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Chicharito, disritmia cerebral

- por Martín Mazur: 17/08/2011 -

Nunca dejamos de aprender gracias al fútbol. Hoy, una nación bucea en internet intentando dilucidar qué es, qué provoca y cómo se trata la disritmia cerebral. La nación es México. El paciente al que se le diagnosticó es Chicharito Hernández, el hijo dilecto del pueblo mexicano.

JAVIER HERNANDEZ, 23 años, 20 goles en 45 partidos en su primera temporada con el Manchester United.

Hace unos años, cuando trabajaba en un diario deportivo de México, había entre una y dos páginas diarias disponibles para hablar de los mexicanos en el extranjero. Siempre teníamos espacio para publicar algo de Gerardo Torrado –ni siquiera jugaba en el Sevilla– y de los rojillos del Osasuna, dirigidos por Javier Aguirre. También había que estar atentos al Poli Ejido porque allí jugaba Toño de Nigris, el recordado delantero que murió de un paro cardíaco en 2009. Por supuesto, algo había que dar de Rafa Márquez. Y de repente también se descubrió a Nery Castillo (que al igual que el continente americano, ya existía antes de que lo descubrieran), el mexicano-uruguayo que jugaba la Champions para un equipo griego con pasaporte italiano, y que pudiendo optar entre las cuatro selecciones para jugar, decantó por el Tri. Rápidamente se lo vendió como un Pelé blanco.

Mexicanos en el extranjero, era el cintillo que se usaba. Eran 4.

Imaginemos, entonces, el nivel de voracidad y locura mediática que ahora puede generar un jugador del calibre de Chicharito Hernández, abrazándose con Rooney cada semana y metiendo goles hasta de nuca en la Premier League.

El primer mexicano en jugar en el Manchester United es una víctima natural de las comparaciones. También de las exageraciones propias de un amor desmesurado y el desenfrenado deseo de contar con un crack mundial. Para Chicharito debe ser como una bendición y un castigo a la vez.

¿Le importa? No. Impermeable al tsunami mediático, a Chicharito hay que alinearlo detrás de los Messi, los Fábregas y los Kaká, otros cultores de la timidez y el bajo perfil, antes que de los Cristiano, los Neymar y los Balotelli. De hecho, así como en el San Pablo Kaká llevaba a Julio Baptista a su casa, para merendar y jugar a los videojuegos, Chicharito también les abrió las puertas de su hogar a muchos de sus compañeros.

Me escribe Angel Soto, el respetadísimo colega de El Universal: “A Javier Hernández se le ve como el ídolo de cuento de abuelo. Es la figura decente y con sonrisa pronta con cara de niño. Un oso de peluche para un entorno necesitado de un ídolo capaz de no olvidarlos, cercano a la gente, sin asumir condición de estrella (aunque lo sea) y, claro, con posibilidades de obtener triunfos en las ligas de importación: España e Inglaterra”.

Es, como dijo Valdano sobre Messi, un jugador que sólo produce títulos con sus pies. Salvo que pierda la cabeza –y quien lo conoce un poco sabe que no ocurrirá–, Hernández nunca será noticia por su nuevo corte de pelo ni por las chicas que conquistó en un verano. Intachable por donde se lo mire, Hernández es el motor inspirador de una nación que desde hace tiempo buscaba un embajador como él. Ni una agencia de marketing podría haber inventado una versión mejor que la de Chicharito, un personaje que a veces parece salido de uno de esos comics japoneses de los Supercampeones, la serie de dibujitos animados que dejó de emitirse en 1988, justo el año en el que Chicharito llegó al mundo. Fue un 1º de junio a las 22:23, en el estado de Jalisco.

El apodo lo traía puesto incluso desde antes de tener nombre. El que nacía era el hijo del “Chícharo” Javier Hernández, jugador de larga trayectoria que integró el plantel de México en 1986. Al Chícharo le dicen así por sus ojos tan verdes como dos arvejas (chícharos, en México). Pero Chicharito también es nieto de Tomás Balcázar, que jugó (y además hizo un gol) en el Mundial de 1954, además de tener una frondosa trayectoria en el Guadalajara.

