Nota publicada en la edición enero 2012 de la Revista El Gráfico

LOS HEROES, hoy, con el 25 como registro simbólico en la camiseta. PArados, desde la izquierda: Ruggeri. Montenegro, Alonso, Borelli, Arias (kinesiólogo), Veria (DT, Santilli, (Presidente) y Francescoli. Abajo: Alzamendi, Amuchástegui, Gordillo, Galindez

“Volveremo’, volveremo’ / volveremos otra vez / volveremo’ a ser campeones, como en el 86”.
No es la hinchada argentina la que canta frente al capitán Messi que se prepara para disputar el Mundial 2014. El Monumental no está pero se huele su esencia. Hay, sí, 500 corazones riverplatenses a punto de explotar, convocados por una causa insólitamente olvidada por las autoridades de diferentes gobiernos, ingratitud en estado de máxima pureza, en un reducto ajeno por la ubicación pero imposible de no asociar al más profundo sentimiento desde el nombre: “Café de Los Angelitos”. La servilleta revoleada por encima de la cabeza y el grito firme viajan orgullosos al pasado, pero no están solo cargados de nostalgia sino que al mismo tiempo expresan que están vivos, que el año se va, que por fin se va, que no vuelva más.
Mil novecientos ochenta y seis fue el año más importante en la historia de River. Podría competir con 1932, el que vio cómo Bernabé llegaba desde Tigre y convertía a River en una conmovedora manifestación popular que reventaba estadios. Tal vez con 1938, y la inauguración del Monumental. O con 1975, que acabó la noche de los 18 años y catapultó al club a ser el más campeón del fútbol argentino.

Mil novecientos ochenta y seis fue un año perfecto para River, imposible de superar. No solo porque ganó la primera Libertadores de su historia para levantar un pagaré de 20 años. También fue campeón del mundo por primera y única vez tras vencer 1-0 al Steaua de Bucarest, también conquistó el torneo local, también le ganó a Boca en el campeonato y en la Copa, también le dio la vuelta olímpica en la Bombonera, también le ofrendó tres titulares a la Selección que se consagró en México. Y hasta brindó cátedra en Mar del Plata, con un gol de chilena del Maestro Enzo que aún se revive con la piel de gallina. Hasta los torneos de verano se llevó River. No dejó nada sin ganar.

LA EMOCION signó el reencuentro. Alonso alzó la Copa en el escenario.

Veinticinco años más tarde, River despide el peor año de su historia, el del descenso y el escarnio, y aunque el desastre admita variados culpables y nunca son justas las simplificaciones, se puede comprender por qué el cantito cambia abruptamente la letra hacia el final y se transforma en grito de guerra: “Volveremo’, volveremo’ / volveremos otra vez / volveremo’ a ser campeones / cuando se vaya Daniel”.

El Frente Angel Labruna (FAL) se formó este año casi como un decreto de necesidad y urgencia tras el desastre de la Promoción. Algo había que hacer, además de putear. El FAL es un foco de resistencia, una trinchera de sentimiento gallina genuino. Está formado por 3 agrupaciones y 4 movimientos (proyectos de agrupaciones a los que les falta completar un cupo de afiliados). No responden a la tradicional política del club. Son gente de tribuna, hinchas comunes, laburantes, no han llegado por su status económico. Son la tropa.

Carlos Trillo, de Honor Riverplatense, es la cabeza más visible, uno de los que más se movió para aglutinar estas voluntades. A su lado trabaja, entre otros, Fernando Guarini, de Caravana Monumental. Su caso sirve para ejemplificar quiénes son estos nuevos militantes de la esperanza. Fernando tiene 38 años y desde hace casi 20 empezó a seguir a River a todos lados. Con su bandera de “Los Parques”, por ejemplo, estuvo en Venezuela, Chile y Colombia en la Libertadores del 96. Todo se lo pagaba él, nada de barra oficial ni paralela ni de aliento comprado. Es socio, se fue metiendo en el club y le dio impulso, junto a otros más, a la inolvidable caravana del centenario.

