Nota publicada en la edición de noviembre de 2012 de El Gráfico

Maxim Molokoedov en la cárcel en Chile.

EL FUTBOLISTA ESTA en el aire. Está en vuelo. A más de medio metro del piso, tiene el cuello rígido para controlar una pelota que cae del cielo. El entramado de la reja permite verlo dentro de un panal dividido en pequeñas celdas, en un plano que es digno de un juego de arcade en dos dimensiones.
Maxim Molokoedov, así se llama el personaje, sabe de rejas y celdas. Está preso en Chile desde hace dos años y medio.

Molokoedov vive en el aire. Es el primer jugador etéreo. Si apoyara los pies sobre la tierra sabría que aún le queda tiempo de condena, o se daría cuenta de que duerme en un colchón en el suelo de una celda que comparte con 5 personas, en una de las prisiones más peligrosas de la capital chilena. ¿Para qué tener los pies sobre la tierra cuando se puede levantar vuelo?

Nadie lo forzó a volar. No hablamos del salto acrobático de la foto, sino del vuelo de línea que emprendió desde San Petersburgo hasta Quito, con posterior regreso hacia Madrid, hace tres años. Le tocaba hacer una escala de siete horas en Santiago.

Estaba tranquilo en una sala de espera del aeropuerto chileno, hasta que aparecieron la policía y los perros. Molokoedov llevaba seis kilos de cocaína disimulados en libros infantiles. Esa era la misión que había aceptado, la que le habría significado un departamento en San Petersburgo si la droga hubiera llegado a destino. Cuando lo detuvieron, no hablaba una palabra de español.

Terminó preso por narcotráfico. Lo condenaron a tres años y un día de cárcel. Pasó meses en aislamiento forzoso: sin poder comunicarse, estar rodeado de gente o estar solo era casi lo mismo. Molokoedov se sentía como Billy Hayes, el protagonista de Expreso de Medianoche que cae preso en Turquía. “La gente hablaba a mi alrededor, pero no podía entender lo que decían. Estar en la cárcel es duro, pero si no puedes hablar, es el infierno”, le dijo al diario La Tercera.




SU PRIMER VINCULO comunicativo lo hizo con una pelota en el patio, en los campeonatos internos de baby fútbol. Los espectadores lo miraban con asombro y con una sonrisa: cuando se desmarcaba, Maxim gritaba: “Síseñor”. Así, todo junto. Eran las únicas palabras que había aprendido a decir, para sobrevivir con sumisión ante guardias a los que no podía entender.

Mientras tanto, el cura del presidio se contactó con un colega de la iglesia ortodoxa rusa, quien lo visitó con un compatriota de Maxim. Allí, ante otro ruso, cuando por fin pudo escupir todas las palabras que tenía adentro, Maxim confirmó que había sido futbolista. Lo habían dejado libre del Dinamo Saint Petersburg. Luego se había peleado con el técnico de un equipo cuyo nombre, irónicamente, suena a modelo de avión: el Pskov 747. Ante la negativa de hacerle un primer contrato en el club avión, Maxim eligió hacer el vuelo. Y así cayó en Santiago.

En una de las visitas que Claudio Borghi suele hacer al penal, lo vio en acción y le regaló una camiseta de Chile. Esa camiseta voló hasta San Petersburgo, como obsequio –y pedido de disculpas– de Maxim hacia su madre, una maestra que aún esperaba noticias de él. En la cárcel le habían prohibido enviar o recibir correspondencia en un lenguaje que no pudieran entender.

Muchos jugadores tuvieron que pasar por situaciones comprometidas y terminaron detenidos. Pero pocos –quizá ninguno– han tenido la suerte de recorrer el camino inverso. Maxim Molokoedov es el preso que se convirtió en futbolista.

Este año lo fichó Santiago Morning, club que busca volver a Primera. El vicepresidente Luis Fáundez llegó al despacho del director de la cárcel, que lo esperaba junto a Molokoedov. “Dígale al señor Fáundez por qué está usted aquí”, dijo el director. “Por huevón”, le respondió el ruso. Y todos se largaron a reír. Algo había aprendido, a esas alturas.

Molokoedov sale de lunes a viernes por la mañana de la cárcel y emprende una rutina de seis horas que incluye un desayuno, un entrenamiento y un almuerzo, siempre bajo supervisión de dos gendarmes.
Dos años y medio sin entrenar no parecían prometedores. Sin embargo, Maxim sorprendió a todos. “En el primer entrenamiento, el profe había armado un trabajo muy fuerte. Pensamos que no lo iba a aguantar, pero hizo todos los ejercicios sin quejarse”, cuenta Pablo Vranjican, delantero argentino ex Newell’s.

Compartir vestuario con un presidiario cambió la manera de pensar de muchos. Cómo quejarse de un doble turno o un día más de concentración, cuando un compañero se va a dormir al piso de una sucia celda.




COMO SU TRANSFER llegó con el libro de pases cerrado, lograron inscribirlo sólo para la Copa Chile. En su debut –amistoso contra Palestino– entró y marcó los dos goles para dar vuelta el partido. Presos y guardiacárceles siguieron la transmisión como si fuera la final del Mundial, mientras el ala evangélica de la cárcel rezaba por el amigo ruso. Luego tuvo una soberbia actuación en el 3-3 contra la U, asistencia de taco incluida. “Quizás hoy sea el futbolista más famoso de Chile”, explica el técnico Hernán Ibarra.
El predio de su club está muy cerca del aeropuerto internacional en el que lo detuvieron. Se llega por un camino de tierra en el que se ven vacas, patos y otros animales que andan sueltos. Hoy, mientras muchos compañeros le preguntan sus planes, él responde que quiere disfrutar de eso cada día.

Hace poco le ofrecieron una amnistía que implicaba su liberación, a cambio de que no pisara Chile por 10 años. Maxim Molokoedov, aquel muchacho que en Rusia emprendió el vuelo equivocado, rechazó la propuesta. Ya le había dado la espalda al fútbol una vez. No lo iba a hacer dos veces.

Prefirió seguir en la cárcel por unos meses, pero en el fútbol por toda su carrera. Prefirió seguir en el aire antes que bajar a la Tierra.

A las 15 de cada día, Molokoedov reingresa en la cárcel. Le faltan pocos meses para quedar en libertad. Volando espera.

Por Martín Mazur

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