Notas de la revista

Mouras: una leyenda viva

- por Redacción EG: 10/11/2012 -

Dos décadas después de su trágica desaparición, la memoria del ídolo de Carlos Casares se mantiene vigente en caminos, rutas y pistas. Todo lo que creció en estos 20 años a la sombra del recuerdo, en ladrillo y fierro, para sostener el mito de uno de los más grandes pilotos de la historia del Turismo.

   Nota publicada en la edición de noviembre de 2012 de El Gráfico

SIEMPRE vivo en la memoria popular que aprendió a idolatrarlo.

Roberto José Mouras se fue hace veinte años, pero no está muerto.

En el kilómetro 102 de la ruta 205, pasando la entrada a Lobos, una sencilla construcción de cemento y tejas es objeto de peregrinación constante, el primer destino de unción camino a Carlos Casares. Un monolito, placas, una gran figura en cemento, las seis letras de su apellido en concreto y relieve que lo sostiene contra el embate del olvido, como si fuera posible. Un paraje de recogimiento que cuida un fanático lobense, Fernando García de la Vega, con quien la municipalidad de Lobos colabora de cortando el pasto de tanto en tanto.

Veinte años atrás, el 22 de noviembre de 1992, el Chevrolet blanco y azul que conducía el múltiple campeón de Carlos Casares detuvo más o menos aquí su marcha enloquecida, mientras su conductor adquiría la invencibilidad del mito. Las Michelin XWX estaban ya gastadas cuando el auto, que dirimía la punta de la carrera contra el Dodge de José María Romero, se despistó yendo a golpear con violencia contra un inoportuno talud de tierra. Roberto José Mouras, tres veces campeón de Turismo Carretera (1983, 1984, 1985), ganador de 50 carreras en TC, incluida la que se quedó con su magia terrestre, uno de los contados enormes ídolos que diera el automovilismo argentino. Veinte años después, puede rastrearse en la superficie fierrera de la Argentina esa memoria.

El circuito de Lobos no se utiliza desde diciembre de 1993, cuando Walter Hernández –un pichón de Mouras que no llegó a sacralizarse en éxitos- ganó su título de TC. Hace algunos años que el camino asfaltado que une las rutas 205 y 41, la recta sobre la que se accedía al solar de los boxes del circuito, está cerrada con un talud de tierra: se usaba para andar en karting y en motos hasta que varios accidentes sentenciaron su suerte.

EL SANTUARIO de Lobos, en el lugar en que cayó hace 20 años.

Lobos es el alto de las múltiples caravanas de fanáticos de la Chevy, de la marca, del piloto o simplemente del TC, que rumbea a Carlos Casares, la ciudad que vio nacer a Roberto Mouras el 16 de febrero de 1948. El acceso a la ciudad, por el cual tantas veces transitó la autobomba que iba a buscarlo a la ruta 5 cada vez que ganaba en TC, ahora se llama Roberto Mouras, lo mismo que la Casa del Niño, a la que ayudaba con tanta vocación como sigilo. La fe de los peregrinos clama dos destinos. El Museo Roberto Mouras de la avenida 9 de Julio y el panteón familiar en el cementerio local, dónde reposan las cenizas del ídolo caído dos décadas atrás.

“Es uno de los argumentos turísticos de Casares”, acuerda Marco Aurelio Idiarte, que todavía sigue siendo el director periodístico de El Oeste, el periódico de la ciudad, como hace 20 años, cuando gozaba de la amistad cercana de Roberto. “Y hay un montón de tallercitos de la ciudad que se llaman ‘El 7 de Oro’, o que pintaron en la cortina metálica alguno de sus autos”.

Doña Inés Serrani, la madre de Roberto, tiene casi 90 años. Vive recluida en el chalet de la avenida San Martín, allí dónde recibió la tremenda noticia que aún hoy le cuesta entender. Allí la visitan Viviana Rubira, la tesorera del Museo, y su hijo Roberto, el único chico al que doña Inés reconoce como nieto. Todos los domingos en que corre el Turismo Carretera, ella se prende a los relatos radiales como si el rumor de los kilómetros recorridos fueran su combustible espiritual. Robertito, en cambio, prefiere el tenis, que practica en el club Los Aromos.

