Nota publicada en la edición agosto 2010 de la revista El Gráfico.

DE PRONTO, se le heló la sangre. Lo que terminaba de escuchar era lo más parecido a una catástrofe. La voz, temblorosa, llegaba a través del teléfono: “Olguita, tenemos un problema: está por empezar la función en el Luna Park y falta la bata, la robaron. Nos quedan cuatro horas para conseguir una nueva”.

Ya caía la tarde y Olguita -la mujer que confecciona la ropa de casi todos los boxeadores y boxeadoras argentinas- sintió que el mundo se le venía abajo. ¿Cómo hacer?

La bata en cuestión era atigrada, hecha a medida y por esa razón, ni siquiera tenía tela suficiente a mano. Así, de la fábrica de ropa deportiva Corti, que está en Pompeya, salió disparada en un auto hasta el Once, para conseguir más tela. Luego, se puso frenéticamente a hacer la bata y de ahí, partió rumbo al Luna Park; casi era la hora, y sintió que en cada semáforo rojo envejecía diez años. Cuando llegó al Luna, la estaba esperando Gustavo Bacigalupo, uno de los propietarios de Corti. Gustavo tomó la bata y salió corriendo hacia los vestuarios. El estadio vibraba, la gente comenzaba a impacientarse. Por fin, exhibiendo la bata como la credencial más segura del mundo, llegó a la puerta del camarín. “¡Llegó la bata, aquí está!”. La puerta se abrió y desde adentro, una mano tomó la prenda casi en el aire.

Entonces sí, ya totalmente vestido de boxeador, el hombre, sin mediar palabra, salió disparado para encontrarse con su público, que lo esperaba frenético e impaciente.

Aquel hombre era Rodrigo, quien en 13 recitales que efectuó en el Luna Park, 13 veces salió en cada uno de ellos vestido de boxeador, de pies a cabeza. En su primera aparición en el Luna, Rodrigo lució un pantalón que en medio de la cintura, donde habitualmente aparece el logo de Corti, decía El Potro. La foto fue exhibida durante muchos años en el boliche Fantástico, en el Once. Cuando terminó el recital, el pantalón desapareció misteriosamente, como aquella bata atigrada que hubo que reemplazar contra reloj, con un Luna Park lleno y el espectáculo a punto de comenzar.

Una vez más, a pesar de todo, Olguita podía decir: “Misión cumplida”.

OLGA ALICIA García Martínez nació hace 76 años en Castelli, provincia de Buenos Aires. Nació y se crió en el campo: todavía recuerda, emocionada, cuando iba a caballo rumbo a la Escuela Rural, junto a su hermano, Néstor. De hecho, Olguita –como la llaman todos- tuvo un hermano mellizo, quien murió al nacer. Ya a los ocho años aprendió a coser. Le enseñó su mamá, Ema. Su padre, Felipe Delfín, era el encargado de aquel campo en donde la radio era a batería y prácticamente la única diversión. No había electricidad, claro. Olguita disfrutaba con sus mascotas: un perrito, Guardián, un avestruz que se comía todo lo que pasaba cerca de él, un pato y un perro que andaban siempre juntos hasta que un día el pato desapareció en medio del misterio y un montón de canarios, que ella llamaba a todos igual: Pipiolos.

A los 12 años, con el cuarto grado ya cumplido (hasta ahí llegaba la Escuela Rural por entonces) se fue a vivir a Castelli con unas tías. Comenzó a estudiar en un colegio de monjas, el Hogar Cristo Rey y cuando empezó el secundario, lo hizo con orientación de modista. Como además también había estudiado artes culinarias, podía ser la esposa perfecta. Que sepa coser, que sepa bordar, que sepa abrir la puerta para ir a jugar. Sí, y además, hermosa, como que tuvo dos reinados. Efectivamente, porque a los 17 años fue consagrada como la Reina de la Manzana y a los 18, la Reina del Carnaval, allá en Castelli. Fue por entonces que comenzó a noviar con Javier Patricio Morán: luego de cuatro años de noviazgo, se casaron en la Iglesia Santa Rosa de Lima. Con el tiempo tendrían tres hijos: Patricio, Walter y Flavia. Por aquellos años, de recién casada, jamás pensó que llegaría a ser una especie de niña mimada de rudos boxeadores y coquetas peleadoras...

