Notas de la revista

Burrito Martínez: química explosiva

- por Redacción EG: 12/10/2010 -

Inquieto por naturaleza, Juan Manuel gambetea rivales y desafíos a pura velocidad. Dispuesto a triunfar, con 24 años ya fue y vino tres veces de Vélez, dejó huella en La Paternal, la rompió en Colombia y asombró a los jeques. Afirmado como titular, va por todo.

Nota publicada en la edición septiembre 2010 de la revista El Gráfico

EN CASA junto a sus mascotas Mila y Mili, adoptadas luego de conocerlas en la Villa Olímpica.

YA MUCHO ANTES de ser el Burrito, Juan Manuel Martínez y sus piernas supersónicas siempre estuvieron gambeteando, incluso en la panza de su madre. Por cuestiones de trabajo de su padre –que después de haber sido futbolista en River, Almirante Brown, Platense, Racing de Eduardo Castex y otro club pampeano de Winifreda se recicló profesionalmente como docente de educación física–, el Burrito fue concebido en España, pero en esos nueve meses ya hizo su primer movimiento imprevisible y nació finalmente en Viedma. Su vida en la Patagonia también fue un amague: en otro anticipo de lo que sería un futuro siempre a toda velocidad y siempre de un lado para el otro, su estadía en la capital de Río Negro es sólo un registro de su DNI, no de su memoria. Se mudó cuando tenía un año y nunca más volvió. Entonces llegó a Buenos Aires, de donde también partió muy pronto, ahora hacia Mendoza, ciudad en la que su padre dirigió una empresa de catering: Juan Manuel tenía 5 años cuando empezó a jugar al fútbol en las plazas de Cuyo y a fascinarse por sentir el viento en la cara. En los fines de semana era un niño libre que corría entre las montañas, la nieve y los lagos congelados. Nacía un aventurero, un delantero nómade, infernal por izquierda pero también incisivo por la derecha, y al mismo tiempo un gitano fuera de la cancha, que a los 24 años acumula tres etapas y dos vueltas olímpicas en Vélez, además de tres pasos ovacionados por Argentinos, Cúcuta Deportivo de Colombia y Al Shabab Riyadh de Arabia Saudita, donde también fue campeón.

Ahora ya huele a naftalina, pero hubo un momento en que, al volver a Buenos Aires desde Mendoza, Juan Manuel se probó en River. Era una cuestión de linaje: su papá Carlos Alberto jugó 7 partidos hasta que Angel Labruna le dio el pase libre en 1974. Como también dos tíos y hasta un abuelo jugaron en la Banda (ver recuadro), el Burrito fue durante muchos años un militante de la tribuna riverplatense, pero su prueba terminó en un bluf: “Me tuvieron dos horas y media sentado en el vestuario y después me hicieron jugar cuatro minutos, hasta que un señor de apellido Abramian me dijo que no había cupo”.

Martínez tenía 12 años y fue por una revancha grande e inconscientemente despechada: Boca. Allí le dieron más minutos de ensayo y fue aceptado, pero desde algún lugar de su ADN rojo y blanco se le activó un sentimiento parecido a la traición y se arrepintió de inmediato: “Nos eligieron a los dos, a mi hermano Nicolás (el que ahora juega en Independiente) y a mí, pero éramos muy hinchas de River y no quisimos jugar en Boca. Ojo, también hubo otras causas: nos pateaba en contra que el lugar de entrenamiento era muy lejos y un par de cosas más. Pero si era River, en esas mismas condiciones, creo que agarrábamos”, se confiesa. Y en el momento en que un chico sin su espíritu de rebeldía habría abandonado la búsqueda de club, apareció Vélez: Carlos Ischia, entonces técnico de Inferiores, le consiguió la prueba. Era 1999, tenía 13 años, entró a Novena División y su vida, desde entonces, quedaría marcada por la V de Victoria Sarsfield.

De entrada compartió plantel con Franco Razzotti, su gran amigo del fútbol. Ariel Ortega ya se había hecho conocer como una criatura invertebrada en la delantera de River y la Selección, y un compañero de las Inferiores de Vélez hizo la analogía que se decantaba por sí sola: Juan Manuel Martínez era de la misma raza que el jujeño, uno de esos delanteros con rodillas gelatinosas, y aquel pibito de 14 años pasó a ser, ahora sí, el Burrito. Desde la Novena hasta la Quinta anduvo desperdigando rivales por canchas de tierra, hasta que en septiembre de 2003 llegó al banco de suplentes de la Reserva. Era la quinta fecha del Apertura y Racing visitó Liniers. Vélez perdía 4-1, pero el Burrito entró sobre el final y les hizo un electroshock a sus compañeros mustios: marcó el descuento del 2-4 y luego le cometieron un penal que derivó en el 3-4. Inútil para empatar el partido, pero decisivo para que otra vez Ischia, dos fechas después, lo llevara al banco de suplentes, pero ya en Primera. Menos de un partido en Tercera había sido suficiente para que el 1º de octubre, por la séptima fecha, el Burrito entrara al fútbol grande: lo hizo en reemplazo de Leandro Gracián a los 26 minutos de la segunda parte, durante el 2-1 de Vélez ante Talleres con goles de Óbolo y Zárate. Pero más importante fue el otro triunfo que consiguió en aquellos días a pura adrenalina: el sí de Celeste para que dejara de ser lo que había sido hasta entonces, su amiga de la infancia en Ramos Mejía, y se convirtiera, al fin, en su novia: “Con el debut me agrandé y fui por todo”. Tenía 17 años y todo eso era el paraíso.

