Notas de la revista

Miguel Caneo: “Me gusta que me digan pecho frío”

- por Redacción EG: 09/09/2012 -

Al volante de Quilmes no le molesta la etiqueta que a otros los saca de eje. Al contrario, lleva el mote con orgullo porque también identifica a jugadores que admira. Los comienzos en Río Negro. El aprendizaje en Boca. La banca de Bianchi. La idolatría en Colombia. La explosión en el Cervecero.

        Nota publicada en la edición de septiembre de 2012 de El Gráfico  

"LA VELOCIDAD no pasa por correr, sino por el control y dar bien el pase" dice el capitán.

 Diez minutos de charla alcanzan para tomarle el pulso a Miguel Caneo, rionegrino de General Roca, 29 años recién cumplidos. Diez minutos bastan para descubrirle el ritmo, sintonizar su frecuencia y permitir la elaboración de una nueva máxima futbolera, derivación de su hermana mayor: si se juega como se vive, también podemos afirmar que se habla como se juega. Miguel Caneo no se apura nunca al responder, hace la pausa, cuida las palabras, las suelta como acariciándolas, tal como hace con la pelota en el vértigo frenético de las canchas argentinas, una pista gigante de autitos chocadores de miércoles a las 4 de la tarde en pleno centro porteño (y con paro de subtes).

Ya lo ha anticipado el tono de espera de su celular. “Ey, genio, divino del alma, aguantá un cachito que ya te van a atender, dale, quedate tranqui, no seas impaciente, abrí tu corazón, abrí tu mente, dejate ser, disfrutá de la vida”, recomienda una voz que no es la suya pero que irradia con nitidez su mensaje, así en las canchas como en la vida, para cerrar (el mensaje) con un toque de picaresca que invita a la carcajada por su imprevisibilidad (así en la cancha como en la vida, Miguelito), porque si no lo conocés, seguro que te comés el amague: “Y no olvides esa frase que dijo una vez Sai Baba: errar es humano… pero embocarla es divino, ja, ja, ja”.

Ahora no habla el celular sino el protagonista. “En el fútbol hay gustos para todos, ¡qué querés que te diga! Algunos prefieren a lo que corren y se tiran al piso y otros a los que paran bien la pelota”, sostendrá como bandera, ya en el final de la charla, y servirá para terminar de entender por qué juega como juega el capitán de Quilmes, quizás el mejor futbolista del último Nacional B, y que ahora se prepara, afianzado como nunca, para ser el líder futbolístico de un club que pretende no estar de paso en la A.

Pero vayamos hacia atrás para recuperar ciertos aspectos olvidados de nuestro personaje. “Vivíamos rodeados de pelotas, no veíamos una muñeca ni de casualidad”, se sinceró hace unos años Fabiana, una de las dos hermanas menores de Miguelito. Es que papá Miguel Angel fue mediocampista del Deportivo Roca hasta bien pasados los 30 y llevaba a las prácticas a su único hijo varón desde los cinco.

“Era el típico nenito que se la pasaba pateando al arco mientras el equipo corría. También a los 5 entré a la escuelita de fútbol, así que hasta los 13 fue todo enseñanza. Había competencia, pero todavía lo más importante era aprender. Tuve grandes profesores que me enseñaron cómo usar la cara interna o externa, cabecear con un parietal y con el otro, la recepción de la pelota, la técnica en general. Hoy todo se volvió demasiado competitivo en las Inferiores, no están tan pendientes del crecimiento sino del resultado, hay una gran confusión”, evalúa.

Miguelito aprendía los fundamentos en el club y cuando tenía un rato libre, sus amigos del barrio 250 Viviendas casi que lo secuestraban para que jugara con ellos en campeonatos en los que las categorías se armaban a ojo y te podías cruzar con un muchacho tres años mayor. Campeonatos por plata, si no te curtís ahí… Proveniente de una familia humilde, Miguel asegura que comida nunca faltó, del mismo modo que nunca faltó alguna escapadita a las chacras vecinas para tomar “prestadas" alguna manzana o pera.
Papá Miguel Angel tuvo la gran oportunidad de su vida a los 17 años: un contacto le consiguió una prueba en River. Pero justo su mujer quedó embarazada de Miguel y no hubo espacio para ese tipo de aventuras. El cuento terminó con Miguel Angel siendo hombre de una única camiseta y con su hijo varón levantando aquel pagaré años después, con el bonus del sentimiento, porque en la familia Caneo son todos hinchas de Boca.

