Nota publicada en la edición octubre 2011 de la Revista El Gráfico

Habla con la misma calma que transmite San Gregorio de Polancos, ubicado a casi 400 kilómetros de Montevideo, en Uruguay. En esta pequeña ciudad de 3000 habitantes y playas tranquilas, crecieron Jonathan Ramírez y sus seis hermanos. Las épocas de picaditos cerca del río quedaron atrás y ahora le toca estar en un club profesional, como él llama, “de los grandes”. Nunca había viajado a Buenos Aires y llegó hace dos meses para sumarse a Vélez. El equipo que iba a extrañar a uno de sus compatriotas: el goleador Santiago Silva.

El sueña con conquistar títulos y ganarse el cariño de los hinchas, como lo hizo el Tanque, pero bajo su propia fórmula. Asegura no ser el típico nueve de área estático. Le gusta animarse a otras posiciones, como volante por derecha e izquierda, abrir defensas cerradas, buscar el gol y ante todo, no ponerse “blandito”. Asume su condición física chica, pero resalta que es resistente y que no atina a tirarse apenas le meten una patada. Arrancó en baby jugando en los regionales de la OFI (Organización del Fútbol del Interior), hasta que llegó a Tacuarembó en Cuarta División. Ya en Quinta, lo promovieron a la Primera.

No puede olvidarse de su debut, el 6 de abril de 2009, el mismo día del cumpleaños de un gran amigo. Un año más tarde pasó al River Plate uruguayo, donde metió 6 goles en 15 partidos. Dos de ellos tuvieron un gustito especial, porque este hincha de Nacional, los marcó nada más y nada menos que ante Peñarol. En agosto de 2011, recaló en Vélez y cree que desde Liniers se le abrirán otras puertas. Diego Aguirre lo convocó a una preselección de la Selección Sub 20 de Uruguay, pero no quedó. Y sí, sueña con ser llamado algún día a la mayor.

El hijo de María y Oscar confiesa que los logros del equipo de Oscar Tabárez motivan y estimulan a los chicos que están empezando. Algún día le gustaría formar parte de ese selecto grupo. “Nunca tuve un referente fijo, el día de mañana quiero que muchos jóvenes futbolistas me tengan de espejo”, se ilusiona. Ramírez, todo un soñador.


Por Alejandra Altamirano Halle

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