Notas de la revista

English lesson, un texto de Eduardo Sacheri

- por Redacción EG: 22/07/2012 -

El autor de éxitos como "La pregunta de sus ojos", que fue llevada al cine como "El secreto de sus ojos", y otro de sus cuentos futboleros.

  Nota publicada en la edición de julio de 2012 de El Gráfico 

 

 Hace poco, y por motivos que no vienen al caso, me tocó hacer un largo viaje a través de Inglaterra, en el auto de un historiador inglés. Cosas raras que a veces tiene la vida. Raro lo mío en Inglaterra, y raro el viaje propiamente dicho.

Para empezar, el auto de este historiador es un Audi que te deja sin aliento. No me pidan el modelo. A duras penas sé que es un Audi por los circulitos de la parrilla. La envidia y la codicia son feos sentimientos, pero la verdad es que no pude dejar de comparar: ¿cuántos cientos de años tiene que trabajar un profe de historia de la Argentina como para comprar una nave como esa? Me parece que sería más fácil sacar la cuenta en milenios, pero en fin. Volvamos a lo que estoy contando sobre ese viaje.

El historiador no sabe una palabra de castellano, con lo cual nos vemos obligados a conversar en su propio idioma. Hace muchos años, en la escuela secundaria, tuve una profesora de inglés que me hizo transpirar la gota gorda y que pobló, durante mi adolescencia, muchas de mis pesadillas. Pero, nobleza obliga, algo debo reconocerle a mi funesta pedagoga: si hoy en día puedo conversar con alguien en ese idioma es gracias a sus clases, sus amenazas y sus invectivas. Tampoco es que hablo un inglés fluido y londinense. Nada que ver. Mis construcciones gramaticales y mi pronunciación harán que mi profesora se revuelva de indignación en su eterno descanso, pero me las rebusco para entender lo que me dicen y transmitir lo que pienso.

Problema adicional: voy medio mareado sentado a la izquierda del conductor, y cada vez que nos cruzamos con algún auto de frente siento que vamos a estrolarnos con esto de ir, ambos, por la mano contraria. Entrecierro los ojos y presiento el impacto y los hierros retorcidos, pero me equivoco. Además, debo reconocer que como “drivers” son muy civilizados.

Ultima dificultad: ¿de qué hablar con un historiador inglés, con el que apenas nos conocemos, a lo largo de un viaje de quinientos kilómetros? Santa solución: al tipo le gusta el fútbol, es fanático del Chelsea y va siempre a la cancha. Ya tenemos tema para por lo menos dos viajes como ese.
Entonces conversamos de su equipo, del mío, de cómo se hizo hincha, de cómo me hice yo, de qué jugadores me gustan, de cuáles le gustan a él. Coincidimos en Drogba. Nos diferenciamos con Cristiano Ronaldo –no me cae bien, lo lamento-. Experimento un ingenuo orgullo de que conozca y admire al Kun Agüero. “I was in the stadium in his first match, wen he was fifteen years old”, le digo, esperando que eso signifique que yo estaba en la cancha cuando el Kun debutó en Primera, con quince años. Es mentira. Ese partido lo vi por televisión, creo. Y perdimos con San Lorenzo, me parece. Pero es una mentirita piadosa. Piadosa para mí mismo, porque no me perdono no haber estado ese día en la cancha. El abre mucho los ojos, aunque no sé si de pura admiración o porque mis palabras significan alguna otra cosa, extraña o inadmisible. Espero que sea admiración, nomás.

Sigue la charla. Mi ocasional compañero me cuenta que siempre ocupa la misma butaca en Stamford Bridge. Que conoce a sus vecinos de tribuna. Que a algunos de ellos los ha visto crecer desde pibes hasta adultos. Me gusta esa imagen. Eso de que una parte de tu vida sea un pedacito de la cancha de tu equipo. Una especie de barrio con vecinos que conocés. Le pregunto cómo hace para conservar el sitio. Se me cruza por la cabeza preguntarle si son socios vitalicios. Pero no tengo la más pálida idea de cómo puede decirse “vitalicio” en inglés. Mejor me callo y espero a tener más datos. Me explica que todos los años el club le envía, antes del inicio de la temporada, el cronograma de días y horarios de los partidos, y el costo de su platea. Ahora soy yo el que abre los ojos como platos. ¿Cómo pueden saber, en julio, las fechas y horarios de los 38 partidos del Chelsea como local? En la Argentina uno se da por satisfecho si se entera con una semana de anticipación, aunque puede ser que te lo cambien seis horas antes del partido, por supuesto. Por una extraña asociación de ideas se me ocurre preguntarle por el tema de la violencia en los estadios: pienso en horarios y pienso en el Coprosede; pienso en el Coprosede y pienso en la seguridad o en su ausencia; pienso en su ausencia y pienso en los barras; pienso en los barras y se me ocurre la típica pregunta. “Can you explain me how did you solve the hollingans problem?”, que viene a significar: “¿Me podés explicar cómo corchos hicieron para sacarse de encima a los barrabravas?”, en términos un poco más distinguidos.

