GAGO, SIN LUGAR EN VALENCIA, viene a Vélez a sumar minutos de cara al próximo Mundial. De sucesor de Redondo a esperanza de un fútbol que se vacía en cada libro de pases.

De vez en cuando, el fútbol argentino se nutre de esperanzas que le permiten volver a saborear el brillo que alguna vez lo distinguió. La llegada de Fernando Gago a Vélez fue recibida, por el hincha y  el periodismo en general, como una nueva señal de aquellos tiempos que siempre se están llorando. Como si la historia genética de nuestro fútbol se empecinara en persistir por medio de ramalazos: la aparición de un talento fresco o el retorno de otro fortalecido por la experiencia. Lejos de querer discutir la calidad del exvotante de Boca, hay que decir que si está de nuevo en nuestro país es porque en España, otro entrenador, lo consideró prescindible.

El periodista Cayetano Ros, del diario El País, escribió una columna publicada la semana pasada en la que explica El fracaso de Gago, un resumen desfavorable del paso del argentino por el fútbol europeo. Opiniones al margen, los argumentos de Ros son, al menos, aceptables. Según él y algunos testimonios citados en la nota, el futbolista anulaba sus condiciones técnicas con actitudes perjudiciales para la armonía del plantel del Valencia. “´Es poco sociable, no genera simpatía, va sobrado´”, lo definió un técnico de Mestalla”, dice Ros. También sugiere el periodista que tanto en el Real Madrid como en la Roma el derrotero de Gago fue similar: falta de adaptación, falta de continuidad, necesidad de encontrar nuevos rumbos.

El fútbol argentino solo puede incorporar figuras que no lo sean, como Gago, en sus respectivas ligas. Descarte es un término peyorativo y muchas veces injusto. Desgaste tal vez sea la palabra adecuada. Porque cuesta encontrar casos de futbolistas que elijan volver si tienen continuidad en ligas de mayor peso económico que la argentina. Para hacerlo, es necesario que ya no les queden cartuchos para mantenerse. El caso Ponzio, figura y capitán del Zaragoza, que optó por jugar en la B Nacional con River a continuar en España, sea tal vez el último paréntesis de esta regla. En general, es necesario que los Gagos necesiten de nuestras canchas como nosotros necesitamos de ellos. Los ingresos de materia prima al mercado local están condicionados por algún agravante que vuelve “de segunda” a esa mercadería entrante. El hambre convierte cualquier plato en un manjar de primera.

Pero en esta empresa alocada los egresos tampoco se dan como el sentido común lo ordenaría. Se entiende por sentido común, en el desarrollo de cualquier actividad profesional, el cumplimiento de etapas y aprendizajes que consoliden a uno al servicio de una expresión colectiva.

El ejemplo de lo ocurrido con Ricardo Centurión es la otra cara (¿o la misma cara pero con sentido inverso?) de lo que ocurre con jugadores como Gago. A los rusos del Al Anzhi le alcanzaron los 23 partidos que el volante jugó en la primera de Racing para ofrecer una millonada y llevárselo. Tarea complicada la de adivinar el futuro, pero, por casos semejantes y abundantes, no es descabellado sospechar que será corta la estadía del volante en la sureña ciudad de Majachkalá. Por lo pronto, su aventura comenzó desordenada y confusa: hasta último momento se creía que a pesar de la venta continuaría a préstamo en Racing durante seis meses más. Después se confirmó su partida definitiva a causa de una lesión en uno de sus tobillos; lesión que se atenderá en nuestro país. Fue vendido, lesionado, y por eso es probable que el próximo semestre no tenga minutos en cancha. Este panorama propicia el temor de los dirigentes de Racing, que pretendían una cláusula en caso de que el futbolista sea vendido o prestado a otro club de la Argentina. A mediados del año pasado esta misma dirigencia había vendido a otra joyita del club: Valentín Viola, transferido al Sporting Lisboa, también gracias a una ráfaga deslumbrante durante un campeonato.

Las causas de este malestar son discutidas y conocidas. En general, el fútbol, como negocio multimillonario en que se ha ido convirtiendo, se rige de acuerdo a las economías de los países. Siendo imposible una competencia mano a mano con monedas extranjeras, a la liga argentina no le queda más remedio que ingeniárselas para no vaciarse del todo. Y de tanto poner parches se fue armando una de las estrategias que la mantienen en pie: vender rápido hoy lo que mañana puede volver en forma de préstamo o a precios más bajos que su primera venta. Tal es el caso de Gago, que en 2006 se fue al Real Madrid a cambio de 20,4 millones de euros. Su actual cláusula de rescisión es de 3,4 millones de la misma moneda.

Casualmente Vélez es el equipo que más y mejor vendió en los últimos dos años. Entre los pases de Ricardo Alvarez y Juan Manuel Martínez recaudó más de 20 millones de dólares. El primero emigró a mediados de 2011 (y estuvo cerca de llegar a River en este 2013; en el Inter no tiene continuidad); el segundo es el refuerzo estrella de Boca, club al que llegó después de un paso sin gloria por el Corinthians de Brasil.

Los dirigentes locales necesitan de casos como el de Alvarez o Martínez, cuyos talentos probados en estas tierras no consiguieron echar raíces en otras latitudes, y sus fichas siguen siendo terrenales para las billeteras de los clubes más poderosos del país. Para el Torneo Final que comienza en breve la búsqueda estuvo apuntada a esta clase de futbolistas: Mario Bolatti (Racing), Daniel Montenegro (Independiente), Sebastián Fernández (lo buscaron Boca e Independiente), Juan Manuel Iturbe (River), Ribair Rodríguez (Boca), Valentín Viola (aún lo pretende Racing). La cadena se fue eslabonando por la fuerza lógica de la desmesura y la necesidad. No se puede parar de vender, pero la obligación deportiva requiere de reemplazos que estén a la altura de los que se van.   

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