Nota publicada en la edición julio 2010 de la revista El Gráfico

Impotente, lloroso y vacío de alma, Lionel Messi se marchó de Sudáfrica por la puerta de servicio, tanto o más frustrado que en Alemania 06. Llegó al torneo con la bien ganada pátina de mejor jugador del mundo, pero consciente de que semejante cetro se revalida y se legitima en un Mundial, el horno donde se cocina la historia. Con la autoestima cargada de títulos, premios y goles –había señalado 47 en la temporada, mereciendo el Botín de Oro europeo-, más el energizante inflador psicológico que le aplicó Maradona, el astro del Barcelona deslumbró en los partidos iniciales y desvaneció su incidencia ante los dos rivales más fuertes, México y Alemania.

FRUSTRADO, no pudo explotar en su segundo Mundial. Jugó los 450 minutos del equipo y no logró convertir.

Los números del rendimiento global reavivaron la polémica sobre su disímil prestación en el equipo catalán y en la Selección. Jugó los 450 minutos de Argentina en el torneo. Palos, arqueros e impericia mediante, no convirtió en las 30 veces que remató al arco. En consecuencia, acredita sólo un gol (a Serbia y Montenegro) en las 8 presencias mundialistas sumadas entre Alemania 06 y Sudáfrica 10. Le cometieron 15 faltas (pero ninguna contra Alemania), hizo 3 y realizó 337 pases, con un 72% de eficiencia. Rindió de mayor a menor, ecuación estéril y letal en una Copa del Mundo.

Maradona le sembró confianza cuando lo visitó en Barcelona. Lo transformó en su líder y bandera. Le prometió un equipo que lo respaldaría, aunque la elección del sistema 4-3-3 sin laterales y el haber extirpado a Verón de los titulares –fue quien más lo potenció- parecieron contradecir esa intención. “Ahora me siento feliz en la Selección, cambió mi mentalidad, recuperé la confianza. Vine para enterrar lo feo de las Eliminatorias y empezar de cero”, reconoció sin gambetear el pasado oscuro. También envió una señal que el entrenador no decodificó antes del desastre alemán: “Dependo de que los volantes me pasen bien la pelota”.  Y, sin querer, trazó un diagnóstico premonitorio: “El rival somos nosotros mismos”.

Sin sostén táctico ni circuitos de juego confiables, la Selección se fagocitó a Messi. Sin rebeldía temperamental ni pinceladas futboleras que justificaran la dependencia a la hora del juicio final, Messi se fagocitó a la Selección. Resulta inevitable la sensación de haber desperdiciado una oportunidad histórica. Diego quiso que Messi fuera Maradona. Error. Maradona fue un coloso sin molde, irrepetible, que no necesitaba un equipo atrás para edificar hazañas futboleras, resolvía todo con magia y con un blindaje temperamental lindante con lo sobrenatural. Messi no es ni será Maradona. Necesita un equipo atrás para que lo contenga y lo potencie, un sistema que lo agigante. ¿Puede resolver un partido en una jugada? Puede. Pero un partido no es un torneo. Diego resolvía campañas.

El sino de Leo en la Selección amplificó su secuencia de amargura. A Brasil 14 llegará pisando los 27 años de edad, futbolísticamente maduro y con dos Mundiales encima. Es un consuelo, otra esperanza. Pero se ve chiquitita y lejana al lado de este portentoso y doloroso desperdicio.

Por Elías Perugino. Fotos: Alejandro Del Bosco. Enviados especiales a Sudáfrica.

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