No es el único hijo de Roberto reconocido por la justicia. Robertino Mouras, el hijo de María Angela Marrocco, nació en Agustín Roca, partido de Junín, en 1990, y es futbolista: juega como delantero en Villa Belgrano de Junín, que juega el torneo del Interior. Además, Natalia Soledad Sozzi Mouras, la hija de Alicia Sozzi, nacida en 1987, es porteña y se dedica a la actuación. En 1999, pocos días después de que la justicia reconociera la paternidad de Roberto sobre Natalia, doña Inés ordenó cremar los restos de su hijo, para evitar más reclamos de ADN, lo que le valió una condena judicial. “Inés sale muy poco, nunca va a asumir lo que pasó”, señala Carlos Staffolani, que era la mano derecha de Roberto. “Es fanática de las transmisiones de TC, pero en Casares nada que ver el entusiasmo de la gente con las carreras como en aquella época. Hay gente que nunca más escuchó o vio una carrera”.

La gloria de Moura, eterna, pasó de manos. Pero veinte años después es difícil reflotarla en los circuitos del país. “¿Mouras? No, nunca lo ví correr –concede Matías Rossi, una de las estrellas del momento, que tenía 8 años cuando el Toro cayó en Lobos y denota su desconocimiento- ¿Murió después que el Pato Morresi o fue antes?”.

Sin embargo, aún dentro de la legión de pilotos de hoy esa memoria sigue conservándose pura. “Mi viejo tenía que ir a buscarme siempre al box de Mouras”, recuerda Mariano Altuna, nacido en marzo de 1982 y ahora piloto de Chevrolet en TC. Su padre Francisco participaba en la categoría a fines de los ’80 con un auto de la marca. “Yo tenía 6, 7 años –monologa- Me gustaba Chevrolet porque corría mi viejo, y como yo era de Lobería pero no era hincha de Oscar Castellano, me hice hincha de Mouras porque le ganaba. El ni sabía quien era yo, pero alguna vez hablamos, me dio una gorra… En una carrera en el semipermanente de La Plata, me escapé de los boxes y caminé unos cientos de metros hasta la última curva para verlo ganar, mi papá había puesto a un tipo para que me cuidara y me le escapé”. Cuando la tragedia de Lobos, Francisco Altuna ya había dejado el TC. “Me enteré de la tragedia en el campo de mi abuela. Me compré una linda foto de Roberto, que todavía tengo guardada, y durante unos años pinté mi karting con sus colores, trompa blanca y pontones azules”.

ESTAMPAS de leyenda: los dos toros de Carlos Casares, una producción de El Gráfico en 1990.

“Acá en el Museo cobramos entrada, pero nadie se queda sin verlo: el que no tiene plata para pagar, entra igual”, aclara Rubén Panizzo, que está a cargo del enprendimiento desde hace 15 años. Se inauguró el 22 de noviembre de 1993, al cumplirse el primer año de la partida del ídolo, en el edificio que había sido su concesionaria. El Museo tiene un horario limitado, pero si alguna caravana de hinchas llega de improviso a Casares, van a buscar a Panizzo para que abra el acceso. “Estoy al toque, aquí se trata de mantener viva la memoria de Roberto, que era mi vecino”, aclara.

“Se pueden ver el Bergantín del abuelo con el que aprendió a manejar; el Torino Anexo J; el Dodge que volcó en 1983, el Dodge campeón, una réplica del 7 de Oro, el Chevrolet nº 3, el Chevrolet del accidente que fue restaurado –enumera el responsable-. Algunos trofeos, ropa, el reloj que usaba ese día, hace poco recuperamos la puerta izquierda del auto que se dobló toda en el accidente… También conservamos intacto su despacho”. Panizzo calcula que los 24 mil habitantes de Casares “pasaron todos por el Museo, así que los visitantes mayoritariamente vienen de afuera” y que representan un caudal de entre 600 a 700 fanáticos por mes. “Acá llegan de todos lados, hasta del Sur. De Bariloche, de Río Gallegos, de Río Grande vienen…”. Mantener ese espacio les cuesta alrededor de 5.000 pesos por mes “y no tenemos subsidios de ninguna especie”, aclara. El próximo 22 habrá una caravana por la ciudad y luego una misa en el cementerio. “Va a ser bien light, no es para hacer un festejo”, asegura el acongojado Staffolani.
El 20 de octubre de 1996 se inauguró en el kilómetro 49 de la ruta 2, sobre un predio de 440 hectáreas, el autódromo “Roberto Mouras” de La Plata. Seis años más tarde, el 1º de noviembre de 2002, se hizo cargo del escenario Hugo Mazzacane, dirigente de la ACTC y amigo personal de Roberto, quien transformó el autódromo en uno de los mejores del país, movido tanto por su capacidad de gestión como por el profundo respeto que siente por la memoria del Toro de Carlos Casares. “El TC tuvo tres grandes señores que fueron ídolos –enumera Hugo-: Juan Gálvez, Roberto Mouras y Guillermo Ortelli”. Entre la gran colección de autos históricos del TC, Mazzacane atesora dos de los que condujo Mouras, el Dodge nº 5 y uno de sus últimos Chevrolet.

