Nota publicada en la edición octubre 2011 de la Revista El Gráfico

ORGULLOSO del auto con el que aún corre. Don Teodoro y su Ford, historias paralelas.

EN LA ELEGANTE esquina de Avenidas Alvear y Callao, en pleno barrio de Recoleta de la Ciudad de Buenos Aires, había un garage. Y el joven estudiante de abogacía, cercano ya a recibirse, solía pasar todos los días yendo o viniendo de la Facultad de Derecho, para contemplar aquel auto. Era un Ford Thunderbird 1956: lo que se dice todo un sueño, la respuesta norteamericana a los lujosos coches sport europeos y la respuesta de Ford al Corvette de Chevrolet.

El joven estudiante no se cansaba de mirar aquella preciosura, y sus buenas razones tenía para hacerlo. El coche en cuestión pertenecía al embajador de Suecia, pero en realidad, el diplomático ya lo había vendido, de palabra, como se usaba en esos tiempos. “Lo voy a seguir usando hasta que me den el pase a Chile y luego, sí, será totalmente suyo”, le dijo al comprador. El comprador era el padre del joven estudiante, quien, a su vez, le prometió a su hijo: “Cuando te recibas de abogado, este coche será tuyo”.

Así que aquel año 1958, resultó ser inolvidable para el joven estudiante. Cuando el embajador se fue a Chile, el auto cambió de manos, pero igual quedó encerrado en otro garage hasta que el estudiante, un radiante 26 de diciembre de 1958, ingresó a su domicilio de Avenida Santa Fe y Libertad, diciendo: “Ya soy abogado, ahora sí, el coche es mío”.

El joven estudiante, aunque ya no es tan joven (físicamente, se entiende, pues en su pecho late un corazón de veinte años) se llama Teodoro Alvarez Aguileta, aunque fue más conocido en el automovilismo deportivo por “Don Segundo Sombra”. Esta es su historia, y su relación con su T’Bird, con el que todavía hoy corre, se emociona y se alegra como aquel inolvidable verano del 58.

DON TEODORO fue el hijo único de la unión de don Teodoro y María, fanáticos del automovilismo, por lo que el chico a los once años aprendió a manejar. Gracias a ese amor a los autos de sus padres, el niño Teodoro vio en carne y hueso –por ejemplo- a Juan Manuel Fangio corriendo en Palermo o en Mar del Plata. Y vio a Fangio de cerca, porque era el ídolo de la familia. Curioso como era, la vida le dio una oportunidad de conocer mucho más de cerca a los autos.

Sucede que, durante un verano marplatense –donde veraneaba la familia- apareció una troupe de los famosos Rompecoches. Eran expertos en chocar a sus autos, hacerlos volar por el aire, girar enloquecidamente en trompos y otras delicadezas. Se los llamaba los “Red Devils” o algo así y sucedió que entre aquellos pilotos, Teodoro pronto descubrió a un argentino. Y entonces aquellos arriesgados hombres destinados a destrozar y machacar autos como pasatiempo y a hacerlos colisionar como espectáculo, le fueron enseñando a dominar a los bólidos, a lanzarse desde rampas, a saber por qué desconectaban los frenos delanteros o cómo se usaba el freno de mano. Y casi sin darse cuenta, Teodoro aprendió todo lo que se debe y lo que no se debe hacer...

La vida estudiantil de Teodoro había transcurrido en los Claustros del Colegio de El Salvador, en Callao y Tucumán. Le gustaba el fútbol y siempre jugó como arquero, con alguna incursión –valga el juego de palabras- en Excursionistas; y como exalumno también jugó varios torneos anuales.
Pero... mientras tanto, era el tema de los autos el que lo corroía, por lo que aquel verano de Mar del Plata, en lugar de ir a la playa, se metía en el oscuro sótano del hotel Hermitage para tomar aceleradas lecciones de conducción con aquel piloto argentino, de apellido Rojo, que cambiaría su vida...

LA PERDIDA de aceite que lo obligó a utilizar una lata de 20 litros para poder continuar en carrera.

EN LOS AÑOS 50, los Tuercas de ley se encontraban en La Biela, en el corazón de la Recoleta, encabezados por Charly Menditeguy, un bon vivant, un sportman, un dandy de aquellos. En los 60, los pilotos encontrarían otro refugio en 05: allí se daban cita los Alzaga, los Casá... Era la Asociación de Pilotos de Autos de Turismo. Eran, aquellos, los “tiempos en donde o había que tener muchísima guita para correr un auto, o había que ser un gran mecánico para mantenerlo; yo no tenía ni plata ni era mecánico, pero tenía una característica importante: era un gran inconsciente y con eso, me metí en el medio...”.

Con el Thunderbird participó en el Rally de Buenos Aires a Tucumán, organizado por la Asociación Argentina de Automóviles Sport, la AAAS, que era su club. Le quedaron los recuerdos de algunas tremendas trepadas al Totoral, donde terminó tercero; y San Javier, con un gran segundo puesto. Lo mejor de todo fue que, además, su copiloto consiguió una publicidad muy importante de un aditivo antifricción, lo que les sirvió para llevar auxilios y hasta algunos amigos. En esa ocasión corrió con el seudónimo de “Tronador” ya que sus padres –y muy especialmente su madre- no querían que corriera... Hizo luego varias carreras de velocidad, pero como “Don Segundo Sombra” hasta que ingresó a la categoría Turismo, en donde corrió con Isard, De Carlo –categoría A, la más chica- BMW alemán y Fiat 1500 –ya en categoría C– en la escudería Fiat Alvear, con varias carreras ganadas en el Autódromo.

