LAS CRóNICAS DE EL GRáFICO

Disparador: el código Riquelme

- por Elías Perugino: 14/08/2012 -

Así como varios personajes del fútbol debieron atenerse a las consecuencias del fundamentalismo de Román, a El Gráfico le pasó algo parecido. A lo largo de 15 años de historia en común, abrió y embalsamó la relación a su antojo.

  Nota publicada en la edición de agosto del 2012 de El Gráfico 

ROMAN RIQUELME en un aviso televisivo de papas fritas.

Para llegar a la isla de Embiez[1] era necesario subirse a un ferry y navegar quince minutos desde el puerto de Six-Fours-les-Plages por el azul más azul del Mediterráneo. Allí, en esa islita de ensueño, se concentraba la selección juvenil que, dirigida por José Pekerman, ganaría el Torneo Esperanzas de Toulón, edición 1998. Sin duda, fue una experiencia inolvidable: pocas travesías más placenteras que ese viaje acariciado por la brisa y el sol tibio del mayo francés. Mediodía por medio, en los jardines del discreto hotel Le Canoubié, los jugadores atendían en ronda colectiva a la prensa, no más de una docena de enviados, con toda la furia. Cuando el profe Urtazún daba la orden, generalmente antes del almuerzo, los muchachos dejaban sus habitaciones y concedían entrevistas en un ámbito descontracturado, sin un gramo de presión. Al fin y al cabo, allí no éramos más que cuarenta argentinos en una islita de folleto turístico. Vaya si daba para charlar. Pero no todos hablaban. A lo lejos, en una de las habitaciones que daban al jardín de las tertulias, se quedaban atrincherados dos jugadores: Walter Samuel y Juan Román Riquelme. Miraban desde la ventana y decían que no con la manito cuando algún periodista los invitaba a salir para grabar una nota. “Son muy tímidos, hablan poco y nada, ni nosotros les conocemos la voz”, los excusaba el profesor.
Catorce años después, a Samuel seguimos sin conocerle la voz. A Román, en cambio, lo vemos bailar como Travolta[2] en las publicidades de gaseosas y papas fritas, lo imitan genios del humor como Rolo Villar y hasta la presidenta Cristina Fernández suele citar sus frases en los discursos públicos[3].

Catorce años después, por esos caprichos del fútbol y de nuestra profesión, el mismo periodista que lo veía jugar al oficio mudo en la isla de Embiez e imaginaba el nacimiento de uno de esos cracks que solo hablan a través de la pelota[4], también lo vio a Román en su última y melodramática puesta en escena, esta vez en el vestuario visitante del hostil estadio Pacaembú, en San Pablo. “Yo hablo enseguida, pero primero dejen pasar a todos mis compañeros”, encaró a los periodistas mientras armaba la escenografía para la rueda de prensa en la que anunciaría su salida de Boca. Corrió a todos del centro de la escena, incluso al técnico y al presidente del club, y luego habló con el peso granítico de sus palabras.

Aquel juvenil que miraba como Pantriste[5] mutó a un ídolo inmenso. A un talento de pegada aterciopelada y garras solapadas. A un estratega venenoso del juego. A un habilidoso prestidigitador del complejo entramado del circo del fútbol, capaz de manejar –y sin mover los músculos faciales- un vestuario, una concentración, un club entero. Pero también engendró a un fundamentalista de sus convicciones. Tanto, que se bajó dos veces de la Selección y una vez de un Mundial. Tanto, que abdica voluntariamente su altar de deidad inalcanzable en Boca. Tanto, que desde su misterioso magnetismo fue el único personaje capaz de propinarle un nocaut popular al mismísimo Maradona[6]. Y parecía Pantriste…

La guillotina de su indiferencia también cayó sobre el cuello de El Gráfico. Entre otras cosas, Román se enojó porque en estas páginas se escribió algo así: “Riquelme no se lo bancó nunca al DT, mantenía las apariencias porque los resultados se daban. No toleraba la manera de ser del DT y lo tildaba de falso”. Línea más, oración menos, es lo que varios medios han escrito durante las últimas semanas sobre su relación con Falcioni. Pero resulta que esas líneas se escribieron a principios de 2007, cuando Román desembarcaba en Boca para escapar del freezer al que era sometido en el Villarreal del chileno Pellegrini. Cualquier semejanza con la realidad actual, es pura coincidencia... Ese artículo se titulaba “Todo al 10” y contaba detalles de su salida conflictiva del Submarino Amarillo, hoy sumergido de verdad en las profundidades del fútbol español.