ALLA por 1970, la familia se mudó a la Capital Federal: Sarmiento entre Pasteur y Uriburu. Olguita, que por entonces ya era algo más que una costurera, porque tenía gran experiencia y era experta en hacer chalecos y pantalones a medida, comenzó a trabajar con un sastre. Toda una modista, de esas que sabían hacer de todo, incluyendo vestidos de novias. Cuando las ceremonias eran judías, debía cubrir la cabeza de la novia, y sin saberlo, perfeccionó el arte de las capuchas que luego utilizaría con Marcela Acuña, La Tigresa.

Olguita quedó viuda hace ya treinta años, allá por el año 1980; ella tenía entonces unos 46 años. Hasta que una vez... como dicen los cuentos, conoció a Rolo. Eran vecinos; ella vive aún por San Martín y Cucha Cucha. Rolo es el sobrino de Mary Canessa, que fue la histórica dueña de la casa Corti, que viste a los boxeadores. Así que un buen día, fue contratada a través de Rolo y comenzó a realizar el trabajo que hacía otra mujer, que se llamaba Magdalena y que era conocida por Margot. Margot era la mamá de Gustavo, quien es hermano de Rolo y de Beatriz. Desde el año 1998, los tres hermanos Bacigalupo son los titulares de Corti. O sea: una familia. Y así empezó una nueva historia para Olguita...

ADMITE que los hombres, a veces, son más coquetos que las mujeres. Y que suelen darle dolores de cabeza. Un día, le presentaron a La Mole Moli, que iba a pelear con Marcelo Domínguez en el Luna Park. Eso sí, tenía que hacerle la ropa de un día para otro. Lo primero que dijo fue: “¡Por favor, tráiganme una escalerita!” (Ella mide 1,55 y Moli mide casi dos metros). Finalmente, y trabajando contra reloj, le hizo el pantalón. Cuando llegó la noche de la pelea, ella se puso a mirarla por Canal 9 (habitualmente, concurre siempre al Luna cuando hay boxeo) y descubrió, horrorizada, que ¡La Mole se había puesto el pantalón al revés! (La parte de atrás es 3 centímetros más larga que la de adelante en los pantalones de los boxeadores, para compensar el uso del protector inguinal). Por suerte, sólo ella se dio cuenta...

Por supuesto que fue gracias a Marcela Acuña que la confección de batas y ponchos tomó otras características. Según Olguita, Marcela es de gusto clásico en el modelo, pero le encantan las novedades en la confección de cada prenda. Le ha hecho ropa en satén rasado, creppe de seda, en raso común, con encajes, encajes bordados, lentejuelas, paillet... Cada pelea, un modelo diferente, se entiende. Hace poco, Marcela le pidió un poncho con los colores de Racing y Olguita tuvo que mandar a teñir la tela, que era un guipiur, o sea un encaje. Lo mismo ocurrió con Carlos Baldomir. El Tata pidió una bata y pantalón con el color celeste de la bandera argentina, para enviar a los Estados Unidos, donde iba a pelear. Finalmente, lograron encontrar el color justo y lo bautizaron “Celeste Baldomir” para el futuro... Omar Narváez también usa el celeste y blanco, pero en la última pelea se le ocurrió subir todo de rojo –él, su hijo Junior y todo el equipo, se entiende-, o sea que hubo que buscar un paillet con lentejuelas. Pero no de las comunes: lentejuelas cuadraditas. Y comprar como diez metros de tela, ya que siendo el ancho de 1,50 metro, necesita por lo menos dos largos para armar el poncho...