“Tenemos competencias casi todos los domingos –explica el administrador, Daniel Jáuregui-. En 2011 hicimos 263 carreras… Vienen a correr alrededor de 400 autos por mes”. Mazzacane gestiona el lugar junto a sus hijos Juan Manuel y Gastón, el expiloto de Fórmula 1 que va todos los días al autódromo. La madre de los chicos, Mónica Videla, está a cargo de el restaurante “El Toro”, atrás de los boxes. Sede del TC Mouras, la tercera categoría en importancia de la ACTC, creada por Mazzacane para motorizar a más de 200 km/h el recuerdo del amigo ausente, el autódromo inaugura es objeto de una pasión final y sorprendente, como revela Jáuregui. “Las cenizas de alrededor de 50 fanáticos de Mouras y del TC descansan en el autódromo. Hace poco, Antonio Bautista, que fue corredor de TC, esparció las de su hijo; y el relator Héctor ‘Tití’ Camps pidió eso como último deseo”.

UNO DE los cincuenta triunfos del gran Roberto Mouras en TC

¿Qué sería Mouras hoy? Difícilmente siguiera corriendo a los 64 años. “Habría sido dirigente, sentado a la mesa directiva de la ACTC con voz y voto”, asegura Staffolani. Uno de esos dirigentes, Rubén Gil Bicella, recuerda una anécdota de cuando Mouras compartía la comisión directiva de la ACTC. “Una noche, el entonces presidente Octavio Suárez había traído un queso provolone enorme y cortaba porciones, extendiéndolas a la mesa, mientras circulaba el vino para bajarlas. Todos aceptaban… menos Roberto, que solo bebía té con limón. Nunca hizo alarde de su poder”. Para Idiarte, “era austero, no era un bon vivant ni un playboy aunque era pícaro con las mujeres…”. “No sé si se hubiera acostumbrado a esta era profesional del automovilismo”, se pregunta Panizzo, lo que siempre opinó Jorge Pedersoli, su histórico preparador.
“Casares sigue respirando Mouras como el primer día”, opina Panizzo. “Yo no le puedo decir otra cosa”, sugiere Staffolani. “Lo extraño, ¿qué le parece? A mí me falta un hermano. Roberto nos hizo conocidos en el mapa, fue el ídolo más grande que tuvo esta ciudad”. Para Idiarte, “Mouras es un ícono de Casares, un sinónimo de este lugar. No habrá otro igual”.

No hay otro igual. Porque Roberto Mouras se fue, pero está vivo en todas las creaciones humanas que lo homenajearon desde su partida. Creaciones fundadas en el amor que generó el tránsito terrestre de ídolo antes que se fuera a correr a rutas celestiales. Como dice Idiarte, “la leyenda está bien viva”.

RECUERDOS DEL HORROR
Un puñadito de pilotos de los que compitieron contra Mouras permanece en actividad. Tito Urretavizcaya, el Tano Rubén Salerno o Henry Martin. Para el piloto de San Juan, la carrera de Lobos era su segunda prueba en ruta en el Turismo Carretera: “Corría con el Dodge celeste de Rodolfo Cosma –recuerda- En la reunión previa con los pilotos, Norberto Bressano hizo hincapié en el tema de los cordones en la chicana de la ruta 205, que castigaba los neumáticos. Largué 36º y en una de las primeras vueltas llegué pasado a la frenada. Alcancé a meter la trompa en la chicana pero le pegué al cordón con la goma delantera izquierda y quedó desacomodada la dirección. Salí tirando cambios, pero empecé pensar… Llevaba a un amigo de acompañante, ¿para qué arriesgarlo? Me fui para los boxes a menor velocidad y cuando estaba entrando me pasaron como tiro las dos trompas de Plasticor: eran el Chevrolet de Mouras y el Dodge de Romero. Cuando paro, Néstor Lazarte, que se encargaba del auto, me miró como diciendo ‘¿y por esto paraste?’ y en ese momento empezó a correr el rumor de que había volcado Mouras. Al ratito entró Carlitos Saiz: ‘¡Se mató Roberto, se mató Roberto!’, repetía. Enseguida cayó un silencio sepulcral sobre el circuito. Nunca viví nada igual. Un silencio colectivo de angustia, un silencio que nunca más escuché en mi vida. Salí dos horas más tarde de los boxes: una topadora ya se había llevado el talud de tierra, solo quedaba una huella de humedad”.

Por Pablo Vignone. Fotos: Emiliano Lasalvia y Archivo El Gráfico
Por Redacción EG: 10/11/2012

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