Notas de la revista

El viaje de Carlos Pairetti

- por Redacción EG: 22/03/2011 -

Cuarenta y cuatro años después de su primera gira por Europa, Il Matto, como lo bautizaron en Monza, recorrió en familia, junto con sus dos hijos y tres nietos, las mismas pistas en las que compitió con un Brabham de F3. Visitó Ferrari, De Tomaso y Pagani. A los 75 años se dio un inmenso gusto.

Nota publicada en la edición febrero 2010 de la revista El Gráfico

SATISFACCION. Carlos Pairetti hizo realidad el viejo anhelo de llevar a hijos y nietos al mismo itinerario que él realizó en el 66.

PAIRETTI ES una marca registrada dentro del automovilismo argentino, por sus logros y hazañas (como el título de campeón de Turismo Carretera en 1968), por sus emblemáticos autos (como el Trueno Naranja) o tal vez porque a los 75 años mantiene encendido el entusiasmo de transitar como siempre por la calle de boxes y disfrutar de cada mimo que la familia fierrera le suele brindar. Con tantos kilómetros recorridos, él tiene las alforjas llenas de vivencias y anécdotas, que próximamente plasmará en un libro de 46 capítulos, en los que tendrán un espacio reservado sus 24 autos de competición y el contacto directo que tuvo con próceres como Juan Manuel Fangio y José Froilán González, quien se encargará del prólogo.

Pero antes de que saliera a la luz este libro, Pairetti completó un capítulo con el viejo sueño de llevar a la familia, sus hijos Carlos (Tim, 45 años) y Eduardo (43) y sus nietos Tomás (16), Martín (11) y Santino (6), a revivir aquella primera gira que realizó en 1966 por  Europa, al volante de un Brabham de Fórmula 3 del equipo Automundo.
   
* “La planificación del viaje fue increíble, porque hubo que hilvanar detalladamente el paso por los circuitos en los que yo competí en 1966 como Monza, Vallelunga, Lago Di Garda y Monte-Carlo con los mismos hoteles y hasta, en la medida de lo posible, los mismos restaurantes. Pero siempre surgen imprevistos y cuando la agenda estaba perfecta y solo faltaba un día para la partida, mi nieto Martín chocó con la bicicleta contra una pared y se quebró ambos brazos. Así que, enyesado, me decía: ‘Abue no me dejes, llevame igual’. Y cómo lo iba a dejar...”.

*“En Roma aprovechamos para ir al Vaticano y visitar, entre otros lugares imperdibles, el Coliseo. De allí fuimos a Vallelunga, el primer punto entrañablemente relacionado con el espíritu del viaje, porque había corrido en esa pista. La noté diferente, porque estaba adaptada al Moto GP y ya no se disputan competencias automovilísticas de la jerarquía de antes, si hasta la F1 había pasado por allí. Me sorprendí mucho cuando le dije a uno de los empleados del circuito que yo era un piloto argentino y me contestó ‘Ricordo tutto’. Resulta que Enzo Escarpone era el responsable de los boxes en el 66 y llamativamente, hoy cumple la misma función. Nos llevó al preciso lugar que habíamos tenido asignado hace 44 años y nos mostró todo. Creo que él disfrutó tanto como nosotros de este viaje en el tiempo”. 

*“La siguiente ciudad era vital en el itinerario: Módena, la capital de Ferrari. Allí nos alojamos en el hotel Canal Grande, propiedad del famoso constructor argentino Alejandro De Tomaso, creador del De Tomaso Pantera y del Mangusta. Su hijo, también Alejandro, nos recibió con los brazos abiertos y en el recorrido me intrigó porque estaban guardadas nueve Panteras de 1995 cero kilómetro y me respondió con su sabiduría empresaria ‘Cuando son más viejas, valen más’. Y al consultarlo por el Museo Maserati, Alejandro me contestó: ‘No me hables de eso, poco antes de fallecer, mi padre se lo vendió a un multimillonario de Monte-Carlo’. Y seguimos adelante sin más preguntas”.   

IMAGEN TESTIMONIAL de la gira de Pairetti por el Viejo Mundo en 1966 al volante del Brabham N°5 del equipo Automundo.

*“Próxima parada: la mágica fábrica de Ferrari. Cuando fuimos, Cristiano Ratazzi ya se había comunicado con Luca Di Montezemolo, así que nos estaban esperando. Durante tres horas y media nos mostraron cómo se hacían Ferrari rojas, negras, amarillas o azules. Solo 35 personas por turno, las 24 horas del día, trabajan con la ayuda de una asombrosa tecnología robotizada. La mayoría de los 30 autos que fabrican por día tienen a China como destino; y el resto se reparte entre los Estados Unidos y Europa. A la división de F1 no pudimos ingresar, porque esa área es celosamente custodiada y solo se limitaron a informarnos que allí trabajaban 800 personas”.