Y digan ustedes si le falta algún condimento para ser digno de una historieta propia, apta para todo público. Veamos:

UN MENSAJE que se repite en todas las canchas.

Lleva el fútbol en su sangre. Juega bien. Es joven. Es sencillo. Es buen compañero. Es sensible. Es familiero. Sabe expresarse. Es creyente. Nunca quiso pegarle a un rival ni a un periodista. Tampoco mandó a ninguna mujer árbitro a lavar los platos ni agredió a alguna ex esposa [1]. ¿Y saben qué? Ni siquiera arrolló a ningún fotógrafo en algún escape de un local nocturno. Un auténtico caso de estudio. Es la antítesis exacta de Cuauhtémoc Blanco, el antihéroe de Tepito.

Como Blanco, Chicharito también es pasión nacional, pero por motivos ejemplares. Su pertenencia a Chivas le aseguró –como a Tevez en Argentina– el amor popular de todos los fanáticos y simpatizantes del Rebaño Sagrado. En este caso vale la distinción, pues muchos mexicanos simpatizan con Chivas incluso aunque “le vayan” a otro equipo.

Su primer técnico, Gabriel López, lo recuerda como un líder nato, que tenía disciplina y vocación al trabajo. Se quedaba después de hora practicando tiros con ambos pies, una especialidad de su papá, como si supiera de antemano que terminaría siendo jugador profesional y no pudiera permitirse perder un solo día de práctica. Suena normal. Salvo porque tenía nada más que 9 años.

Desde sus primeras entrevistas (por “hijo de” y “nieto de”) dejó en claro que anhelaba “salir” y jugar en el fútbol europeo, un sueño que su padre no había podido cumplir. Para los jugadores mexicanos, ir a Europa era una apuesta en general era asumida como altamente riesgosa y con más para perder que para ganar.

Antes del Mundial 2006, Ricardo La Volpe reclamaba con énfasis la necesidad de tener embajadores que marcaran el ejemplo y demostraran que podían soportar las dificultades propias de la lejanía: sobrevivir en un clima horrible, olvidar los platillos mexicanos, aprender otro idioma y dejar de lado las amistades [2]. La Volpe quería ídolos que llenaran esas páginas de mexicanos en el extranjero por peso específico propio, no por ser buscadores de oro destinados a perecer en el desierto.

Chicharito venía preparándose para convertirse en ese embajador. Su primera entrevista en Manchester la dio en inglés. A la profesora de escuela se le cayeron las lágrimas de la emoción. Con un historial de clases casi inmaculado, apenas se lo puede acusar de haber dejado una bombita de humo cerca del escritorio de una de sus maestras. Nunca lo descubrieron. Nunca volvió a hacerlo.

La irrupción de Chicharito en el fútbol europeo ayudó a resaltar los valores más notables de su pueblo, golpeado por las noticias constantes sobre masacres y carteles de la droga que operan en buena parte del territorio mexicano. Pero valores como la familia y las costumbres no necesariamente tienen el mismo eco en el feed diario de noticias que leemos.

El pase en 7 millones de libras quizás haya sido la primera transferencia en la que un club no compraba a un futbolista, sino a toda su familia. Su padre renunció en las Fuerzas Básicas de Chivas para acompañarlo durante el Mundial de Sudáfrica –donde le convirtió un gol a Argentina en los octavos de final–. Su madre fue la primera en llegar a Manchester. Su abuela y abuelo también lo siguieron. Y también los productos típicos para mantener la dieta.

El día en que el Man Utd de Chicharito perdió la final de la Champions League contra el Barcelona, la selección de México enfrentó a Ecuador en un amistoso en Seattle. Sus compañeros del Tri escuchaban el partido en Wembley como si estuvieran jugando ellos mismos. En las inmediaciones del estadio, los hinchas se agolpaban delante de los televisores, seguramente maldiciendo su suerte por haber comprado una entrada para ver a México con tanta anticipación. Todos adoran a Chicharito.

