LAS CRóNICAS DE EL GRáFICO

Estrellita mía, un texto de Eduardo Sacheri

- por Redacción EG: 07/10/2012 -

El autor de éxitos como "La pregunta de sus ojos", que fue llevada al cine como "El secreto de sus ojos", y otro de sus cuentos futboleros.

   Nota publicada en la edición de octubre de 2012 de El Gráfico 

Si entre los lectores de El Gráfico hay algunos muy memoriosos, un título como éste puede llevarlos a la confusión y, por qué no, a la angustia. Porque “Estrellita mía” fue una telenovela que se emitió en la Argentina en 1987, el mismo año en el que Rosario Central, en un raid sin precedentes, se coronó campeón de Primera División inmediatamente después de regresar a la categoría, con 17 partidos ganados, 15 empatados y 6 perdidos. Para completar la información del teleteatro: Ricardo Darín, Andrea del Boca, Canal 11, chica pobre y campesina que entra como sirvienta en casa de muchacho rico que no es feliz, etcétera.

Pero no teman, que no voy a usar la columna de El Gráfico para relatar los entretelones de un culebrón de décadas pasadas. Simplemente hoy, mientras pensaba en el fútbol, me acordé de ese título de la estrellita. Ahora voy a intentar explicarles por qué.

El otro día alguien me comentó que a veces, cuando miraba el gol de Caniggia contra Brasil en Italia 90, casi le daba miedo de que la pelota no entrara. Yo sonreí, porque pensé que los futboleros tenemos –entre otros muchos- el defecto de ocupar nuestro cerebro con preocupaciones, datos e intereses que a la Humanidad no le sirven para nada. Mientras hay gente inventando vacunas contra el sida y curas contra el cáncer, mientras hay personas que dedican su vida a salvar los ecosistemas o las lenguas en peligro, un fulano se toma el tiempo de evocar el gol de Canni y pensar lo cerca que estuvo de errarlo. Y otro fulano –en este caso yo- se toma el tiempo para quedarse pensando largo rato en ese gol, y en ese asunto.
Lo primero que pienso, al evocar el gol, es “Menos mal que fue gol porque, si no, no habríamos…”. Y me detengo en seco en ese “habríamos”. Porque mi pensamiento sigue “si no, no habríamos salido campeones”. Y es un pensamiento erróneo. Porque en Italia 90, Argentina no fue campeón. Salió segundo. Perdió la final con Alemania, gracias a ese penal de fábula que les dio Codesal, mal rayo lo parta, como decía mi abuela.

Y sin embargo, yo no puedo volver al Mundial de Italia sin una mezcla de emoción y de orgullo. No el orgullo que me despierta el juego de la selección en México 86. Es otro el orgullo de Italia. Un orgullo de sobrevivientes, de remar en dulce de leche, de mirar los partidos aterrorizado, de gritar los penales atajando el corazón que se me sale por la boca y queda picando en el piso. Un orgullo de cortar bulones como beduinos, todos los partidos. Pero un orgullo tan orgullo como el otro.

Es verdad que, apenas terminó, el Mundial de Italia me dejó una gran tristeza. Eso de avanzar tanto y quedarse en la puerta, y con ese penal… Pero después los días pasan y la vida y la memoria se acomodan, me parece. Y los recuerdos se ubican donde deben. Los penales contra Italia, Diego sacando pecho mientras nos silban el Himno. El Goyco que entra después de la fractura de Pumpido y los goles de Troglio y Burruchaga contra los soviéticos.

Si me dieran la oportunidad de volver a vivir ese mundial, con la condición de que termine igual, con el mismo dolor de la final, con el mismo choreo, yo vuelvo. Me banco ese garrón del desenlace, si puedo volver a vivir toda la desesperación y toda la euforia. Y no obstante, en el escudo de la AFA, naturalmente, no hay ninguna estrella que represente ese mundial.

En los últimos años me parece advertir una desesperación, por parte de la gente del fútbol, para colgarse diplomas, títulos y pergaminos. Una especie de “era de los récords”. Qué equipo tiene más copas. Cuál tiene más campeonatos. Cuál el invicto más largo. Qué jugador tiene más goles acá, allá y en el otro lado. No tengo nada contra las estadísticas, aclaro. Pero me incomoda esta especie de urgencia por definir, por establecer, por fijar en números y símbolos lo que en el fútbol hemos hecho, lo que en el fútbol hemos sido.
Erico y Labruna son un buen ejemplo de lo que quiero decir, por la contraria. Para la mayoría de los estadísticos, Erico tiene 293 y Labruna 292. Aunque sé que últimamente varios le agregan uno al ídolo histórico de River, y lo empardan con mi ídolo paraguayo. A lo que voy: ¿alguien en su sano juicio puede suponer que a Erico y a Labruna les interesaba llevar la cuenta de sus goles? Si fuese así, Angelito habría jugado un par de partidos más en Platense, como para liderar la estadística sin equívocos ni impugnaciones. Y sin embargo no lo hizo. Esos gigantes no andaban detrás de ninguna estrellita.

