DIEGO VILLAR, autor de la crónica sobre los extenuantes 42K de Nueva York.

Siempre soñé con que a los 40 años iba a correr la Maratón de Nueva York, por lo menos tenía ese pensamiento desde los últimos 20 años. Así que como regalo de cumpleaños de mi mujer, en vez de hacer una gran fiesta iríamos a cumplir mi sueño. Fui corredor siempre, desde el colegio que practicaba atletismo con el profesor Julio Serrani. Recuerdo horas y horas corriendo juntos por la carrindanga, y desde siempre participando en las carreras locales de mi ciudad. He corrido muchos 10 K y 21 K y también algunos triatlón, pero los 42 K eran una gran deuda pendiente.

Así que no sólo iba a ser mi primera maratón, sino que nada menos la más importante y más masiva del mundo, no sólo por la gente que corre (unas 45 mil personas) sino también por la que participa alentando en la calle, alrededor de 2 millones de personas. Y había que pasar por todos los barrios de Nueva York, hasta terminar en el Central Park…

La noche anterior dormí muy poco: la excitación que tenía era terrible, y la incertidumbre de saber si podía terminar la distancia de Filipedes me comía la mente. Puse el despertador para las 5 de la mañana, ya que a las 6 tenía que bajar al lobby del hotel a juntarme con los otros 120 representantes de Argentina que estaban alojados ahí, y también con mi compañero de entrenamiento y amigo Pablo, más otros amigos de mi ciudad.

La mayoría tenía puesta la camiseta de Argentina, como yo, con su nombre, o la camiseta de su club preferido, u otra con alguna inscripción o foto familiar. Y ahí estábamos a punto de subir al colectivo que nos llevaría a la isla, y despidiéndome de mi mujer y los otros familiares de amigos que con mucha suerte los volvería a ver en el km 25 de la carrera. El domingo 7 de noviembre a las 6:30 partí en colectivo junto a mi coequiper para Staten Island. ¡Que nervios!

LOS PREPARATIVOS

ANTES DE LA LARGADA, cuando el frío se siente más.

Al llegar, resultó impresionante ver semejante organización. Podían entrar nada más que los corredores, con un control de seguridad total. Ahí el que no tenía su número no entraba. Junto con el número ya asignado, también te daban un color, en mi caso el naranja (los otros dos eran verde o azul). En cada sector había mil puestos de lo que pueda ocurrirse: café, te, barritas de cereal, donuts, glucosa, energizantes, etcétera.

Gente disfrazada, también de lo que se te ocurra, y todos con casi su peor ropa, para descartar en la largada ya que hacía mucho frío. El objetivo de descartar ropa es para evitar tener que hacer una cola infernal al terminar la maratón para retirarla, entonces todos prefieren llevar sus buzos y joggins años 70 u 80 para dejarlos en la largada, y después se dona a algún centro de caridad. ¡Era una risa verlos y verme!
Una anécdota graciosa: un tipo alto con acento raro, que no había visto jamás me dice “Suerte, Diego, en la Carrera”. Yo le digo a Pablo, “Che, ¿este de dónde me conoce?” Y resultó que debajo de mi buzo asomaba mi camiseta de Argentina y el “Diego” no era por mi nombre sino por Maradona…

Después de ir muchas veces a los baños químicos -que eran miles- escuchamos que teníamos que acercarnos a la largada, ya que estaban por cerrar los “corrales”. Algunos que llegaron 5 minutos más tarde tenían que largar en la segunda tanda, que era 20 minutos más tarde. Aclaro que si no le preguntamos a un “hombre liebre” o “peacemarker” (persona que determina con una banderita en qué tiempo piensa terminar la maratón) por dónde se accedía, también llegábamos tarde. Bueno, ahí estábamos entre la muchedumbre, a punto de empezar a caminar lentamente hasta el lugar de largada, todavía con nuestra ropa ridícula pero muy calentita, por cierto. Ya listos, en una larga cola de corredores, empieza el show: una mujer entona el himno de Estados Unidos “a capella”. 

