LAS ENTREVISTAS DE EL GRáFICO

Ángel Sánchez, en primera persona

- por Redacción EG: 02/09/2010 -

El ex árbitro internacional hace un repaso por sus orígenes, su corta trayectoria como jugador de Lanús, Temperley y Banfield y sus comienzos dirigiendo en el fútbol de ascenso. Además, la experiencia de dirigir un Mundial.

CON PICON (solferino) y Pepe Méndez (amarillo), sus líenas en la cancha de Español, en su primer año en Primera.

Nota publicada en la edición agosto 2010 de la revista El Gráfico.

LAS RAICES. Eramos una familia muy humilde; mi viejo era obrero textil y en aquella época no se podía resolver tan fácil salir de vacaciones, diría que casi imposible, tanto que yo sabía muy bien dónde estaba el mar, pero no lo conocía. La salida mensual era ir a El Tren Mixto, una famosa confitería y restaurante de Plaza Constitución; ahí, mi viejo se deleitaba con un postre que se conocía como sopa inglesa, una masa bien esponjosa con crema por arriba y bañada con vino moscato. Algo exquisito que, para mi satisfacción, volví a encontrar en una pizzería llamada San Antonio, ubicada en Boedo y Garay, bien tradicional, que no tiene delivery ni nada que se le parezca, pero donde los sábados a la noche ni loco encontrás una mesa para ubicarte. Un lugar histórico de este barrio que me trae hermosos recuerdos de la infancia. Es que antes erra diferente: ahora, los pibes tienen muchas cosas a su disposición y no valoran o no les dan importancia a esos detalles que para nosotros sí eran notables y nos quedaron marcados para siempre como experiencias muy ricas. Igual que la pasión por el fútbol. Recuerdo que mi viejo llegaba de la fábrica a las tres de la tarde, agarraba la bicicleta, ponía el asientito de madera y me llevaba a ver los entrenamientos de Lanús. Allí lo vi a don Victorio Spinetto que era el técnico y al arquero Ballesteros que jugó en River. No nos perdíamos ni una práctica de los granates. Eran otras épocas. Hacer 25 cuadras en bici, cruzar las vías, toda una aventura. Claro, todos éramos de Lanús; yo nací en esa zona, que después se hizo ciudad. Mi viejo, socio vitalicio, y toda mi familia son del Grana.

PRIMERO, LA PELOTA. Fui jugador de Lanús. Era zaguero central, uno de mis técnicos fue Héctor Guidi, el famoso Nene, que fue ídolo granate y también jugó en Independiente y en la Selección Nacional. Llegué hasta la séptima división y después, cuando Lanús descendió y se borraron algunas categorías, pasé por Temperley y Banfield; y después largué porque no había opciones, los viejos te decían: estudiás o trabajás. Por entonces, el fútbol no era una solución económica y entonces me dediqué a estudiar y me recibí de radiólogo. Pero la pasión por el fútbol no la perdí jamas, y ya me había dado el gusto de jugar. Acuñé gratos recuerdos como los de llegar a la cancha en bicicleta, que un señor te la cuidara y te diera un papelito para después retirarla. Había como 300 bicicletas contra una larga pared, pero nadie tocaba nada. Terminaba de jugar o de entrenarme y la bici estaba ahí, como la había dejado. Otras cosas incomparables eran comerte una porción de la fantástica pizza de cancha y participar en los sorteos de las pelotas. Las Inferiores se mantenían con ese tipo de recaudación, entonces para mí era fabuloso entrar en la cancha para participar en el sorteo que, normalmente, se hacía antes de los partidos de los grandes, con la cancha llena. 

CAMINO AL ARBITRAJE. Yo no era de insultar a los árbitros cuando jugaba, pero los puteaba después: solía insultar mucho. Y puedo confesar sin ponerme colorado, que estoy en el arbitraje por los insultos. Una vez, Juan Carlos Crespi, que era el marido de mi profesora de inglés, dirigía un Lanús-Chacarita en Primera “C”, –sí, aunque parezca raro, los dos jugaban en la tercera categoría del fútbol argentino de entonces–, y lo hizo muy mal. La actuación del bueno de Crespi le arrancó a mi tío Mario, un tipo normalmente tranquilo, un “Yo sé dónde vive, es acá nomás, vamos a prenderle fuego a la casa”. Una locura que por supuesto, no llegó a concretarse. Las discusiones eran muy apasionadas y yo participaba en ellas. Por eso Crespi, que también era vecino de Lanús, me dijo un día que, como me gustaba tanto discutir de fútbol y de arbitrajes, fuera a estudiar para árbitro. Y así lo hice. Pero también tengo que confesar que me impulsó el hecho de tener un carnet de árbitro, que me permitiría ver todos los partidos que se jugaban. Con el carnet de jugador, yo estaba habilitado sólo para ver aquellos en los que jugaba Lanús. Era todo un incentivo estudiar para árbitro, sobre todo por lo apasionado que era yo por la pelota. Es más, siempre me gustó más jugar y ver que dirigir. Pero bueno, en 1980 empecé el curso y en el 82 me recibí. Ya estaba apto para meterme en otro mundo.