LA PREGUNTA es: ¿Cuánto puede costar una bata o poncho, según el modelo? En realidad, aunque esto pueda parecer mentira, no hay una respuesta válida y concreta. Ella hace el trabajo por encargo de la gente de Corti; luego, con la ropa terminada, Corti debería vendérsela al cliente.¿Esto funciona así? No siempre. En el caso de los campeones mundiales –Omar Narváez, La Tigresa Acuña, Yésica Bopp, Marcos “El Chino” Maidana, por dar solamente algunos ejemplos- Corti les obsequia las batas a cambio de la publicidad que les dan los campeones al utilizar su marca. “Si tuviéramos que cobrar un trabajo como el que se realizó con la ropa de Omar Narváez y todo su equipo, completamente lleno de lentejuelas, para la pelea que hizo con Eberth Briceño, deberíamos cobrar un mínimo –pero mínimo, ¿eh?- de mil pesos, pero en realidad es una atención de la casa”, dice Gustavo Bacigalupo. Algo queda en claro y es que, luego de la caminata rumbo al ring y el saludo al público, el boxeador se saca la bata y ésta no aparece más hasta que termina la pelea, o sea que su vida útil –ésta de ser lucida ante la gente- es de un brevísimo reinado.

El concepto de familia viene desde hace muchos años. Mary Canessa fabricaba los guantes que llevan el apellido de un ilustre peleador de los años 30, Eduardo Corti, fundador de la fábrica. El concepto de familia abarca a Ramón Cairo quien, además de ser el fotógrafo personal de casi todos los boxeadores, también trabaja en Corti y muchas veces ayuda a Olguita en esto de diseños y colores. La idea más loca -¡cuándo no!- fue de El Roña Castro, quien tuvo la pretensión de subir al ring con una capa llena de luces de colores. “Vas a parecer un arbolito de Navidad”, le dijo Bacigalupo. “Esa es la idea”, replicó Castro a quien, esa noche, en realidad se le apagaron todas las luces, ya que fue cuando el colombiano Herrera lo puso nocaut en el Luna Park.

NO SOLAMENTE pasan por las manos de Olguita los caprichos de los boxeadores sino también de la gente del espectáculo, cuando han tenido que vestirse de pugilistas. Adabel Guerrero fue vestida por ella, como también Marcelo Tinelli –obviamente, con los colores de San Lorenzo-, Guillermo Francella –con los de Racing- y también Osvaldo Laport y Natalia Oreiro, en sus participaciones televisadas que han tenido que ver con historias del boxeo.

Olguita tiene debilidad por todos y por todas, porque con todos tiene excelente relación. Le dice “la vedette” a Yésica Bopp, que siempre está alegre y sonriente y que le pide polleritas bien cortas, con apenas 15 centímetros de largo –cintura excluída, que mide también 15 centímetros- porque le gusta lucir sus piernas. El Patón Basile, el gigante tatuado, es detallista con colores, nombres de hijos y otros adornos. Un día, el Patón le pidió un pantalón de terciopelo verde... Y ella lo encontró. Va siempre a la sedería del barrio (Almagro), en la esquina de Quintino Bocayuva y Rivadavia, donde don Roberto siempre le da una solución. Y si no... a caminar por el Once, especialmente por la zona de Lavalle y Pueyrredón, porque no siempre los colores son tan fáciles de lograr. Para colmo, ahora los boxeadores quieren pantalones muy largos y llenos de flecos. Dice Olguita que antes –en la época de Carlos Monzón, por ejemplo- era mejor, porque los pantalones eran más cortos y apenas tenían un tajito al costado de unos doce centímetros. Hoy se requieren tajos de hasta 18 centímetros y como son de materiales más pesados, como el raso, a medida que pasa la pelea y se mojan, se convierten en un pesado lastre. “Pero si a ellos les gusta...”, reflexiona. Todas las mañanas reza y agradece a Dios por la hermosa vida que le ha tocado vivir. Hace unos 8 años, la vida la puso duramente a prueba cuando falleció su hijo, Patricio. No pudo reponerse nunca del todo, porque luego falleció el hijo de Patricio, también del mismo nombre. Para superar esas pérdidas, se entregó al trabajo en cuerpo y alma. Y, por supuesto, a su familia. Su hijo Walter es médico y Flavia, abogada. Tiene seis nietos y dos bisnietos. Uno de sus nietos (Diego, de 25) vive con ella y acaba de recibirse de abogado. Dios también le ha dado dos nueras a las que ama: Esther (viuda de Patricio) y Mariana, esposa de Walter. Su corazón sigue en Castelli, a pesar de los años; de la misma manera en que está agradecida a Ricardo Conti, director de El Tribuno de Dolores, por la amistad y porque siempre se acuerda de ella. Es que le han hecho pocas notas a Olguita, a pesar de lo curioso de su especialidad.