Ahí empecé a largar mis primeras lágrimas y mis primeros pensamientos: no poder creer que estaba ahí, en ese preciso lugar, los meses de entrenamiento, el sacrificio, los días de calor y de lluvia entrenando sin parar, las veces que abandoné a mi familia o cancelé programas sólo por entrenar y para llegar entero a esta largada. Mis hijos tan lejos mío, y lo bendito que me sentía por tener la posibilidad de estar a punto de cumplir un sueño.

Al terminar el himno norteamericano, ponen la canción “New York” de Frank Sinatra, y ahí va cambiando de clima. No importa raza, color y lugar, que todos cantan perfectamente la canción. Ya era una fiesta.

LA LARGADA

EL HOMBRE de Bahía Blanca corrió con la camiseta argentina.

Después de eso, suena un tremendo cañón -nunca escuché nada igual y menos comparado con las balas de fogueo de mis carreras anteriores-. Vuelvo a emocionarme y me tiembla la camiseta. Pienso en la última frase de mi entrenador Miguel, cuando me despidió antes de viajar: “Diego, corré con la cabeza y sabe qué, el secreto de correr es correr”.

Así que dije “andando”, mientras secaba las lágrimas de mis ojos. Ahí es el momento del “striptease”. Todos largan sus ropas para todos los costados, es genial, parecen fuegos artificiales. Pero también hay que tener mucho cuidado de no tropezar con la ropa que queda en la largada. Luego de casi 10 minutos paso por debajo del arco de largada y pongo en cero el cronómetro para tener mi tiempo personal al final
de la maratón.

Era justo el inicio del puente colgante Verazzano, de 3 kilómetros, uno de los más largos del mundo, que une la isla con Nueva York. Como pasa en todas las largadas, salí y salimos como locos por lo menos el primer kilómetro, hasta bajar la ansiedad, y ahí ya empecé a ver mi tiempo y mi frecuencia cardíaca en mi reloj para no hacer mal las cosas y cuidarme ante semejante distancia.

En el puente, el viento helado te mataba y la subida era muy imponente, pero bueno, recién comenzaba esto. Al empezar la bajada, un loco argentino gritaba “argentinos foto, foto”. Con mi amigo no podíamos creer cuando nos dimos cuenta,( en realidad nosotros no sino otro argentino de La Pampa) que el que nos sacaba las fotos era el famoso Indio Cortinez, campeón argentino de maratón, que tiene uno de los mejores tiempos en Argentina pero que esta vez corría para divertirse, sin sufrir, y para sacar fotos ¡No podíamos creer que justo él nos estaba tomando fotos a nosotros!

Al bajar del puente empezó la gran fiesta. Miles y miles de personas a cada lado, gritando y gritándome a mí “Argentine, go, go”. Aclaro que así fue todo el recorrido. Lo mejor era cuando en vez de “Argentine go” salía alguno con “¡¡vamos Argentina carajo!! O alguno, sabiendo el lenguaje nuestro, tiraba un “¡¡vamos che!!” o “¡¡apurate boludo!!”.

Lo importante de correr con la camiseta de Argentina, era que no íbamos a estar solos en toda la carrera, que la gente mínimo cada tres cuadras te grita algo. También cabe destacar a los que confunden la camiseta y gritan “¡¡Vamos Italia!!”.

COLOR Y CALOR HUMANO
Se ve de todo en el recorrido, no sólo gente a los costados y la música de las más de cien bandas tocando, sino la gente que corre alrededor tuyo, cada una en un mundo distinto, corriendo por deporte, por una promesa, por una enfermedad de la que se recuperaron, etcétera.

En Brooklyn todo es griterío y miles de espectadores llevan una campanita. Eso sí, hasta entrar en el barrio de judíos ortodoxos, donde invade el silencio. Jamás voy a olvidar que lo único que se escuchaba ahí eran las zapatillas de los corredores…

Así hasta entrar en Queens, donde vuelve el sonido ensordecedor de los gritos, que hacen que automáticamente uno aumente el ritmo. Adelante, el terrible Puente Queensboro, que une Queens con Manhattan. La subida es eterna y muy pronunciada, en esa parte de la carrera empecé a ver los primeros que caminaban, lloraban, paraban, a una mujer que no paraba de toser y gritaba. Durísimo. Y además uno empieza a pensar “no estaré igual unos kilómetros más adelante”. Por suerte, la bajada también es muy larga y ayuda mucho a recuperarse.