TARJETAS para Figo en el Mundial 2002. No eran ovaladas como las de "Regla 18", pero al portugués no le causaron ninguna gracia.

TEMPLAR EL ANIMO. En ese año que ya tenía el diploma, me tocó vivir experiencias que me convencieron para siempre que iba a ser árbitro hasta que el reglamento lo permitiera. La primera fue en la cancha de Luján, en un partido de la “C” entre el equipo local y Acassuso, en el que actué como juez de línea. Hubo una jugada en el área que era penal para Luján, pero el árbitro Félix Molina no cobró. Ahí se armó un lío bárbaro. La cancha tenía un techito, una especie de alero para cubrir la salida de los árbitros, pero no sirvió para proteger nada, todo lo contrario; entró mucha gente a pegarle patadas y trompadas a Molina, hasta dejarlo tirado en el suelo. Para peor, Acassuso ganaba 1 a 0 y viendo que las cosas se complicaban demasiado, con el otro línea, Luis Mitre, convinimos en decirles a los visitantes que se dejaran ganar el partido porque si no nos mataban. Por suerte aceptaron y cuando el árbitro Molina se recuperó, aunque a duras penas, el juego siguió con un montón de fallos equivocados para Luján que terminó ganando 2-1. Así nos pudimos ir a los vestuarios y recuerdo que el de los jueces era chiquito y, a través de una pared, Del Vecchio, el técnico de Luján, nos preguntaba si le estábamos mintiendo, si el partido en realidad había seguido y su equipo había ganado. Le dijimos que sí, que hasta estaba en la planilla. Lo cierto es que después, en la AFA, se presentó el verdadero informe, creo que a los jugadores de Luján y al club les dieron un año de suspensión. Aquello lo recuerdo porque pone en mito la heroicidad de los jueces. Todo tiene un límite porque si no, llega la muerte. En nuestra profesión, la agresión es un hecho emparentado con el valor. Bien se ha dicho, y escrito, que la cobardía es el miedo consentido y el valor es el miedo dominado. Todos tenemos miedo. El desafío es cómo se lo maneja. Un poco el tema era ese: probarse para saber hasta dónde podemos seguir.

NO, GRACIAS, NO ME CUSTODIEN. Ese año 82 me marcó a fuego con otro episodio que vincula al fútbol con la crónica policial, obviamente a través de los árbitros. Esta vez fue en San Rafael, Mendoza, en un partido que jugaba Huracán de esa ciudad por el torneo Regional, equivalente al Argentino A que se juega ahora, clasificatorio para el torneo Nacional donde participaban equipos del interior con los directamente afiliados a la AFA. Ocurrió que el árbitro Carlos Debari había tenido un problema en el partido anterior de Huracán. Entonces se la agarron con nosotros. El juez de aquella noche era Miguel Ramírez; y yo, uno de los líneas. Y eso que el partido terminó 2 a 2. Parecía una película de terror, llovía, nos apagaron la luz, nos patearon la puerta del vestuario. Era muy difícil dirigir así, todos querían que ganara el equipo local; hasta la policía, que supuestamente debía custodiarnos. Los uniformados nos sacaron en un auto, en principio escoltado, por una avenida ancha y, de pronto, al doblar por una esquina, el móvil policial desapareció. Una entregada clarísima y denigrante. Allí, se nos vino encima una banda de forajidos para golpearnos. De repente, a mí me estalló algo en la cara cerca del ojo derecho, como si fuera una piedra o un petardo. No sé, pero por el ruido y los gritos escaparon todos. Más tranquilos, fuimos al destacamento policial para hacer la denuncia. Allí nos ofrecieron trasladarnos, y les dijimos que ni locos, después de lo que había pasado. La cuestión fue que pasamos el resto de la madrugada en un galpón militar, para esperar un vuelo de la mañana siguiente que nos llevaría de regreso a Buenos Aires. Fue algo horrible, que no se podía difundir mucho porque no había tanta televisión y menos en directo. Un episodio para no olvidar jamás, pero que al mismo tiempo me ratificó que tenía personalidad, que iba a seguir dirigiendo, cuando por las dos cosas bravas que pasé podía haber dicho “No, esto no es para mí”.

LAS CAMISETAS de los primeros partidos. Piezas únicas e invalorables que integran el museo personal armado en su propia casa.