Fue en La Vuelta de Santa Fe, con De Carlo 700, cuando logró su primer triunfo y gracias a él entró a la fábrica. Un aviso a página completa, publicado en La Nación y Clarín –por dar apenas dos ejemplos, puesto que lo mismo aparecía en casi todos los periódicos- anunciaba: “Primero, Don Segundo Sombra, con 4 horas 39 minutos y 42 segundos”. Una amarillenta hoja de El Gráfico, también patentiza aquel momento. Todas están cuidadosamente ubicadas en varios álbumes enormes. Aquella victoria le significó que lo llamaran de la fábrica y recibiera un importante respaldo oficial. Aunque era simplemente por el placer de correr, porque jamás con esas carreras logró dinero alguno o mejor dicho: lo que podía entrar como ganancia se iba como gastos de viaje...

En el 66 compitió en el Gran Premio de Tandil con un Chevrolet, ganando la Copa de No Ganadores. Esa fue su última carrera, ya que su madre, que estaba enferma, le pidió que no corriera más. Y él, que tenía 29 años, obedeció. Se casó a los 31 con Susana y tuvieron tres hijas, las tres Marías: Constanza (39, soltera), Bernardette (37), que les dio una nieta, Milagros; y Carolina (35 y la más tuerca de todas), que les dio dos nietas, Juanita y Sofía. Su madre falleció en 1973. En 1994, decidió volver a pilotear su Thunderbird, completamente acondicionado a nuevo, y así llegó a ser campeón argentino 2008 en la categoría Sport Histórico. Todavía hoy compite, en pruebas que tienen velocidad controlada y pruebas especiales. Es que siempre sintió que en su sangre corría la “nafta 100/130 especial”, como le gusta decir.

TEODORO y su Thunderbird recorrieron juntos el país y además, ganaron trofeos de todo tipo.

HAY RECUERDOS que llenan de nostalgia sus ojos, siempre alegres y vivaces. Como aquella vez, en el 61, cuando su Little Bird fue auxilio en el Gran Premio Internacional de Turismo Mejorado. En esa carrera, la policía de La Rioja lo paró a Carlos Ruiz Huidrobro, que iba como auxilio a bordo del auto: salió del auto barbudo, sucio y con barba de varios días. Resultado: lo metieron preso. El hombre apeló a mandar un telegrama a Catamarca: “Camino bloqueado, sigo mañana”. Cuando llegó a Catamarca, Teodoro se colgó del teléfono, averiguó todo y finalmente el hombre pudo salir.
En aquellos años de carreras, fue cuarto en el Gran Premio Internacional Standard; primero en el Gran Premio del 60: en un pozo, rompió el cárter, quedaron las bielas en el aire y finalmente llegó, empujando el auto a mano. En el 63, corriendo con un Fiat 1500, logró ser el primero con un auto argentino en el Gran Premio Internacional de Turismo. En la llegada a Arrecifes, los Mercedes arrasaron con el resto y si no se le hubiera tapado el tanque de nafta, jura y perjura que habría llegado pegadito a aquellas corredoras suecas que hicieron sensación; y no en el quinto puesto, como llegó, aunque ganó la categoría: cada diez kilómetros, se le paraba el auto.

Y QUE ES el Thunderbird? Hoy está restaurado a nuevo, luego de un trabajo efectuado en 1993. Tiene un largo total de 4,640 m y una altura máxima de 1,31 m. Puede llegar a los 200 kilómetros por hora, con un consumo medio de 18 litros cada 100 kilómetros. Posee 8 cilindros en V a 90 grados, válvulas a la cabeza, árbol central a cadena. Todos los repuestos son absolutamente originales y traídos de los Estados Unidos (esto incluye hasta el tapizado), y hasta hoy compiten en Automóviles Sport (pueden visitar el sitio web: www.automovilsport.com).

El copiloto es Raúl Reami (53 años), y anteriormente se desempeñó por muchos años el ingeniero Roberto Cook. El mecánico –en realidad, un hombre orquesta especializado en autos históricos– es Toto Calandreli. Pertenece a la escudería Tartaruga –tortuga en italiano– bautizada así a través de un poema que Gabrielle D’Annunzio le recitó a Tazio Nuvolari.

DE PRONTO DESCUBRIO que tenía una gran pérdida de aceite. Entonces tomó una lata de 20 litros de Supermóvil, la cortó por la mitad, la llenó de algodón para que fuera absorbiendo el aceite y la puso abajo del cárter. Faltando tres vueltas para terminar la carrera, se llenó la lata, rebalsó, saltó al escape y se formó una tremenda nube de humo y parte del aceite cayó al piso. Fue entonces cuando algunos competidores –que, obviamente, venían detrás– hicieron varios trompos, mientras que otros pensaron que se había quemado el motor. No se asustó, porque él sabía lo que pasaba. Aquello ocurrió en una carrera de 196l en el Autódromo, según lo certifica una foto en blanco y negro, publicada en El Gráfico. Hoy, a los 75, cuando piensa que en algún momento cercano le llegará el momento del adiós a las competencias, mira esa foto, recuerda de nuevo aquella explosión y siente que, como nunca el Thunderbird y él, Don Segundo Sombra, siguen siendo uno solo...

Por Carlos Irusta / Foto: Jorge Dominelli y Archivo El Gráfico
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