CONFIESA que le cuesta ver algunas peleas; sufre mucho cuando hay una derrota, porque se encariña fácilmente con todos, hombres y mujeres. Los hombres son los más cariñosos y las mujeres, sus confidentes. Está en todos los detalles. Un día vio que una boxeadora tenía el top muy ajustado, faltando unos días para la pelea. Entonces comenzó a preocuparse, ya que luego del pesaje oficial el día anterior al combate, generalmente se suben dos kilos o más todavía: el top, si estaba ajustado, se convertiría en un corsé. Por las dudas, le hizo otro y por suerte, su ojo clínico no falló. Es que ella no se queda tranquila hasta que ve cubierto el último detalle. Sufrió mucho la noche que lo vio perder a Martín Coggi, el hijo de Juan, pues es amiga de ambos. Y reza siempre por todos. Claro que tiene momentos en los que no sabe si reir o llorar. Una vez, planchando un pantalón... ¡Se le fue la mano y lo quemó! Había que solucionar rápido el problema, así que tapó el tremendo agujero con etiquetas de Corti. Claro, le tuvo que poner como cinco etiquetas, pero por lo menos, el agujero desapareció. Otra vez hubo que mandarle una bata al Incho Sosa -campeón supermosca Fedelatin de la Asociación Mundial- que peleaba en su ciudad natal, Canals, en Córdoba. Pero no podían encontrar la bata que tenía que ostentar el color amarillo y verde de ATILRA –gremio de los trabajadores de la industria láctea- y finalmente encontraron y le mandaron una, pero para un boxeador tres categorías más que Sosa, que pesa unos 52 kilos. Eran tan enorme la bata que el Incho se la tuvo que enrollar alrededor del pecho y luego, mantenerla ceñida con su cinturón de campeón.

COMO BUENA modista, siempre está arreglada, con los colores a tono. Y permanentemente tiene una sonrisa para todos. Dice que es así, positiva y que disfruta de cada día que vive. Se arregla con lo que tiene, tanto en la vida como en la cocina –materia que domina-, aunque prefiere las tortas y los postres a la hora de ponerse el delantal. Tiene tiempo hasta para acordarse de Lola, una gata persa, que apenas vivió dos años: había nacido el mismo día y mes en que murió su hijo y, curiosamente, la gata murió exactamente en la misma fecha. Dice que dos ángeles la custodian: su hijo y su nietito. Ambos se llamaban Patricio y podrán haberse ido de este mundo, pero no de su recuerdo y su memoria. Admite que cuando ve peleas por televisión, desde el extranjero, no ve modelos de ropa que la sorprendan. Los muchachos de Corti agregan que todos los campeones mundiales argentinos han ganado sus coronas vistiendo la marca. Y ella admite que para hacer un pantalón de combate, incluyendo el elástico en la cintura y todo, puede necesitar dos horas. Generalmente es ella sola la que hace todo: Ramón le proporciona los tops de goma espuma para las boxeadoras y ella misma alguna vez ayudó a hacer guantes (especialidad de la marca, una de las mejores del mundo) pero que lo suyo pasa por la costura ante todo y la cocina después.

Y así como ha dicho que en la cocina se arregla con lo que hay, pero prefiere los dulces, así es en la vida.

Esta mujer, llena de vitalidad y amor por su trabajo y la gente, también se arregla con lo que hay: jamás se mete en la trampa equívoca del resentimiento y prefiere regalar dulzura a cada paso. Y así, feroces peleadores y temibles boxeadoras se rinden a su pies, cautivados por una sonrisa que nace de un noble corazón.

Por Carlos Irusta / Foto: Alejandro del Bosco
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