LA OPORTUNIDAD que esperaba el Burrito le llegó en 2010 y la está aprovechando a full.

Pero después de Ischia llegaría Miguel Angel Russo, un técnico que suele priorizar a jugadores ya maduros antes que a pibes que quieren comerse el mundo. Y el Burrito se ganó un puesto en el plantel como factor revulsivo en los segundos tiempos, pero no haberse afianzado entre los once titulares hizo reactivar sus genes inquietos, esos que lo llevan de un lado para el otro. Y ni siquiera haber salido campeón en el Clausura 2005 (gol clave a Lanús incluido), con todo lo que implica dar la vuelta olímpica a los 19 años, conformó a Martínez, que pataleó en su interior y buscó un préstamo en otro club. Allí apareció Argentinos, un amor adolescente: intenso y fugaz, a la medida de su edad. Fueron 13 partidos y un gol para generar una química con la hinchada del Bicho que aún hoy, a pesar de la distancia, se mantiene: “Siempre me trataron muy bien, es un club al que le tengo un enorme cariño”. En el medio se había puesto, por única vez, la camiseta de la Selección: fue en un amistoso de la Sub 20, previo al Mundial de Holanda 2005.

Volvió a Vélez, donde jugó el Apertura y la Sudamericana 2006, pero todavía no era su momento de despegue en Liniers y emigró a Colombia, un recorrido que hoy parece extraño, pero que en la década del 40 y el 50 era obligatorio para nuestros cracks: Alfredo Di Stéfano, Adolfo Pedernera y el Charro Moreno lo hicieron. El Burrito llegó a un club que recién había ascendido desde la B colombiana, el Cúcuta Deportivo, y entró en puntitas de pie, como suplente y sin hacer ruido. Pero la rompió en un partido de la Copa Libertadores, enredó con sus gambetas a toda la defensa del Gremio en Porto Alegre, y generó un hechizo similar al que ya había despertado en Argentinos. Una noche le hizo tres goles al Toluca de México y se le hizo imposible volver a caminar por las calles de Cúcuta, en la frontera hoy caliente con San Cristóbal, Venezuela. “Al principio me tenía que poner un gorrito y mirar para abajo. Pero después ya ni eso podía, y Celeste me entendió que lo mejor era quedarnos en casa”. El Cúcuta se contagió de los amagues del Burrito y eludió a todos sus rivales hasta las semifinales de la Libertadores, cuando una obra de arte de Juan Román Riquelme con forma de tiro libre, un árbitro localista y una niebla nunca vista en la Bombonera terminaron con el espejismo feliz.

El Burrito tenía 21 años y ya había vivido como si hubiese cumplido el doble, pero le faltaba una historia de jeques. Y allá viajó, a Arabia Saudita, uno de los países más aislados del mundo. Se fue un año y siempre junto a Celeste, a esa altura ya convertida en su esposa: los árabes no permiten a mujeres que no estén autorizadas por la ley. En la capital mundial de petróleo fue todo extraño: su pareja no podía ir a la cancha a verlo, porque los estadios y el fútbol sólo son para hombres. Nada de mangas cortas ni polleras: Celeste tenía que taparse, ni siquiera vestirse, toda de negro. Y por las dudas el Burrito se compró una túnica, que finalmente no usó. También por las dudas se persignaba a escondidas en el vestuario o incluso en el baño, antes de salir al campo de juego, y no en el medio de la cancha, como en Sudamérica: no era cuestión de que el dueño del club se enojara. Se aprendió los números del alfabeto árabe, perfeccionó el inglés que había aprendido en la infancia helada de Mendoza y habló de vaguedades con su técnico, Enzo Trossero, mientras sus compañeros se arrodillaban hacia La Meca y rezaban antes y después de cada entrenamiento y de cada partido. Permaneció un año, en el que jugó 15 partidos y convirtió tres goles, uno por cada visita de George W. Bush a Arabia Saudita en ese lapso. “Y cuando venía Bush, cerraban toda la ciudad”, recuerda. Pero el mejor recuerdo fue el del final, cuando su equipo, el Al Shabab Riyadh, salió campeón: “Mis compañeros no sabían bien cómo se daba una vuelta olímpica, así que con un brasileño que había en el equipo los llevamos medio a la fuerza”.

El resto es más conocido. Martínez regresó a Vélez en 2008 y al año siguiente volvió a ganar el Clausura. Era suplente, aunque hizo uno de los goles más importantes: contra Colón, en Santa Fe, la tarde en que el equipo de Gareca empezó perdiendo 0-2 y, con su ingreso, lo dio vuelta 4-2. Pero el Burrito quería jugar y este año, un mes ante del Mundial de Sudáfrica, se reunió con el técnico y planteó su escenario: “Si sigue Hernán Rodrigo López, me voy. Necesito más partidos”. El uruguayo partió y Martínez, al fin, fue titular. “Y cuando sos titular, sabés que te podés equivocar y que sin embargo al partido siguiente vas a tener otra chance”, explica. Contra Independiente fue el mejor jugador de la primera fecha del Apertura: todos los diarios le pusieron entre 8 y 9 puntos. Y también la rompió contra All Boys y Argentinos. No le sobra gol, pero es un demonio por la izquierda, en especial cuando se junta con Maxi Moralez, y ya sueña con otra vuelta olímpica y otro pase, ahora a Europa. Está en su naturaleza: el Burrito va de un lado para otro. Siempre gambetea.

Por Andrés Burgo / Foto: Emiliano Lasalvia

Por Redacción EG: 12/10/2010

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