EL GRAFICO y las camisetas, testigos de la hazaña.

Empezó a trabajar en el fútbol infantil durante la gestión Aguilar, con Diego Quintás, uno de los dirigentes jóvenes de mayor proyección. Y fue testigo presencial del saqueo. “He tenido que poner mi tarjeta de crédito para comprarles botines a los pibitos de 10 años, porque las cajas enteras que nos mandaban, así como entraban se iban a un negocio de artículos deportivos que tenía algún dirigente. Después recuperaba la plata, pero no se puede creer. He visto a chiquitos tiritando de frío porque tenían que jugar a las 9 de la mañana con 2 grados de temperatura en manga corta”, no se olvida Guarini, para explicar el desastre desde otro ángulo. El vaciamiento no solo se produjo a gran escala, con denuncias de cuentas bancarias por transferencias oscuras. También hubo contrabando hormiga. ¿Por qué, si no, tantos directivos se sacan los ojos para ocupar cargos? ¿Cómo se salva un club, así?

El FAL aspira a revertir este paradigma. Y para esta ocasión se propuso brindar un homenaje que River como institución no había realizado nunca hasta aquí. Al primer campeón de América y único Intercontinental, River jamás le tributó un reconocimiento. “Parece que al final fue un pecado haber sido campeón del mundo, quizás porque muchos pensaban que nosotros éramos de Santilli. Y no, señor: yo soy de River. Con Logroñés salimos quintos en España y hace unas semanas me invitaron para recordarlo; de River, en cambio, nunca hubo nada. A los muchachos los veo con lágrimas en los ojos. Uno está más viejo y más melancólico”, se sincera Antonio Alzamendi, autor del gol que puso a River en lo más alto del mundo, tras una avivada de Alonso. Con la mirada siempre húmeda y a punto de derramar, en estado de emoción permanente, como para rubricar sus propias palabras, admite que el descenso le pegó durísimo: “Sentí un gran dolor, una tristeza que no se va. He visto llorar a mucha gente, a este club lo dejaron ir a pique, yo estoy convencido de que se podría haber evitado. Ahora es obligación de aquellos que lo llevaron a la B devolverlo cuanto antes a Primera”.

El reencuentro parece trasladarlos a aquellos días de gloria. Hay frases, tics, miradas cómplices que se mantienen inalterables con el paso de los años. Galíndez, el histórico manosanta y talismán, no puede dejar de sonreír y de abrazarse con todos. El Beto Alonso destila orgullo gallina en cada palabra y se expresa sin filtros. “Veo a estos monstruos que fueron mis compañeros y no lo puedo creer. En aquel momento esperábamos el sábado para ir a la concentración a divertirnos. Cuando se jodía, se jodía. Y cuando había que ponerse serio, nos poníamos. Yo creo que este Barcelona no nos ganaba. Aquel River tenía una gran virtud: no se partía en ningún momento”, arriesga el Beto, quien fue convocado por Passarella hace unos meses, en un intento del presidente por acercarse a diferentes figuras de la oposición. Alonso siente que fue pour la galerie: “Me usó como un profiláctico. Mintió, vendió bombas de humo a los hinchas”.

El Bambino Veira mete una carcajada sonora antes de cada flash para que todos salgan felices en la foto. A ninguno de los socios presentes les importa que haya dirigido a Boca: cuando lo nombran, la ovación es unánime. Hugo Santilli, el presidente, sigue caminando con el pecho erguido y provoca a sus exjugadores. “Nos gustaba ganar premios –afirma Oscar Ruggeri-. Nos sentábamos con Santilli y el tema era: nada por jugar, nada por empatar, y buena guita por ganar. Era todo a ganador; Santilli fue un maestro. A mí me dio mucha pena que no nos reconocieran cuando se inauguró el museo de River en la gestión pasada. Ni nos invitaron. Es raro, porque allí estaba Mario Israel, al que habíamos tirado a la pileta en Cali, cuando ganamos la primera final de la Libertadores”. Para estas cosas, los argentinos estamos mandados a hacer.

