BURDISSO es la imagen de la desazón, mientras Alemania festeja. Nico aprobó con creces en su segunda Copa.

Nota publicada en la edición julio 2010 de la revista El Gráfico

INUTIL ESCRIBIR sobre cimientos individuales para el nuevo proyecto. Para el próximo Mundial faltan cuatro años, que en fútbol equivalen a un siglo. Pero Sudáfrica 10 dejó marcas personales en cada integrante del plantel. Huellas indelebles, insoslayables hasta para Garcé, Pozo y Andújar, que integraron el grupo sin jugar ni un minuto.
Para jugadores como Heinze, Samuel, Verón, Milito y Palermo significó la estación final, aunque con diferentes sabores. El Gringo llegó y se fue como referente. Jugó un torneo más que aceptable hasta el descalabro alemán, donde quedó muy expuesto. A Samuel le complicó la existencia la maldita contractura con Corea del Sur. Cuando estaba para volver, el técnico se encontraba enredado en otras tribulaciones y lo dejó en el freezer. La Brujita se llevó una valija repleta de bronca. Cuando estuvo en cancha, aportó su jerarquía, fue importante por peso específico y por influencia sobre Messi. Pero Maradona lo dejó incomprensiblemente fuera del último partido. La mochila de Milito se llenó con un solo interrogante: ¿cómo es posible que semejante goleador serial haya estado tan fuera de sintonía? Palermo, en cambio, se fue con lo que vino a buscar: un puñado de minutos y un gol para alimentar la leyenda.
Burdisso, Mascherano y Tevez jugaron su segundo Mundial con proyección hacia un tercero. De Maxi Rodríguez no se puede decir lo mismo. El central de la Roma mostró temperamento, polifuncionalidad, eficiencia y voz de mando. Estuvo a la altura. Mascherano, pese a altibajos emparentados con su temporada europea, entregó sacrificio y amor propio. Dejó la piel. Carlitos revalidó su título nobiliario: el Jugador del Pueblo. Aportó dos goles, jugó como hincha, se destacó hasta en los momentos más oscuros del equipo. Maxi naufragó por los dos costados, nunca fue auxilio de contención ni atacó con convicción.
Entre los debutantes con proyección, Romero, Agüero e Higuain aportaron cuotas interesantes. Di María ofreció una versión desteñida y devaluada. Pero es de esperar que los cuatro hayan capitalizado esa experiencia para crecer. El arquero lidió dignamente con la indomable Jabulani. El Kun tuvo una ráfaga deslumbrante contra los coreanos. Higuain convirtió cuatro, fue amenaza permanente y pivoteó con calidad. Al Fideo se lo devoraron los nervios y las obligaciones defensivas en retroceso, que no siente ni sentirá.
Clemente y Bolatti –titulares frente a Grecia- se mostraron en parámetros aceptables. El lateral izquierdo deslumbró a los periodistas italianos y se ganó el interés de ese mercado. El volante, en cambio, rindió sin mostrar su habitual elegancia.
Jonás, Demichelis y Otamendi quedaron atrapados por el ojo de la crítica. El volante que jugó de lateral pagó la falta de oficio y terminó arrumbado en el banco. El central del Bayern cometió errores groseros y lució inseguro, aunque tuvo un respiro con su gol a Grecia. El central que jugó de lateral quedó más expuesto que nadie. Podolski lo dejó en ridículo. Pregunta inevitable: ¿Quién fracasó más: él o el técnico que lo destinó a una función para la que no está capacitado?.
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