LA GOLEADA que fue noticia: en una liga sin tanta trascendencia a nivel nacional, el 23 a 1 trasladó a las portadas de los diarios los nombres de estos dos equipos ignotos.

Mato Grosso, uno de los estados más grandes de Brasil, tiene atributos venerados con los que puede presumir: la selva espesa, recinto de aventureros con ganas de medir sus capacidades de supervivencia; el río amazonas, su límite hacia el norte, el más largo y caudaloso del mundo, un auténtico mito latinoamericano; la producción de caña de azúcar, algodón y soja que lo posicionan como uno de los motores de la economía de su país. Como en cualquier punto del territorio brasileño, allí también se juega al fútbol. Después de lo ocurrido el último fin de semana, un goleada inverosímil por 23 a 1, los habitantes del lugar tienen un argumento más para sacarle brillo a su lugar de origen: “Bienvenido a Mato Grosso, capital de las goleadas”. ¿Se atreverán a colocar ese cartelito en los accesos principales?

Jugaban el Corumbaense y el Coxim, partido correspondiente a la Segunda división estadual. A simple vista, cuando uno pulsa play y aún las imágenes no revelaron la tormenta de goles del primero de los equipos, la catástrofe no se sospecha: eso que los argentinos hemos denominado “pinta de jugador”, en este caso particular, no dice nada. Equipos prolijamente vestidos, un estadio coqueto, acorde a un duelo medianamente importante. Un par de fanáticos que refuerzan esa sensación. Las apariencias engañan, reza el dicho popular. Ni bien el árbitro pitó el inicio del partido, ese aire de compromiso serio se desdibujó por completo, tan rápido como se construye un prejuicio, devino en risas y en la sospecha inevitable de que aquellos que corrían detrás de la pelota, yendo a buscarla al fondo del arco cada cuatro minutos, en realidad eran una banda de farsantes vestidos como futbolistas para pasar un rato. Veintitrés a uno, imposible de concebir. Hagan el ejercicio de imaginar tamaño despropósito en un clásico rosarino, o en el derby de Avellaneda. Se sabe, en estos pagos, como en la mayoría de los países de Sudamérica, al fútbol se le atribuyen emociones desmedidas. Pero tener padecer 23 gritos de la hinchada contraria… Demasiado para enterrar en la depresión al hincha más moderado. Los pocos simpatizantes visitantes que había en el estadio sufrieron un gol contrario cada cuatro minutos.

La goleada inverosímil: 23 a 1. Goles de todo tipo.


Los hay de todas las formas: goles por aquí y por allá. Aunque, claro, después de los primeros cuatro o cinco, cuando los muchachos del Coxim sabían que los deparaba una goleada, la calidad de las conquistas se va empobreciendo gradualmente, semejando a los goles que se convierten en un partido entre niños, casi sobre la línea, con una maraña de piernas corriendo detrás de la pelota.

Amarildo, delantero del equipo local, se dio el lujo de meter nueve goles. Julián, su compañero de ataque, hizo siete. Mucha lujo, tanta abundancia, sin embargo, tiene su secreto. El entrenador del Coxim les había dado vacaciones a los jugadores principales porque el equipo ya no tenía más chances de clasificar a la siguiente ronda del campeonato. Así, los de camiseta azul y rojo, similar al del Sao Caetano, afrontaron el compromiso con jóvenes prácticamente sin experiencia.

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