Además sabíamos que al bajar en Manhattan, en la 1ra Avenida más o menos, a los 25 kilómetros, iban a estar nuestras esposas y todo el grupo de Argentina alentándonos. No podíamos perder la vista un segundo para no perderlos. Igual Mario, el guía que viajó desde Buenos Aires con nosotros, se había llevado una caña de pescar para atar la bandera argentina. Un genio.

Ya pasando el puesto de agua, veo la bandera saliendo de entre la gente. Ese momento no se compara con nada, es muy emocionante. La idea era parar para una foto, pero la excitación que tenía y la emoción de ver a Cali, mi mujer, entre toda la masa de gente, fue increíble, por lo que sólo bastó un beso, un te amo y una mirada que jamá olvidaré, otra vez con los ojos llenos de lágrimas, y otra vez con la pregunta en mi mente: “¿Qué estoy haciendo acá? ¿Esto es real o un sueño? ¿Lo lograré?”.

SEÑALES DE AGOTAMIENTO
Después de ahí, más o menos por el km 30, mi compañero Pablo empieza a sentir los efectos de la hipoglucemia y me dice “no me siento bien, estoy como omnubilado”, y me pide “seguí solo que no te puedo seguir”. Ahí sin pensarlo un segundo le tiré una piña -y flor de piña en la espalda- y le dije “Pablo, esto lo terminamos juntos o no lo terminamos”. Le dije que se tomara una pastilla de glucosa y por suerte recuperó el ritmo enseguida Entrando al Bronx, empecé a sentir dolores en las piernas, en la espalda, en las rodillas… Y parecía que me habían llenado las dos piernas con agua. Ahí fui yo el que dijo “no doy más, me duele todo”, pero Pablo, como pagando la deuda anterior, me levantó y pude otra vez recuperar el ritmo.

Doblamos por la Quinta Avenida, era tremenda la subida hasta bordear el Central Park, creí que no llegaba, y después la sorpresa, pasando el famoso hotel Plaza, entre la cantidad de gente que dejaba muy poco lugar para correr, veo otra vez a Cali. ¡No lo podía creer!, era imposible que esto ocurriera, pero no se como estaba ahí. Ella, una vez mas, fue el aire y el impulso final para lo poco que me quedaba.

Ahí nomás entramos al Central Park y otra vez subidas y bajadas, como para terminar de rompernos todo. Vi mucha gente acalambrada o caminando. Decía “Por Dios que no me pase a mí ahora”. Ya en la curva final vemos otra vez al indio Cortínez, obvio fresquito como una lechuga, esperando en la curva para tomar fotos, y gritando “¡vamos, Argentina!

Subo la cabeza, ya que venía totalmente doblado, y veo el arco final. Nos tomamos de la mano y los dos con las manos en lo alto atravesamos el reloj de la meta, el que marcaba exactamente 3 horas, 42 minutos (ese fue el tiempo en la general y 3 horas 32 minutos el de mi GPS) ya que tardamos 10 minutos en pasar por el arco de largada.

Un instante después, entre mezcla de dolor, felicidad, placer y miles de emociones vividas, no pude contenerme y llorar desconsoladamente como un nene. Miles de colaboradores te atienden, te felicitan, te preguntan si estás bien y te ponen la medalla y te sacan la foto final con ella.

EL ALIVIO

SU COMPAÑERO de ruta fue Pablo. Tardaron 3 horas y 42 minutos.

Por la temperatura, te dan una especie de capa metálica para protegerte del frío y de ahí empezar a caminar por un sendero hasta encontrar la salida. Juro que moría por sentarme, pero a propósito no ponen ni un banco, para que la gente avance. Vi varios que salían en ambulancia. Igual me dolía todo tanto tanto, que si me sentaba no me paraba más, así que avanzando todos como zombies, con medalla y capa.

