Notas de la revista

Palermo, The End

- por Redacción EG: 18/07/2011 -

A los 37 años, la película de Martín Palermo llegó a su fin. Los invitamos a vivir los momentos emotivos que lo transformaron en un mito de Boca y del fútbol argentino.

Nota publicada en la edición junio 2011 de la Revista El Gráfico

REY DEL MUNDO. Martín y la Intercontinental 2000, tras el 2 a 1 al Real Madrid.

EL PALERMO arquero duró poco. Habrán sido dos años atajando, hasta que me aburrí. En la Prenovena ya arranqué de delantero. Como diría Maradona, no era arquero, era arquerazo.


De pibe me decían Garza, por lo alto y flaco. Loco me puso el Profe Córdoba, en el 96. Pero nunca estuve loco. El tema es que cuando empezaron a conocerse mis cosas, yo vivía todo de una manera muy espontánea, explosiva, por eso llamaba más la atención.


En un clásico de Quinta contra Gimnasia, le metí una murra a uno de los dos Mellizos y me terminaron echando a mí, a Gustavo y a un par más. Me fui a bañar y me mandé para la tribuna, donde estaban mis viejos y mis amigos. Hasta que lo vi a uno de los que habían expulsado y lo fui a encarar de una. Se armó un revuelo bárbaro entre padres, hinchas y allegados. Volaban trompadas para todos lados y el partido seguía. Fue tremendo: hasta tuvo que meterse la policía.


Siempre voy a aplaudir a mi papá por obligarme a terminar quinto año. ¡Lo que me costó! Por eso lo hice en dos capítulos. Primero estuve en el Colegio Sagrado Corazón hasta tercer año y después en una escuela turno noche, de la que ni siquiera me acuerdo el nombre.


En el colegio de curas al que iba hicimos travesuras pesadas. En segundo año había dos divisiones. A los del otro curso les cortábamos la luz, les tirábamos bombitas de olor, cualquier cosa. A mí ya me tenían marcado. Por eso me terminé cambiando.


En Estudiantes salimos campeones de Novena a Quinta. De ese grupo quedamos Andersen, Mauro Amato y yo. Después nos fueron subiendo y alternamos con el plantel de Primera. Fueron tiempos difíciles porque se vivían los problemas del descenso y eso complicaba.


En el Ascenso me trajeron cinco delanteros, por eso casi me fui a préstamo a San Martín de Tucumán. Hasta yo mismo me había pagado el pasaje. Estuve dos semanas entrenándome, pero no pude quedarme. Fue un bajón terrible. No quedaba otra que esperar.


Quería jugar en Boca. Desde un primer momento se había barajado esa posibilidad. River y Racing se sumaron cuando notaron que el pase estaba un poco trabado. Pero la prioridad siempre la tuvo Boca. Estaban Maradona y Caniggia, era un poco el sueño del pibe.


El primer gol en Boca fue un desahogo muy grande. Contando la Supercopa, fueron seis partidos en los que no me salieron las cosas como pretendía. Todos estaban esperanzados en los goles, y se venían haciendo desear. Contra Independiente cambió todo y la metí a los cuarenta segundos. Fue de derecha, contra Mondragón.


Hubo sueños que se fueron cumpliendo. Llegué a Boca, pude salir campeón, me convocaron a la Selección... Todo pasó muy rápido, mucho más de lo que me imaginaba.


Podés llegar a perfeccionar el tema del salto, o de la distancia a la que viene la pelota, pero el resto del cabezazo siempre fue un instinto natural. Es algo que tuve siempre, aunque reconozco que me ayudó haber jugado al básquet y al voley de chico. Al ser grandote, esos deportes me permitieron sincronizar mejor los movimientos del cuerpo.


Con el tema de los looks, iba haciendo cosas a la par de lo que hacía en la cancha. Si no hacía goles, la trascendencia iba a ser mínima. No me creía un personaje, siempre hice lo que sentía. No me importaba lo que opinaran ni tampoco las consecuencias. Como cuando acepté hacer la entrevista vestido de mujer.


El furor que causó ese flequillo fue impactante. Verme reflejado desde los chiquitos hasta los grandes, escuchar historias de chicos a los que no los dejaban entrar al colegio, a otros que los echaban de sus trabajos. Es lo que diferencia al hincha de Boca de los demás.


El primer clásico es inolvidable. Fue en la cancha de River, el último partido que Diego jugó con la camiseta de Boca. Hacerle un gol a River te marca la relación con el hincha de Boca. Y ese cabezazo fue el nexo para meterse mucho dentro del hincha de Boca.


Nunca me arrepentí de haber pateado esos tres penales contra Colombia. Fue algo atípico, que no sucede todos los días. Mi confianza era superior a todo. En ningún momento se me cruzó por la cabeza que los pateara otro.