*“En el circuito de Fiorano me ofrecieron una Ferrari para girar, pero preferí que subiera mi hijo Tim, que es piloto de pruebas de BMW Argentina. Tim llegaba a los 270 kilómetros por hora y todavía le faltaba poner la séptima. ¡Impresionante! Y me sorprendí al escuchar ‘Matto, Matto...’. Era Andrea De Adamich, que corría en mi época para el equipo de Alfa Romeo. Se acordaba de todo, en especial de una carrera en la que él terminó tercero y yo, quinto”.

*“En el Museo de Ferrari vi una 512 S como la que yo corrí en los 1.000 Kilómetros de Buenos Aires, en 1971. Cuando se lo comenté a un empleado, enseguida sacó un libro y me dijo que yo había compartido ese auto con el español José María Juncadella y que terminamos quintos. Y agregó que en el 70, mi compañero había sido De Cadenet y también finalizamos quintos; y en el 72 con Nino Vaccarella nos clasificamos novenos. No lo podía creer, estaba todo registrado en esos libros. El empleado me obsequió uno y me pidió que le autografiara unos cuantos ejemplares para vender. Increíble”.       

*“La siguiente visita era a Pagani Automobili. Horacio había izado la bandera argentina en la puerta de su empresa para recibirnos. Allí vimos los espectaculares superautos que fabrica. El modelo Zonda tiene un valor que oscila entre el millón doscientos y el millón trescientos cincuenta mil euros. Y se venden en su mayoría a los países árabes y a China. Impactante lo que vimos en ese lugar; y mis nietos quedaron enloquecidos porque Horacio les regaló un Pagani a control remoto”.

*“La próxima parada era el Lago Di Garda. Fuimos al hotel Il Duomo y cuando me presenté al conserje, le conté que yo había corrido allí y me había hospedado en ese mismo hotel. Enseguida se fijó en la computadora y me comentó que en 1966 se había disputado la última competencia en el lugar. Sacó un plano del circuito y me lo regaló. En esa carrera estuve en la punta durante varias vueltas; pero por la lluvia hice un trompo y terminé quinto”. 

*“Ya en Monza los recuerdos fueron en aumento, porque allí es donde me bautizaron “Il Matto” (El Loco) y en ese circuito debo haber girado unas 300 veces. Ni bien llegamos nos encontramos con la escultura de Fangio y su Mercedes tamaño natural y unos 30 Audi a los que se subían los jugadores del Milan. Por supuesto que mis nietos fueron quienes reconocieron a los futbolistas y me explicaron que Audi es sponsor del equipo. Recorrimos la pista, los boxes y hasta el hospital, porque fui uno de sus visitantes al golpearme en la segunda curva de Lesmo, donde sinceramente hice un desastre, choqué a Regazzoni y a varios más... Fue tremendo, íbamos en la misma ambulancia y ni siquiera con la boca ensangrentada Clay paraba de insultarme. Ese día, visitar en familia una auténtica Catedral del automovilismo como Monza me provocó una gran emoción porque me hizo recordar todo lo que allí había vivido”.

LA FAMILIA completa junto con la escultura que se luce en el ingreso al mítico Monza y resalta la grandeza de Chueco Fangio en el mundo.

*“En Milán busqué el hotel Colombia, y grande fue mi sorpresa cuando me dieron la habitación Nº 10, que era la que siempre usaba el Chueco. Salvo el cambio de las camas me decían que no la habían modificado demasiado, porque esa habitación es conocida como la de Fangio. Y después fue increíble encontrar la misma pizzería a la que íbamos con Fangio y Froilán, con el mismo decorado y sus exquisiteces. En Milán aprovechamos para ver, gracias a una gestión de Fernando Hidalgo y a la generosidad de Diego Milito, Inter frente a Sampdoria. Fue realmente impresionante conocer esa impecable organización y semejante estadio”.        

*“Y en Monte-Carlo encontramos el mismo hotel del 66, que estaba prácticamente igual. Les mostré a mis hijos y nietos la curva de la Piscina, donde me di una piña bastante brava, y les conté que hacíamos más de 2600 cambios de marcha por carrera, por eso las manos te quedaban llagadas. Vimos una escultura de Fangio idéntica a la de Monza, con muchos turistas que se acercaban a fotografiarse. Si bien al Chueco siempre lo consideré el más grande, en esos lugares uno realmente puede dimensionar la grandeza de Fangio en el mundo”.

Por Walter Nápoli / Fotos: Jorge Dominelli y Archivo El Gráfico
Por Redacción EG: 22/03/2011

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