Basta con apilar todas sus cualidades, su presente, su carisma y su candidez para concluir, apresuradamente, que se trata de otro Messi, me cuenta Soto, preocupado. “México está entregado al Chicharito, al grado de escuchar o leer a varios ¿profesionales?, cegados con su naciente brillo, compararlo con Leo Messi, verlo ya en el Real Madrid o Barcelona y restarle peso específico a Rooney para llenar de fuegos artificiales a un delantero cuyo secreto es saberse mover entre líneas, diagnosticar y anticipar hacia dónde saldrán los rebotes y sonreír con esa candidez de niño cautivador, a quien ya se le perdona todo, como los goles fallados en la Copa Oro. Javier Hernández tiene mucho talento, pero aún está en desarrollo, esto pocos lo entienden, si lo dices, eres un mal mexicano, un envidioso, un contestatario”.

Cuando hace tres semanas le tocó subir al escenario como nuevo embajador turístico de Jalisco, Chicharito sólo atinó a ofrecer una disculpa a todos sus familiares, antes de romper en llanto como un niño. Lloraba porque, según él, posiblemente hubiera estado un poco egoísta y no haya podido estar al 100 por ciento como hermano, hijo, sobrino, ahijado o pareja, tal como enumeró con los ojos intensamente vidriosos.

FUE ELEGIDO "Jugador del Año sir Matt Busby" por los hinchas del United.

“Your daughter is in good hands”, decía la inscripción en una camiseta que usó durante una entrevista cuando apenas se iniciaba. Lejos de la humorada, seguramente todos los padres de México lo querrían de yerno.

Para cuidarlo tras dos temporadas sin reposo, el Manchester United le dio un mes entero de vacaciones. Su reinserción en el equipo fue traumática. La pérdida de conocimiento que sufrió por un pelotazo, durante un entrenamiento en Estados Unidos, hizo entrar a todo el país en pánico. Los estudios le diagnosticaron una disritmia cerebral*, una alteración en las ondas eléctricas del cerebro que no le impedirá continuar jugando al fútbol, aunque sí puede requerir medicación de por vida.

Hoy, mientras una nación bucea en internet intentando dilucidar qué es, qué provoca y cómo se trata la disritmia cerebral, Chicharito Hernández se prepara para volver a las canchas en uno de los equipos más mediáticos del mundo.

No sabemos si logrará hacer los goles de Van Nistelrooy o si su grado de influencia en el equipo de Alex Ferguson irá maximizándose luego de su primera prolífica temporada en los Red Devils, pero lo que es innegable, como me sugiere Soto, es que Chicharito tiene a todo su país en un puño. Y como todo superhéroe de historietas, también tiene a su público garantizado cada semana. Su entorno –como se vio en esa presentación que terminó en llanto– lo ayudará a mantener los pies sobre la tierra y a no confundirse. Los medios y sus seguidores, voraces en la búsqueda de ese crack mundial, no la tendrán tan fácil.

Martín Mazur
Twitter: @martinmazur

[1] Su historia de controversias suma fojas cada día. Cuando la árbitro Virginia Tovar dirigió su primer partido en Primera División, Blanco le dijo: "Mejor ponte a lavar trastes, cabrona".

[2] “Los mexicanos no quieren irse a Europa. No quieren salirse de un medio en el que ganan muy bien. ‘Y para qué me voy a ir a España’, piensan. Hasta que vos no consigas esas figuras, pioneros que quizás vayan a ganar menos pero a pelearla allá, estamos mal. Fijate en Márquez, que fue a Francia, hoy considerado uno de los mejores centrales del mundo. Que lo quiere el Real, que lo quiere el Milan, que siempre lo quiere alguien. ¡Necesitamos más! Más que hagan como hizo él. Eso la prensa lo puede inculcar. Porque si no lo sienten los de ahora, no lo van a sentir los que vienen de abajo, que quieren reflejarse en los de ahora. ¿Me explico? Tuvimos a un Hugo Sánchez. ¿Y cuántos Hugos vinieron atrás? Ninguno. ¿Cuántos Marquez vinieron atrás? Ninguno. Y de a uno no se puede. Hay que inculcar más eso, y no sólo que hable La Volpe, sino que hablen todos. Tienen que entender que ir a Europa es abrir un camino, proyectarse”. Entrevista con Ricardo La Volpe en Diario Récord, 2003.

- por Martín Mazur: 17/08/2011 -