
Fue de mayor a menor, una ecuación letal para una Copa del Mundo. No convirtió y estiró a un solo gol en ocho partidos su bagaje mundialista. Le faltó rebeldía temperamental. Diego quiso que Leo fuera Maradona. Se trató de un gran error.
Nota publicada en la edición julio 2010 de la revista El Gráfico
Impotente, lloroso y vacío de alma, Lionel Messi se marchó de Sudáfrica por la puerta de servicio, tanto o más frustrado que en Alemania 06. Llegó al torneo con la bien ganada pátina de mejor jugador del mundo, pero consciente de que semejante cetro se revalida y se legitima en un Mundial, el horno donde se cocina la historia. Con la autoestima cargada de títulos, premios y goles –había señalado 47 en la temporada, mereciendo el Botín de Oro europeo-, más el energizante inflador psicológico que le aplicó Maradona, el astro del Barcelona deslumbró en los partidos iniciales y desvaneció su incidencia ante los dos rivales más fuertes, México y Alemania.
FRUSTRADO, no pudo explotar en su segundo Mundial. Jugó los 450 minutos del equipo y no logró convertir.




