Notas de la revista

Más que mil palabras (sobre el fútbol en Siria): La pausa

Una imagen durante la guerra civil en Siria, un país que pese a todo aún no dejó de lado el fútbol. Un texto de Martín Mazur.

 Nota publicada en la edición de diciembre de 2012 de El Gráfico


EN EL SUELO HAY MÁS armas que pies. Son siete ametralladoras, la mayoría con el perfil inconfundible de la AK-47. “Nueve de cada 10 víctimas de la guerra hoy mueren con rifles de asalto. Las armas nucleares reposan en los silos; tu AK-47, esa es la verdadera arma de destrucción masiva”, le dicen al personaje Yuri Orlov, interpretado por Nicolas Cage, en el Señor de la Guerra. La película muestra escenas crudas de ejércitos infantiles en Africa, pistolas de oro de sanguinarios líderes y cargamentos enteros de armas rusas que desaparecen mágicamente mientras implosiona la Unión Soviética. Destacada por Amnesty International por su valor testimonial, el Señor de la Guerra no tiene ninguna escena como esta, que por densidad se parece más a Apocalipsis Now.

Los rifles reposan apoyados en la pared de una escuela siria. La escuela, según reporta el fotógrafo turco Bulent Kilic, está vacía. En Siria no es tiempo de educación, sino de guerra civil. Y en plena guerra, también es tiempo de fútbol. En ropa de batalla, los rebeldes tratan de domar una pelota. Tres pies sobre la tierra, tres en el aire. Un cuarto hombre, con lentes de sol, viene a la carrera para sumarse a la escena. Puede ser el atardecer luego de una noche de combates. O el amanecer previo a una batalla. Es la pausa, la desconexión temporal de la realidad. Guerra y diversión, en una asociación sombría.

Quizás algunos de los que sonríen en la foto, tomada el 16 de noviembre, ya estén entre los 35 mil muertos que dejó el conflicto. Pero la mayoría de las víctimas no son rebeldes ni militares, sino civiles. The Economist publica un número similar de detenidos y torturados por el régimen de Bashar Al-Assad.

Hasta octubre, la guerra civil en Siria había dejado al menos 328 mil refugiados, según la ONU. Se estima que la cifra ascendería al doble para fin de año. Millones de ciudadanos quedaron atrapados en el país, empapados en el baño de sangre que empezó el Gobierno durante la Primavera Arabe, los levantamientos pacíficos masivos contra los dictadores de una docena de países de la región.

La respuesta del Al-Assad fue masacrar a sus propios ciudadanos, justo cuando su mujer, definida como “una rosa en el desierto” por la revista Elle, arrasaba con las vidrieras más exclusivas de Europa, en sus célebres raids de shopping. Hoy, ella tiene prohibido pisar suelo europeo, salvo el de Inglaterra, donde nació. Y Elle quitó el artículo de su sitio y pidió disculpas por su publicación.



LA LIGA DE FÚTBOL siria se suspendió el año pasado. En 2012 intentó retornar con un campeonato que quedó inconcluso. Pero el fútbol, como se ve en la foto, no murió.

En noviembre, la selección Siria hizo dos amistosos contra Palestina. Dos naciones que se desangran internamente, jugando en Jordania, donde sus ciudadanos soñarían con refugiarse. Resulta más fácil para futbolistas y entrenadores: la mayoría logró irse a clubes de Iraq, Jordania y Kuwait.

Siria fue excluida de las Eliminatorias por la mala inclusión de una jugador, George Murad, contra Tajikistán. Y no clasificó a los Juegos de Londres, un alivio para el pueblo, que prefería una derrota antes que la apropiación política de las victorias. Los oficialistas levantaban las banderas nacionales y cantaban “larga vida a Bashar” en cada triunfo. Así, los jugadores quedaban en una situación imposible. El espíritu deportivo hecho polvo.

El arquero de esa selección, Abdelbasset Saroot, de 20 años, se transformó en un portavoz de la revolución: “El mundo sólo habla de cifras de muertos. Acá hay gente real, gente que está siendo masacrada. Mi mensaje como futbolista, atleta y activista es ese. Libertad es una palabra muy grande. Si ves algo malo, libertad es poder hablar sobre eso”, declaró en marzo a Reuters. En Siria sólo había lugar para la visión del Gobierno. El pueblo lo puso en jaque con su salida a las calles.

Saroot también denunció que muchos de sus compañeros jugaban obligados. “Los atletas no quieren representar a una bandera que no les genera orgullo ni fe. ¿Cómo se puede competir mientras masacran a tu familia y amigos? La cultura deportiva en Siria para mí está muerta”.

El futbolista Ahmed Al-Shedan fue uno de los caídos en Homs. El boxeador Nasser al-Shami, medalla de plata en Atenas 2004, resultó herido por un francotirador mientras protestaba contra el Gobierno. A otro arquero, Mosad Balhous, lo encarcelaron tras las primeras protestas.

Mientras tanto, un primo del dictador, Fawwaz Al-Assad, se transformó en el presidente del club Tishreen, ubicado en un puerto estratégico para el contrabando. Según reporta el excelente blog Mid East Soccer, Fawwaz hablaba con los árbitros antes de cada partido y llegó a disparar al aire durante uno. ˝Ese día, el Tishreen terminó ganando con un gol en offside”.

Saroot ya no ataja. El mes pasado mataron a su hermano y le bombardearon la casa. Pero el valor de Saroot es que tampoco empuña armas. Otros, en cambio, sí. Es el caso del atleta Yasser Nasrullah. “Mi sueño era el de llegar a una medalla olímpica en alguna prueba atlética, pero ahora lo que gano son tanques rusos”, le dijo al News Reporter de Pakistán. Con su bazooka, aseguró haber destruido al menos seis.



LAS ARMAS DE destrucción masiva de la foto están en Ras al-Ain, en la frontera con Turquía. Allí está la escultura de Hadd-Yith'i, con una inscripción en arameo y acadeo del 900 a. C., la más antigua jamás encontrada. El arameo y el acadeo son dos de las lenguas que terminaron formando el idioma árabe. Hoy, los rebeldes hablan uno nuevo. “Creamos una nueva lengua para que los enemigos no puedan entendernos”, dijo Nasrullah. El lenguaje de la guerra es incomprensible, pero no es nuevo: se habla desde hace siglos.

Mientras la ONU se demora en una intervención, el grupo paramilitar Free Syria podría terminar recibiendo armamento y asistencia extraoficial de otros países para derrocar al régimen. Los traficantes de armas seguramente tengan la misma buena voluntad de Yuri Orlov: “Ojalá que disparen y fallen. Pero ojalá que disparen”

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Por Martín Mazur
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