Hoy en día, basta con mirar la camiseta de la mayoría de los equipos de Primera para ver cómo sus escudos están rodeados de estrellas. Y no lo digo por Boca, que desde siempre ha tenido esa costumbre. Lo digo por casi todos los demás. No hablo de un partido conmemorativo, donde un club se festeja a sí mismo por algún logro excepcional. Hablo de poner las estrellitas como centro, como un tótem al cual le rendimos homenaje en todos y cada uno de nuestros cotejos.

Lo peor es que uno, además, tiene que hacer poco menos que un curso de heráldica para entender lo que significan las dichosas estrellitas. ¿Son títulos internacionales o nacionales? ¿Son títulos en Primera o en el Ascenso? Y en ese camino: ¿Son títulos o son ascensos? ¿Son clásicos ganados? ¿Partidos televisados?

Basta, loco. Me parece que ya está bien de tanto lustre, que suena a caballeros medievales. Porque en el fondo, las estrellitas nos hacen mirar las cosas de manera demasiado sesgada.
Nuestra historia futbolera no está hecha de estrellitas. Está hecha de otro montón de cosas. Partidos memorables en campeonatos anodinos. Clásicos imposibles. Jugadas de nuestros héroes que no quedaron archivadas en ningún otro lado más que en nuestra fanática memoria de devotos perpetuos.
Espero sepan disculpar esta filípica contra las estrellitas. Sucede que las dichosas estrellitas me recuerdan a una de las cosas que más me molesta del fútbol actual. Esto de que “Ganar es todo”. O ese eslogan de no sé qué marca de no sé qué producto, que dice “Ganar no es lo más importante: es lo único”. ¡Minga, es lo único! ¿Quién les dijo semejante estupidez? Supongo que para el marketing, el mensaje funciona. Cierra. Como supongo que para cierto estilo mediático-deportivo, también. Pero me parece que esa filosofía nos empobrece. Ignora, oculta, desprecia, el laborioso entretejido de los días y los actos de los hombres. Los accidentes, los azares, las decepciones, los intentos. La verdad simple y profunda de que no solo importan los qué sino que importan los cómo. Ese lugar esencial que tienen las formas.

Y espero que esta columna no se confunda con una defensa a ultranza del “juego bonito” o que se me tilde de “lírico”. No es de eso de lo que estoy hablando. Hablo de no quedarnos pegados al flash, rutilante y enceguecido, del instante sublime de colgarse la estrellita.

Nada más alejado que la belleza estilística, cuando nos acordamos de Italia 90. Y sin embargo, perder ese mundial es uno de los recuerdos más hermosos que guarda mi corazón futbolero.

No hay ninguna estrella que me sirva a mí para evocar el domingo 24 de junio de 1990. Ni el sillón de la casa de mi vieja en el que vi, padecí, sufrí, recé, prometí, esperé, grité y me escondí, mientras Brasil nos pegaba un peludo inolvidable.

Por esos milagros de internet, puedo volver a ver el gol de Cani todas las veces que quiera. Para empezar, el Diego arranca la jugada mucho más atrás de lo que yo recordaba. Dentro del círculo central, pero del lado argentino. Y hay más brasileños alrededor, aunque el único que lo sigue –y no le pega, es Alemao-. Elude a Dunga –que tampoco le pega-. Otra cosa que yo no recordaba es la diagonal que tira el Cani de derecha a izquierda para ofrecerle el pase. Otra más (y se me hiela la sangre al verlo) es que el pase –con pie derecho- del Diego, hacia el Cani, le pasa de caño a uno de los centrales –creo que es Mauro Galvao-. Y el Cani que la recibe de zurda, engancha de derecha frente a Taffarel y le pega al arco otra vez con la izquierda, más bien flojo, más bien mansita, con cara interna, una pelota que se levanta y entra a media altura en el centro del arco.

No hay –repito- ninguna estrella que me devuelva a ese mundial que no ganamos. Y sin embargo…
Ese partido imposible contra Brasil. La cara de velorio de Totó Schillaci cuando los dejamos afuera a los italianos. Las lágrimas de Maradona después del 0 -1 con Alemania. El Goyco dando ese paso lateral antes de jugarse en los penales, para llegar bien abajo y a los palos. A mí dejame todos esos recuerdos para siempre. La estrella… La estrella que se la guarden donde mejor les quepa.

Por Eduardo Sacheri
Por Redacción EG: 07/10/2012

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