“Vinimos dos categorías del Deportivo Roca, la 82 y la 83, a tres pruebas: Gimnasia, Vélez y Boca. Era para que conociéramos y para que el club nos mostrara. En Gimnasia quedé, en Vélez no pasó nada, y en Boca, Griffa me vio 40 minutos y le dijo a nuestro técnico, Mario Cesarín, que no necesitaba mirarme más, que me presentara el 6 de enero para vivir en Casa Amarilla”, repasa Miguel, que fue el único del grupo con quien Griffa no dudó.

Se fue a vivir a Casa Amarilla y Bianchi lo hizo debutar en los torneos de verano del 2003. En su segundo partido, frente a River, vivió el sueño del pibe: metió un gol, una asistencia, un caño a Coudet, y el quinto penal en la definición que valió un triunfo. Lindo combo. Otra que la cajita feliz.

-El sueño del pibe, sin duda. Cuando llegaron los penales, Bianchi dio la lista y al final dijo: “El quinto lo pateás, vos, Miguel”.

-¿Y?
-Y nada… ya no había marcha atrás, dije que sí, y me tocó definir.

"A BOCA le estaré siempre agradecido y no descarto volver, en el fútbol nunca se sabe" afirma.

Con semejante estreno, el futuro no podía vislumbrarse mejor. Bianchi se la jugó por el pibe de 19 años: le dio la titularidad como volante por izquierda en lugar del lesionado Cagna y hasta lo defendió con un gesto inusual: durante un partido se puso a discutir con un plateísta que insultaba a la joven promesa. “Si no te gusta, andate, gil”, le propinó el DT.

Miguel sufrió un par de lesiones, pero entró en las dos finales de Libertadores de ese ciclo. Al irse Bianchi, la carroza se convirtió en calabaza: “Vino Brindisi y me dijo que no iba a tener chances de jugar. Con 21 años tenía dos caminos. Uno, cobrar mi sueldo, calentando la silla. El otro, irme. Para mí fue un paso adelante aunque me quedó ese gustito de saber qué habría pasado si hubiese tenido esos 6 o 7 partidos seguidos que todo futbolista necesita”.

En Quilmes anduvo bien, jugó la Libertadores otra vez, lo compró un grande como Colo Colo pero andaba con problemas en la rodilla y no rindió. De allí cruzó la cordillera para sumarse a Godoy Cruz, pero se rompió los ligamentos en una de las primeras prácticas, lo que sumado a los muy pocos partidos en Chile le dio una cuenta de casi un año y medio de inactividad. El ambiente del fútbol, cruel, ignorante, le puso una etiqueta en la frente: roto.

“Es jodido el tema. Mi representante trataba de ubicarme y en los clubes le decían: ‘Es un gran jugador, pero hace un año que no juega’. El cartelito es terrible. No me quedó otra que armar las valijas. Surgió algo de Suiza y del Boyacá Chicó, un equipo nuevo de Colombia, que jugaba el repechaje contra Audax Italiano para entrar a la Libertadores. Y a mí la Copa me seducía, así que fui para allá. Perdimos el repechaje pero terminamos ganando el campeonato, yo quedé goleador con 14 goles, mejor extranjero, una locura total”.
Locura, sí. Y renacimiento. Miguel, además, era el encargado de patear los penales. Y en la finalísima con el América de Cali, con toda la presión encima, debió hacerlo por duplicado: uno en el partido y el primero en la definición. Los dos adentro. “Tunja es una ciudad fría, tranquila, antigua, de fútbol nada. Nadie nos molestaba en la calle, pero salimos campeones y al otro día no me podía bajar del taxi, me rodeaban chicos y grandes con desesperación para arrancarme la ropa. Tuvo que sacarme la policía como si fuese una estrella de rock”. Aquella experiencia le dejó muchos amigos y una lista de clubes que llaman cada seis meses para tentarlo con el regreso.

