de Ernesto escupía las carillas como una ametralladora desbocada. A veces salían con tanta velocidad que flotaban por la redacción como las hojas indecisas del otoño. Sus compañeros de entonces todavía recuerdan un viaje suyo a Montevideo para cubrir al Boca del Toto Lorenzo. Fue en la avioneta del diario y cuando aterrizo en Aeroparque, tras un vuelo de un puñado de minutos, ya se había bajado todos los textos…

Hojas señoriales y distinguidas eran las de El Gráfico. Venían con las líneas y los espacios pautados, generalmente trazados en un celeste sutil que no dañaba la vista, y eran suavecitas como el cachete de un bebé. Casi que daba pena estropearlas con el texto. El detalle distintivo era el logo calado en el margen superior izquierdo. Desde siempre, la consigna de la revista fue la prolijidad de las entregas de los originales. Nada de enmiendas, notas adicionales o tachaduras. Esa pulcritud garantizaba el aceitado funcionamiento de la cadena de edición, cuyo celoso guardián era Osvaldo Ricardo Orcasitas, un generoso maestro para los cronistas que desembarcamos en aquel tiempo. Osvaldo recibía la totalidad de los originales y, antes de pasarlos a diseño y bajarlos a la sala de tipeo, subrayaba los textos con sus marcadores: un color para la bastardilla, otro para las negritas, y nunca una confusión…

Después apareció la computadora y… ¡santo remedio! Ahora mismo, en esta redacción ubicada en San Telmo, en el corredor denominado Paseo de la Historieta[8], varios compañeros desfilan sin imaginar que las musas no han comparecido, que Shakespeare se quedó sin cuerda. Que hubo un amague de abordar la controvertida decisión de Del Potro y las imbéciles internas del equipo de Copa Davis. Que por la mente cruzó la idea de contextualizar la importancia que revisten los regresos de Carlos Bianchi y Ramón Díaz para el raquítico fútbol argentino. Que el nuevo asombro de Messi –cuarto Balón de Oro consecutivo– fue descartado porque ya no se sabe más qué decir de él, salvo que Messi, más que un apellido, ya debería ser un adjetivo. Y que también progresó la tentación de profundizar en los quirúrgicos manejos de Juan Román Riquelme, el último rebelde, como bien lo definió El Gráfico en su tapa de agosto. Pero nadie lo notó. No hubo vestigios delatores. Al final habrá que retractarse: la página en blanco ya no es el terror de los redactores. Y a veces, como ahora, hasta se transforma en eje de una disquisición nostálgica y te saca de un apuro.

Por Elías Perugino

TEXTOS A PIE


1- Considerado el mayor dramaturgo de todos los tiempos, el inglés Willian Shakespeare vivió entre 1564 y 1616. Entre sus obras más famosas se destacan: Romeo y Julieta, Hamlet, Otelo, Macbeth, El mercader de Venecia, La fierecilla domada y Sueño de una noche de verano.

2- Es el formato más popular entre las hojas de oficina. Mide 21 x 29,7 centímetros.

3- Los stents son dispositivos utilizados para corregir el estrechamiento de las arterias o venas, ya sean coronarias o de otras partes del cuerpo. Abren el interior de un vaso sanguíneo semiobstruido y permite normalizar la circulación del fluido.

4- Actor inglés, protagonista de la trilogía El Transportador, oficio con el que concreta hazañas increíbles. Desde su debut en el cine, ocurrido en 1998, filmó más de 30 películas, la mayoría de acción.

5- Los hermanos Terrabusi llegaron desde Italia. En 1911 fundaron la famosa fábrica de galletitas. Entre otras delicias, crearon Manon, Tita, Rodhesia y Lincoln. Al principio, sus líneas de bizcochos venían envasadas en latas muy pintorescas.

6- Periodista de fuerte carácter, condujo al vespertino La Razón entre 1937 y 1984. Además de respetarlo, varios integrantes de la redacción le temían. Marcó una época en el periodismo argentino.

7- Además de periodista deportivo, el querido Gordo fue Director Comercial de la Editorial Perfil, donde se transformó en un pilar fundamental.

8- Abarca varias cuadras de las calles Chile, Balcarce, Belgrano y Paseo Colón, en las que se desperdigan, a manera de homenaje, varias estatuas coloridas con los principales personajes de la historieta argentina, como Larguirucho (foto), Isidoro, Clemente, Matías, Mafalda…
Por Elías Perugino: 13/02/2013

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