PRIMERA, PRIMERA. Mi debut como árbitro de Primera fue en 1993 en la cancha de Platense, en Vicente López. El Bichi Borghi jugaba para los Calamares y el Piojo Yudica era el entrenador. No estaba nervioso, porque en realidad había pasado algo que me tenía más preocupado que ese partido en sí. Una de mis hijas estaba internada en un sanatorio de Avellaneda. Para comprobar si tenía meningitis, le hicieron una punción lumbar y por suerte el resultado fue negativo. Todo ese trajín me hizo dejar en segundo plano lo que tenía que afrontar al otro día. Por eso, ya aliviado por lo de mi hijita, fui a la cancha para dirigir y nada más. Lo importante ya había tenido un final feliz. Y el partido fue igual, también por suerte.

ESA SI QUE FUE BRAVA. Dirigí 397 partidos oficiales de la AFA y hay cosas que a uno le dejan un sello, una marca. Llevaba dos años dirigendo en Primera. Ya en el primer año, en un Independiente-San Lorenzo, eché a cuatro jugadores. Ganó San Lorenzo 3-2 y no era fácil dirigir a los Rojos con el peso específico que tenía el dirigente número uno en la AFA. El que manejaba a los jueces era Angel Coerezza y éramos rigurosos por convicción. Después, en 1995, vino aquel Platense-Lanús en que le anulé tres goles al equipo local. El primero, mal anulado porque el asistente se equivocó; el segundo, bien porque fue foul de Dalla Líbera y el tercero fue discutible. Abel Gnecco, reconocido árbitro, siempre me decía: el primero se puede anular; el segundo, bueno; pero el tercero, salvo que sea por fusilamiento... Con eso me quería decir que ni loco anulaba tres como hice yo. Lo que fue dejar la cancha ese día... A la salida del estadio de Vicente López, que es como un gran garage, los hinchas habían hecho una sentada para insultarme de arriba abajo. Duro, pero pasó. Eso sí, nunca se olvida una circunstancia así.

RECUERDOS MUNDIALES. A partir del 99, con el Sudamericano en Mar del Plata, pegué un salto de calidad. Dirigí en Nigeria, en el Mundial Sub 20; y me tocó la final entre España y Japón, que ganaron los españoles. Muchos de los integrantes de ese plantel que dio la vuelta olímpica integraron el equipo de Del Bosque que se consagró por primera vez campeón del mundo entre los mayores. Después, fui a la Copa del Mundo de Corea y Japón en 2002 y pese a que me fue bien, no todo fueron rosas. Me acuerdo de que, en el partido en el que Portugal se queda afuera, primero me increpó Joao Pinto, que me desafió mal y a quien le agradezco me haya hecho conocer Suiza, porque tuve que viajar a Zurich, para declarar por su expulsión y el incidente. También tuve un encontronazo con Figo, en el mismo partido. Ese choque fue chispeante dentro de lo grave, porque él me dijo que yo estaba nervioso porque Argentina se había quedado fuera de la Copa. Y yo le contesté que más nervioso debía estar él, porque Portugal se estaba yendo del Mundial. Yo siempre fui muy futbolero y las respuestas tenían mucho que ver con ese estilo. Una vez en un Boca- River, Ortega me decía “Eh, cobrame una” y yo le decía “Pasala más rápido, así te van a pegar menos”. El retrucaba “¿Vos me vas a enseñar a jugar?” y como réplica final le tiré: “¿Y vos me vas a enseñar a dirigir...?”. Todo formó parte de una experiencia invalorable. Hay que tener en cuenta que casi dirigí 550 partidos sumando copas, torneos y mundiales. De cada uno saqué muchas enseñanzas.
 

EL GRAN ERROR. La mayor macana de mi carrera fue, por suerte, casi al final. El penal de Ahumada en el Monumental en contra de River frente a Olimpo. No fue, pero lo cobré. Me di cuenta de que Ahumada no mentía en la protesta sosteniendo que no había tocado la pelota con la mano. Consulté con el juez de línea, pero me dijo que no estaba seguro y entonces asumí el error y lo sancioné. La compensación para mí no existe. Hay dos muñequitos en el pecho: uno te dice “Ojalá que empaten enseguida para tapar el error" y el otro te marca “Seguí adelante que no pasa nada, ya está”. No tenés personalidad si lo hacés. Lo vimos en la final de Sudáfrica, cuando el inglés Webb debió haber echado a dos holandeses por faltas muy violentas y evidentes. A él le pasó que como no mostró la roja primero, después ya no se animó a la segunda y recién sacó la primera al final del partido. No tuvo personalidad.

Por Carlos Rodriguez Musso / Fotos: Jorge Dominelli y Archivo El Grafico.
 

Por Redacción EG: 02/09/2010

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