-La última navidad la pasé en Medellín con dos amigos, el Profe Sierra y Walter Noriega. Allá se hace la marranada. Llevan el chancho (el marrano), y la gente de las comunas, los pueblitos que están en las montañas alrededor, bajan a comer. Son muy unidos. Se hace una ceremonia a la tardecita, se mata el chancho y después lo hacen en una olla popular, frito, chicarrón lo llaman.

-¿Y cómo se lo mata?
-No sé, yo fui a comer nada más (risas), lo otro me lo contaron. La gente va bajando de las casas con sus platitos y comen todos de ahí. Y se saludan y van tomando y bailan en la calle. Toman mucho. Nosotros re tranquilos, estábamos muy de visitantes, brindamos y nada más.

PELOTA al pie, cabeza levantada. La marca registrada del fútbol de Miguel Caneo.

Vivito, gambeteando y goleando, Quilmes lo recibió con los brazos abiertos para intentar el ascenso en 2010. Lo logró con Ghiso, pero en Primera, Tocalli lo mandó al banco, Madelón también y Caruso le devolvió su lugar en cancha. Quilmes estuvo a un partido del milagro de la permanencia, pero otra vez volvió a bajar y en la última temporada, Caneo la rompió para su segundo ascenso. Algún fanático cervecero aprovechó la pelota que quedó picando en el área y sin arquero y le agregó una “o” al cartel de Miguel Cané (autor de Juvenilia), en su cruce con Avenida Lamadrid, en Quilmes oeste, y así Miguelito ya tiene calle propia. Como Bochini.

-¿Con Caruso se enojaron?
-Bronca no, te queda un poco de dolor porque se haya ido a mitad de camino, sentimos como si nos abandonara, aunque también entendemos el otro lado, porque a nosotros también nos pasa como futbolistas si viene un club grande a buscarte.

-Por eso le cantaron cuando ascendieron.
-Había mucha gente en ese vestuario: hinchas, dirigentes, periodistas, pero más allá de esa sensación fea, la verdad es que Caruso tiene un porcentaje altísimo en el ascenso: trajo a muchos jugadores y estuvo en gran parte del torneo. Cuando nos enfrentemos, casi todos lo iremos a saludar. En lo personal, me sorprendió dándome un saludo especial en su último partido.

-¿Cuándo enfrentás a Boca te genera bronca porque no pudiste consolidarte, gratitud porque te formó o ilusión por romperla y volver?
-A Boca le estaré siempre agradecido. Me dio demasiado. En el fútbol uno nunca sabe, yo puedo tener un gran año y quizás va un técnico al que le guste y me pida. También, sí, obviamente guardo un poquito de bronca por no haber tenido la misma posibilidad que me dio Quilmes, mi segunda casa, una continuidad de 6 o 7 partidos, que es lo que un jugador necesita para demostrar si está o no para jugar en un club.

-¿Con Bianchi hablás?
-No, le mando saludos por Brenda, su hija, tengo una gran relación con ella y con Eduardo Domínguez. Ves, otra de las cosas que me pone contento de mi actualidad es que Bianchi no estaba tan equivocado aquella vez que discutió. Un jugador necesita tiempo. Carlos siempre tuvo mucho tacto para decir las cosas y relacionarse con los jugadores. Otro técnico del que tengo un gran recuerdo es Borghi. Respeta mucho la palabra del jugador.

-Te preguntaba por Boca, ¿enfrentar a River significa algo especial?
-Y… sí, la rivalidad ya viene de las Inferiores. Tuve la suerte de convertirle seguido. Cada vez que juego contra River se siente un poquito ese murmullo de “Uh, este otra vez, nos va a embocar”.