EQUIPO. Arriba: Gordillo, Gallego, Gutiérrez, Pumpido, Ruggeri, Montenegro. Abajo: Alzamendi (metió el gol a los 28), Enrique, Funes, Alonso y Alfaro (entró Sperandio).

El Tapón Gordillo y Alejandro Montenegro, los silenciosos obreros de las bandas, conservan su bajo perfil y la sonrisa campechana. A la Araña Amuchástegui resulta casi imposible reconocerlo: perdió todos sus rulos. Villazán asoma su figura con Francescoli, que no fue campeón de América pero sí integró aquel grupo que ganó lo previo. Enzo, como no podía ser de otro modo por su modestia, aclara apenas comienza cada entrevista que él está de colado ahí. Pero ni bien se sienta en la mesa con Ruggeri se transforma en el centro de la escena, como alma máter del grupo. Y cuando declara lo hace fiel a su estilo moderado y reflexivo a la vez.

- “Dejé cosas personales por meterme en la política de River, pero no se dio. Passarella no me llamó, pero no tengo problemas con él ni con nadie; si alguien lo tiene conmigo, no lo sé”.

- “Intento hablar y aparecer lo menos posible. Es mi manera de ayudar. Los referentes como nosotros estamos en un lugar incómodo porque se puede malinterpretar cualquier cosa que se diga, entonces prefiero el silencio”.

- “Todos en la Argentina deberíamos aplaudir al hincha de River, se fue al descenso y sigue alentando. Quiero agradecerle públicamente al hincha y pedir que estemos más unidos que nunca. Creo que ya todos hicimos el duelo y ahora hay que apoyar. Siento angustia, como todos los hinchas, y ansiedad por volver. Me gusta cómo está jugando el equipo, a Matías lo veo bien, y además ahí tengo a mi amigo Gaby Amato, confío en ellos”.

- “En el 83 salimos anteúltimos en el campeonato, y nos salvamos del descenso por el promedio. Tres años más tarde se alcanzó esta gesta de Japón, así que hay que tener confianza. Creer. Es imposible no creer en un club tan grande y con tanta historia como River”.

EL INSTANTE inolvidable de la premiación. Pumpido, Gallego, Funes y Héctor Enrique levantan la Copa Intercontinental y la Toyota.

A la hora de pasar lista, hubo ausentes con aviso: Gorosito y Troglio, por ejemplo, ya se habían ido de vacaciones. Goycochea no iba a ir porque está peleado con Ruggeri. Pumpido avisó que pasaba pero nunca llegó. Sperandío no se mostró interesado. Al querido Búfalo Funes se lo vivó más de una vez, y al igual que con el Bambino, a nadie le importó que luego de la gloria con River tuviera un paso por Boca. El que faltó y no podía faltar era el capitán, Américo Gallego. Al Tolo no solo lo invitaron los organizadores, sino también lo llamaron Enzo y Alzamendi para pedirle que no faltara, pero se enredó en sus habituales inseguridades y desconfianzas y nunca apareció. Si era tan difícil tomar la decisión de ir a una cena homenaje, ¿cómo iba a aceptar la conducción técnica de River, cuando le fue ofrecida tras la salida de Cappa?

Hace unos meses, Matías Almeyda se mostró como la contracara exacta: no le importó nada, no midió riesgos, solo se dejó guiar por el sentimiento para tratar de sacar a River del fondo del mar. Como Cavenaghi y el Chori. Como Trezeguet. Esos son gestos que el hincha debe valorar. A partir de ellos, River aspira a enterrar un 2011 nefasto y con la mística de aquellos gladiadores del 86 volver a vivir. Volver a ser.

Por Diego Borinsky Fotos: Maxi Didari y Archivo El Gráfico


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