“Oh…”, me contesta el historiador. Ese “Oh” viene a ser como el “Esteeeee” que usamos nosotros mientras preparamos una respuesta. “Three things”, dice al fin, levantando tres dedos de la mano que usa para meter los cambios del Audi, que dicho sea de paso tiene un tablero que parece el de un Boeing 767.
“The first thing:” –deja en alto únicamente el dedo pulgar-, “Very strict new laws”. Muevo la cabeza, asintiendo. Nuevas leyes muy severas. No termina de decirlo, y mi anfitrión llega a un cruce de rutas de provincia, aunque allá no se llamen provincias. Son dos rutas desoladas. En la intersección hay una señal de Stop. El tipo detiene la marcha por completo. No es que aminora la marcha y estira el cuello a ver si viene alguien, comprueba que no y acelera en segunda mientras gira el volante. Si la señal dijese “Slow” –que significa lento- en una de esas lo hacía. Pero como dice “Stop”, el tipo se detiene. Stop. Y punto. Entonces entiendo que, para esta gente, hacer leyes nuevas es lo mismo que aplicarlas. Las hacen y las cumplen. Y no quiero iniciar un largo debate sobre el imperialismo inglés y sus acciones atroces en el resto del mundo Hablo de otra cosa. Pienso en otra cosa.

“Second”, prosigue mi interlocutor, alzando el dedo índice de la mano izquierda. “All fans are sitting”. Yo vuelvo a asentir, porque lo he visto. Detrás de los laterales. Detrás de los arcos. En los codos. Todos prolijamente sentados. Y me asalta una duda, porque no estoy seguro de lo que pienso al respecto. Con lo otro sí estoy seguro. Con eso de que los delincuentes que se hacen pasar por hinchas vayan presos, sí que estoy de acuerdo. Que los violentos se queden fuera de las canchas donde va la gente honesta, sí que me parece perfecto. Pero no sé qué pensar de esto de “todos sentados”. Porque el fútbol está lleno de momentos. Y tu vida como hincha, también. Cuando sos chico tu viejo te lleva adonde la gente se sienta porque, si no, te tapa todo el mundo. Y está bien. Cuando crecés, y vas con tus amigos, vas a la popular porque querés saltar y cantar y gritar y esas cosas se hacen de parado. Cuando madurás en una de esas volvés a la platea, porque te duelen las tabas y no aguantás 45 minutos seguidos de pie. O porque te sosegaste y querés ver bien el partido, aunque lo que hay para ver te deje el alma hecha jirones. Pero ahí está: la cancha para nosotros es un sitio que cambia a medida que envejecemos. No sé si me gustaría que fuese siempre igual a sí misma.

“And thirth”. Ahora son tres los dedos que levanta: pulgar, índice y mayor. “The tickets price”. Ah, digo yo, y pido detalles. Mi anfitrión tira una cifra, en libras esterlinas, de lo que cuestan las entradas. Yo la convierto a euros y la multiplico a pesos. Trago saliva, porque el número resultante es una fortuna. Tal vez me haya equivocado, porque las matemáticas no son mi fuerte. Arranco otra vez. Mientras paso de libras a euros mi informante tuerce la cabeza hacia mi lado y sonríe. Supongo que me lee el pensamiento. “It is not cheap”, o sea, que no es barato. “¿No es barato? –pienso, escandalizado- ¡Cuesta un ojo de la cara!” –me digo con la frase que usaba mi mamá a la vuelta de la feria, en el Castelar de mi niñez, cuando los precios la sulfuraban. En aquellos tiempos yo me preguntaba cómo era eso de tasar las cosas al precio de un ojo, pero ahora, en este auto carísimo, me alcanza con sulfurarme como ella.

¿Cómo va a costar semejante fortuna ir a la cancha? Me trabo porque no sé cómo formular la siguiente pregunta. En español la pregunta es simple: “¿Y cómo hacen los pobres para ir?”. Claro que eso es en español directo. En el español de los eufemismos, debería reemplazar la palabra “pobre” por alguna delicadeza al estilo de “personas de bajos recursos” o algo así. Pero mi inglés carece de eufemismos. Lo pregunto como puedo, con sencilla brutalidad. La respuesta también es sencilla. Y es brutal. Y viene acompañada de un meneo de cabeza. “No. They never go”. Así de simple. Los pobres nunca van a la cancha.

Simple. Sencillo y directo. Después hacemos un rato de silencio. Un poco porque el esfuerzo de hablar en inglés me deja agotado, y mis argentinísimas neuronas necesitan recuperar el aliento. Y otro poco porque necesito pensar en este lío. Porque yo tengo muchas ganas de ir a la cancha sin miedo y sin vergüenza. Sin el miedo a la violencia que las barras bravas ejercen, y sin la vergüenza de que las hinchadas, a veces, los aplaudan y los admiren. Pero no quiero que el precio que debamos pagar sea un fútbol para ricos. Y me pregunto si no habrá otro modo. Me digo que tiene que haberlo, aunque yo no sepa encontrar la salida.
Mientras tanto, el Audi llega a un cruce de caminos absolutamente desierto. Pero en la intersección hay una señal roja y blanca que dice “Stop”. Y el inglés, por supuesto, detiene el Audi por completo.
Por Redacción EG: 22/07/2012

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