-Si hubieras surgido en River, ¿habrías tenido más chances?
-Hay muchos hinchas de River que me lo dicen en la calle. Ojo, tampoco dejo de remarcar la grandeza de River, pero me tocó criarme en Boca, y para mí siempre fue “el” rival. Es verdad que por el estilo histórico, en River se destaca más a los jugadores de buen pie y en Boca se valora más el “huevo, huevo, huevo”, y aunque yo corro, es difícil que me veas yendo al piso muy seguido.

-¿A De Felippe lo conocías?
-No, y fue una grata sorpresa encontrar un técnico con tanta tranquilidad entre tanta locura. Tiene muy claro lo que quiere, le gusta que su equipo maneje la pelota y transmite muy bien ese mensaje.

-Está en la misma frecuencia que vos: manso y tranquilo.
-Sí, sí (risas), muy sereno, y eso el jugador también lo ve y lo usa para entrar con mayor tranquilidad a la cancha.

-¿Sentís que sos medio pachorriento para jugar?
-Trato… a ver… yo tengo mi estilo de juego, que es el mismo de siempre. Cuando arranqué en Boca me fue bien y todos decían que jugaba como si tuviera 10 años en Primera, con esa tranquilidad. Después volví de la lesión, y como las cosas no me salían, decían que era lento.

-El mismo jugador pero depende cómo se lo quiera ver.
-Exactamente. Creo que la velocidad en el fútbol pasa por otro lado: pasa por el control, por dar el pase bien, por el lugar donde ponés el pase, porque la verdad es que nadie va a correr más rápido que la pelota, entonces el fútbol también pasa por tomarse un segundo más o por tener la frialdad en determinado momento para elegir correctamente.

-Te habrán gritado muchas veces Pecho frío...
-Ufff, millones de veces.

-Los hinchas rivales...
-Y los propios también... Que me haga transfusiones de sangre y esas cosas.

-¿Te pone mal?
-No, no me molesta para nada, al contrario, me pone contento que me digan Pecho frío, me gusta que me incluyan en ese grupo, porque los de ese grupo generalmente casi todos tienen buen pie. Una vez me pusieron en un ranking de los más pecho fríos, y estaba el Mago Capria y otros jugadores a los que realmente admiro, entonces no debe ser tan malo.

No es tan malo, seguro que no. Ey, genio, divino del alma, aguantá un cachito, no seas impaciente, que ahí viene Miguelito con la pelota y alguna sonrisa te va a sacar.

A MARADONA lo conoció personalmente en un boliche y Diego le dijo que hacía mucho que lo quería conocer.

 DE MARADONA A RIQUELME
Como N° 10 e hincha de Boca que se precie, Caneo elige a Maradona como máximo ídolo, seguido por Riquelme. “Para un cumpleaños –recuerda-, mi esposa y un periodista amigo, Marcelo Palacios, me prepararon una sorpresa. Estaba en casa, sonó el teléfono y del otro lado apareció Diego diciéndome Feliz cumpleaños. Yo no lo creía, pero miraba alrededor y todos me hacían 'Sí' con la cabeza, entonces me di cuenta de que era verdad. Un tiempo después lo conocí en persona en un boliche (foto). Me llamó ‘Chino’ y me dijo que hacía mucho que me quería conocer. Para mí fue un sueño, atiné a sacarme una foto y enseguida le pedí que me regalara la remera que tenía puesta. Se la sacó, yo le di la mía, y todavía la tengo guardada en casa, con su perfume”. A Riquelme lo iba a ver a las prácticas cuando Miguel vivía en la pensión de Casa Amarilla y en 2002 compartió su primera pretemporada con Román. “Fue en la Posada de los Pájaros, en Tandil, y nos tocó con otros chicos la habitación que estaba al lado de la de él, Delgado y Traverso. Román pasaba a preguntar si estaba todo bien, si necesitábamos algo, llamar a nuestras casas o cosas así, porque imaginate que nosotros no teníamos teléfono ni nada. Se portó muy bien. Después, no volví a hablar con él”, cierra.

Por Diego Borinsky. Fotos: Emiliano Lasalvia y Archivo El Gráfico


Por Redacción EG: 09/09/2012

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