Y como anécdota final, el hotel nuestro estaba a cuatro cuadras del Central Park pero por donde terminábamos, estábamos como a 20. Yo había llevado algunos dólares en el bolsillo de mi cinturón de hidratación para poder volvernos, pero ya que era domingo y estaba todo Nueva York cortado por la maratón, empezamos a caminar muertos de frío buscando un taxi y para sorpresa, parados en una esquina, pasa un patrullero, y el policía nos dice “¿los llevo?”. Terminamos regresando al hotel con la policía.

Recién llegado, llené la bañera con agua hirviendo, me relajé y me tomé una Guinness, recordando cada instante de la carrera. A la noche, todo el mundo sale con su medalla colgando, toda la gente por la calle grita “Congratulations” y te paran para felicitarte, hasta en algunos lugares te invitaban una bebida.
Te hacen sentir al igual que en toda la carrera, que sos el ganador, y eso que llegamos en el puesto 8 mil, de los 45 mil que corrieron.

Al otro día, a la mañana, en la puerta de la habitación, te dejan el New York Times con el resultado de cada corredor y la empresa de turismo te adjunta un papel que dice: “El hombre se descubre cuando se mide con un obstáculo”.

Amé la carrera, amé New York. Y con Pablo fuimos un verdadero “equipo”.

Agradecimientos, muchos.
A Cali por estar conmigo en todo momento.
A mis hijos y familia por bancarme esta locura de correr y correr.
Muy especialmente a mi entrenador Miguel Centeno que es impresionante lo que sabe y la fuerza que te transmite.
A mis compañeros de Atletismo, que tiraban fuerza desde mi ciudad.
A Jorge, mi nutricionista.
A fama viajes la empresa de turismo de Bs As que nos acompañó. Gracias
Máximo y Mario.
Y a Dios por darme la salud fisica y mental para poder lograrlo.

Diego Villar
Antes corredor, ahora Maratonista.


1 comentarios

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chiquifornariEste muchacho no tiene ni puta idea, el MADRID ¿NO EXISTE?.....TOMÁTELA
14/06/2011 03:21 hs
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HammstahOye, Diego Maradonamaratonista!

Super genial que leer el todo! Felicidades!

De Chicago, un abrazo fuerte a vos y tu mujer. Fue un placer que conocerles en la pasteleria la noche antes que la maratona (deje al public el secreto...estabas en un pasteleria Italiana ANTES que la carrera! Jaja, en serio, gente, el estaba comiendo pasta!)!

Raro igualmente que el todo que escribiste en tu columno/articulo, fue que nos encontramos alli, y que tenemos una coneccion mutual por Daniel Fontana, el triatleta Olimpica y sub-campeon del mundo 70.3 Ironman. Que chico es el mundo!

Otra vez, de Chicago, un abrazo a Uds. y a Bs As, y Feliz Ano Nuevo, con salud, paz y suceso,
Hammy
17/12/2010 16:54 hs
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daphstpgusweiler aprende a escribir, se dice obvio u obviedades.
04/02/2010 19:38 hs
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russoenriqueGusweiter ???? Extraterrestre ¡ ¡ ¡ ¡ ¡ Por algo fueron a preguntarle a Dominguez, algo de fútbol ¡ ¡ A vos te publican un comentario lleno de resentimiento, mediocre y ....... Quien te conoce ¡¡¡
03/02/2010 18:53 hs
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gusweilerlo que dijo es ovio y lo opina 100 millones de personas a las que les gusta el futbol que se dedique a jugar y no a opinar, parece un periodista de los que hay hoy en dia que dicen nada mas que oviedades ademas puso a velez y hay en la actualidad muchos equipos por encima de ellos deja de mandar fruta tribunero
19/01/2010 11:07 hs
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russoenriqueNo solo opina bien y sabe ¡ ¡ Lo demuestra en cada partido y en cada cancha de toda América, donde ha jugado.
Sale, por lejos de la media del jugador argentino, por condiciones, jerarquía y conocimientos. Excelente incorporación de Velez que ya dio y sigue dando sus frutos.
25/09/2009 20:37 hs
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