Desde entonces, nada fue igual entre El Gráfico y Riquelme, como a su tiempo nada ha sido igual entre Pellegrini y Riquelme, entre Maradona y Riquelme, entre Palermo y Riquelme, entre Macri y Riquelme… Bajó una persiana y la soldó para que no pudiera abrirse. Por supuesto que respondió con amabilidad cada pregunta que alguien de la revista le formuló en una conferencia de prensa. Desde ya que le gustó verse en tapa levantando la Copa Libertadores en 2007 y el trofeo del Apertura 2008. Pero nunca más aceptó las invitaciones para una entrevista exclusiva. Códigos. Su código.

Antes de eso, paz y amor. Su sobre en el archivo lo canta clarito. “Boca gastó 20 palos verdes pero zafó por el pibe Riquelme”, se tituló la nota en la que Leo Burgueño cubrió el debut de Román en 1996. Después se publicó la foto que Matías Aldao le armó con su familia en el barrio San Jorge, en la entraña de Don Torcuato. Más adelante, una producción con su amigo Pablo Aimar en la pileta del hotel Radisson, en la Malasia del título mundial juvenil de 1997, y otra en un bar temático de Buenos Aires cuando ambos ya eran capos en Boca y River. Y una visita a la redacción y una sesión de fotos en un mar de pelotas en medio del primer ciclo de Bianchi. Y un mano a mano con Gonzalo Bonadeo en 2000. Y charlas con Tomás Ohanian en sus etapas de Barcelona y Villarreal, en las que se reprodujeron declaraciones que bien suscribiría hoy[7]. Y una extensa nota de tapa en la previa del Mundial 2006. Y entonces… Y entonces llegó la bendita “Todo al 10” que bajó y soldó la persiana.

Así es Román: cuando no le cierra una palabra, un gesto o una actitud, sella los grifos. No pierde tiempo en debates o explicaciones laberínticas. Sigue en su ruta con la parsimonia y la determinación devastadora de una topadora. Si Maradona pasó un límite, adiós. Aunque él haya tomado su posta histórica en Boca[8], aunque Maradona jugara con la camiseta de Román el día de su despedida Mundial en la Bombonera, aunque distanciarse del entonces técnico de la Selección le haya costado mirar el Mundial de Sudáfrica por televisión. Adiós. Seco, frío y drástico adiós. En una infinitesimal medida, a El Gráfico le pasó lo mismo. A Román ni siquiera le interesó desgranar su punto de vista, objetar lo supuestamente incorrecto, dar o pedir explicaciones. Siguió en su camino de mano única y embalsamó la relación. Códigos. Su código. El Código Riquelme.

Por Elías Perugino

TEXTOS AL PIE


1- Ubicada en la Costa Azul, tiene una superfice de 95 hectáreas, cuenta con playas rocosas y de gravas, más bosques de pinos y viñedos.

2- Riquelme filmó un comercial de Pepsi y Lay's, en el que bailaba como John Travolta en “Fiebre de sábado por la noche”, película de 1977.

3- “Cristina está feliz, como Riquelme”, dijo la Presidenta en una de sus apariciones públicas. “Que me nombre y se acuerde de mí es una sorpresa linda, ojalá que me tenga cariño”, retrucó Román.

4- El abanderado de esa estirpe fue Bochini. Fuera de la cancha era corto de palabras, apenas si hablaba. Pero cuando jugaba, la rompía y expresaba toda su sabiduría.

5- Pantriste es un personaje de dibujos animados, creado por Manuel García Ferré. Tímido y sumiso, integraba una familia de leñadores, llevaba una vida austera y tocaba melodías melancólicas con su rudimentario violín.

6- Cuando Riquelme renunció a la Selección que dirigía Maradona, los hinchas de Boca se pronunciaron mayoritariamente a favor de Román. Diego estuvo casi dos años sin ir a la Bombonera.

7- “Un dirigente nunca va a sentir las cosas que siente un jugador. La mayoría de los dirigentes son jugadores frustrados. Les encantaría ser futbolistas. Pero a mí ni en pedo me gustaría ser dirigente”, le dijo en 2002 a la revista El Arco y se reprodujo en El Gráfico.

8- El 25 de octubre de 1997, cuando Diego jugó su ultimo partido oficial (River 1 – Boca 2), Román fue el encargado de reemplazarlo al término del primer tiempo.

Por Elías Perugino: 14/08/2012

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