La decisión de no patear más penales, después de la Copa América, fue compartida con Bianchi. Nos juntamos y lo decidimos, como una forma de estar más tranquilo, de no sufrir tanto ni estar pensando todo el partido si iba a tener un penal o no.


EL ULTIMO gol en un Superclásico. En una obra maestra de repentización, ya conectó de cabeza en el área chica, de emboquillada sobre Carrizo.

La manera en cómo Carlos dijo eso del “optimista del gol” fue muy particular y es una de las cosas de él que me marcaron mucho. Desde ese momento, para todos fui el optimista del gol.


La rapidez y la lucidez de Guillermo para tirar los centros justos siempre fue algo fuera de lo común. Más allá de la perfección en el centro, él tenía ese segundo en que levantaba la cabeza, veía el movimiento que yo le hacía y entonces sabía adónde tirarmela, al primer palo, o si hacía un amague y la iba a buscar al segundo palo.


No irme a la Lazio me dolió mucho, en su momento. Era algo concreto. Estaba todo muy firme. Un miércoles a la noche me dijeron una cosa y unas horas más tarde me cambiaron todo. Si me quedé y jugué el partido siguiente, fue por la gente y mis compañeros. Y eso mismo dije en una conferencia de prensa con Carlos (Bianchi). Ni él sabía lo que yo iba a decir.


Un mes después llegó el partido contra Colón. Venía desde dos o tres partidos que no podía hacer el gol 100, y cinco o diez minutos antes de meterlo, pasó el tema de la lesión. No sabía que tenía los cruzados rotos, si no no habría seguido. La suerte de volver a entrar, recibir el pase de Román, quedar frente al arquero Díaz. Fue medio chueco, medio apoyándome sobre la pierna que estaba lesionada, pero pude patear.


El primer mes de la primera lesión es interminable. “Siete no pasan más”, pensás. Pero hubo gente que no me dejó caer: el médico, el kinesiólogo, el cuerpo técnico, los compañeros, y fundamentalmente mi familia. Lo mejor que hice fue asumir lo que me había pasado. Por ahí me fastidiaba repetir ejercicios sin que aparentemente mejorara nada, pero me mentalicé para hacer lo que me decían.


Tenía un tío que corría con un Fiat 600 en categorías de La Plata, y cuando yo estaba con él disfrutaba de la velocidad y de cómo manejaba. El automovilismo es mi otra pasión. Siempre estoy atento a lo que pasa en las categorías, me tiran mucho los fierros.


Hacer goles en un clásico es lo más grande que hay. No se puede describir la sensación. Es única. Hay una vibración especial por el grito de la gente, por la efusividad de los compañeros.


Para cualquier jugador, no solo para un goleador, hacer el gol es el momento más especial, más emotivo, que uno más disfruta. Te pasan muchas cosas por la cabeza, sobre todo en goles definitorios.


El momento de entrar en calor con River fue cinematográfico. Con todo lo que se había hablado en la semana, acerca de si yo había entrenado o no, fue muy emotivo volver a las canchas en ese partido, con lo que significa la Libertadores para Boca, con todo lo que se generó en la gente. Battaglia me había dado el pase, estaba solo en el área, tardé un poco en girar, pero también tuve la suerte de tener la tranquilidad para tirársela a un palo a Bonano. Era mi primera lesión grave y uno eso lo sufre mucho. Fue una descarga emocional muy grande después de cinco meses y medio muy duros. Ahí se empezó a hablar de la película.


La Intercontinental contra el Real Madrid es algo que no voy a olvidar más. Tengo la medalla, diarios de Japón, también la camiseta que cambié con Morientes, que la había perdido en una mudanza, pero cayó en manos de un hincha de Boca. En una nota dije lo que había pasado, se contactaron conmigo. Y la recuperé.


Al principio en Villarreal, un comercio me había prometido un jamón por cada gol que hacía. Se cumplió, me regalaron uno de mediana calidad por cada uno de los tres primeros goles. Pero después les cambié el trato. Me enteré de que había uno de excelente calidad, el Pata Negra, y arreglé uno de esos por cada tres goles.


No creo haber fracasado en el fútbol español, pero reconozco que no me fue todo lo bien que deseaba. Mi idea era empezar de abajo y crecer paulatinamente, pero se me complicó todo a partir de aquella famosa lesión por el muro que se me cayó encima. Tampoco tuve la fortuna de jugar en un equipo con aspiraciones grandes como las de Boca. Jugué en clubes sin esa autoexigencia.


Volver a Boca fue como volver a vivir. Desde el primer entrenamiento, cuando entré al vestuario, sentí que me volvía el alma al cuerpo. Uno no se da cuenta lo que es Boca hasta que se va. Podrá existir algún club del mundo con más hinchas, pero la pasión que genera Boca es inigualable.


Sabía las alegrías que le había dado a la gente, pero volví con el objetivo de no mirar atrás. No me gusta dormirme en los laureles, miro siempre para adelante, buscando objetivos por alcanzar, goles por hacer, partidos por ganar. Mi mentalidad es mirar para adelante. Lo que pasó, pasó.


Si vas con muchas dudas a patear un penal, es lo peor que te puede pasar. Tenés que ir con ese convencimiento. Como aquel penal con River, en el último minuto, cuando íbamos perdiendo en La Bombonera. Es verdad que si no lo hacía, perdíamos. Pero uno no piensa que si no lo hace, lo van a querer matar. La responsabilidad era enorme, pero a mí me gustan esos retos, asumir esas responsabilidades. Fui con esa seguridad de que lo iba a hacer y por suerte, lo hice.


Me incomoda a veces estar en un lugar y sentir que todos me miran. Soy tímido. De a ratos me gustaría ser una persona normal, pasear por una plaza como cualquiera. Pero no cambio eso por ser lo que soy.


La experiencia de haber hecho un gol de edificio a edificio, para una publicidad, fue increíble. No había pasado mucho tiempo del gol a Perú, y fue una tarde parecida, por el viento y la lluvia. Cuando la pelota entró, nos abrazamos todos.


A los 37 años, su película se acabó. Forjó una carrera llena de momentos emotivos, goles imposibles, reapariciones estelaresy constantes pruebas de autosuperación, que los transformaron en un ícono de Boca y del fútbol argentino.

En la segunda lesión en los ligamentos también lloré de bronca, de impotencia, traté de desahogarme. Pero al otro día miré hacia adelante y me mentalicé para recuperarme. El proceso fue más tranquilo, más llevadero. Hice los ejercicios sin los miedos de la primera vez, no me rondó ningún fantasma raro por la cabeza, con la confianza que me daban el doctor Batista y el kinesiólogo Araguas.


Siempre he tratado de dar todo, en los clubes y en la Selección. No me esperaba ni me imaginaba que mi carrera pudiera terminar con esa sensación amarga de haber estado en el 99 en la Selección. Y después de 10 años, haber podido volver fue algo inolvidable, porque ya había estado la posibilidad con el Coco (Basile), pero justo en ese momento me volví a lesionar. Y después me ilusioné porque vi que Diego también me podía tener en los planes.


El gol a River por mi regreso, los que le hice al Real Madrid, el de Independiente desde la mitad de la cancha, el que le hice de cabeza a Vélez desde 38, 40 metros. Hubo muchos goles que recuerdo en Boca, aunque el más emotivo de todos fue el que le hice a Perú con la camiseta de la Selección, por las circunstancias, lo que significaba. Después apareció el gol a Grecia, y ese lo sentí como el más importante.


Fue el 20 por ciento más largo del mundo. Maradona había dicho que yo iba a estar en un 80 por ciento en el Mundial. Y eso me motivó mucho, pero también me provocó la ansiedad lógica de saber si iba a poder cumplir mi sueño de estar en Sudáfrica, a mi edad.


Más allá de los títulos y los goles, Guillermo dejó esa enseñanza: que el bien de Boca está por encima de todo. En este club fue ejemplo hasta el último minuto, porque a pesar de jugar poco, jamás usó su condición de ídolo para obtener beneficios, nunca presionó a los técnicos. Guillermo es intocable para Boca y para el fútbol.


Siempre defendí mi camiseta a muerte, pero creo haberme comportado respetuosamente con mis rivales y con sus hinchadas. Cuando era más chico, en la época de los festejos locos, las hinchadas me hostigaban más. Pero con el correr del tiempo, me gané un respeto. Lo valoro muchísimo, en definitiva, porque les hice goles a todos.


Stefano está desde arriba ayudándome siempre. Es mi angelito. Yo siempre sé lo que mi hijo y el de Arriba me ayudan. Más no les puedo pedir. Todo lo que me pasó fue demasiado.

A veces cuesta seguir adelante, porque los golpes son duros y, aunque uno quiera hacerse el que todo pasa, chocar contra un paredón no es sencillo. Quizás otras personas tienen mentalidad más débil y les cuesta sobrellevar situaciones. Hay que entender algo: las cosas buenas se disfrutan, pero de las malas también se aprende. Esa enseñanza quiero transmitírsela a mis hijos.


Ni con la cantidad de goles que pude haber hecho con la camiseta de Boca siento que puedo retribuir el cariño que me dio la gente durante todos estos años. Siempre sentí que tenía que dar algo más, que estaba en falta con ellos.


Hubo y hay mucha gente que me contiene. Desde hace dos años, con la psicóloga del club me empecé a preparar para este momento, yendo dos o tres días por semana a charlar del retiro, de cómo me siento. Acá lo importante es tener un proyecto claro, para ver enseguida qué es lo que vas a hacer.


Voy a seguir ligado al fútbol. Quiero vivir la experiencia de ser entrenador, transferir lo que aprendí en tantos años de carrera.


Por Martín Mazur / Fotos: Alejandro Del Bosco
Por Redacción EG: 18/07/2011

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