Sergio Romero, el uno del Diez

Le tocó defender el arco de la Selección en el momento más caliente de las Eliminatorias y respondió con aplomo. Con 23 años y una personalidad que sorprende, se perfila para ser el arquero del Mundial.
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Nota publicada en la edición Abril de 2010 de la revista El Gráfico

EN EL PUESTO más inestable de la era Maradona, Chiquito se ganó la confianza al final.
VERTIGO. Velocidad. Urgencia. Precocidad.
Con matices, todas estas palabras apuntan al mismo concepto. Sergio Germán Romero -misionero de nacimiento, chubutense por adopción- asoma su figura entre ellas como si todas al mismo tiempo se empeñaran en describir su recorrido por el fútbol.
Llevaba un año en la pensión de Racing y un presente aceptable en la Sexta División, cuando el DT de la Primera, que de arqueros algo sabía (un tal Ubaldo Matildo Fillol) le echó el ojo y decidió sumarlo, de ahí y para siempre, a las prácticas con los mayores.
No alcanzaba a contar con los dedos de una mano sus partidos en el arco académico (4), cuando un club holandés conducido por un reconocido entrenador como Louis Van Gaal puso los euros sobre la mesa y lo hizo titular del AZ Alkmaar con 20 años. Y no se abrumó al consagrarse campeón en su segunda temporada, en un club que sólo se había coronado una vez hacía 28 años, y encima rozando la marca de invulnerabilidad de la liga, un registro prehistórico de 1971.
Apenas si había completado un año en el Viejo Continente y ya estaba bajando la persiana ante Holanda, Brasil y Nigeria para abrazarse a una medalla dorada olímpica con el arco invicto en un equipo que alistaba a consagrados como Messi, Riquelme, Mascherano, Agüero y Gago.
A Sergio Germán Romero, indudablemente, no lo marea el vértigo, ni la velocidad, ni la urgencia, sino que las siente sus aliadas. Y se compromete a desafiar todos los almanaques. Para casarse con una mujer 10 años mayor, la bella Eliana Guercio, como para dar aquel tremendo salto, del tercero al primer casillero, salteándose el banco de suplentes, y transformarse así en el arquero de la Selección en el instante más cruel de la Eliminatoria. Para consolidarse como el titular en esos tres choques finales en los que la pelota era una bola de fuego. Y para aterrizar en Sudáfrica como el uno del Diez. Con apenas 23 años, justo en el puesto que más experiencia reclama.
Vértigo. Velocidad. Urgencia. Precocidad.

“MIRA, CHECHO, tenés que definirte, elegir un puesto”.
Antes de ser Chiquito, Romero era Checho, como tantos Sergios, para los entrenadores de la CAI de Comodoro Rivadavia. Jugaba en cancha de once, y le tiraba tanto el arco como la camiseta N° 9 y el centro de la defensa. “De chico miraba mucho a mi hermano Diego, que tenía sus guantes, su buzo, yo le pedía que me pateara a cada rato. Admirábamos a Navarro Montoya, pero también me encantaba tirarme al piso a barrer la pelota; y si no, llevarme puesta alguna pierna también. Cuando me aburría en el arco pedía jugar de otra cosa, pero llegó un momento en que crecí y me obligaron a elegir”, evoca Chiquito desde Holanda, con esa inconfundible tonada provinciana.
El origen del “cantito” hay que buscarlo en una curiosa historia familiar. “Mi papá es gendarme, hoy retirado, era el que iba adelante en los desfiles. Es correntino, hizo la carrera en Buenos Aires y de un día para el otro, como suele pasar, le salió el traslado a Chubut. Ahí conoció a mi mamá y tuvieron a sus dos primeros hijos. Después, le salió el traslado a Bernardo de Irigoyen, en Misiones, y ahí nacimos Diego y yo. Tenía 9 años cuando mi papá se retiró y otra vez cruzamos el país para instalarnos en Comodoro Rivadavia y que mi mamá estuviera cerca de su madre. Y ahí empecé en el fútbol, en la CAI”, destaca Chiquito que, vaya paradoja, es el más bajo de los cuatro hermanos, con 1,91 m, detrás de Diego, el basquetbolista, que llega a 2,07 y de los mayores Oscar y Marcos, de 1,94 y 1,95 respectivamente.

“DELE, RAMON, ¿por qué no me trae al más chico, que es un fenómeno con el aro?”.
Enrique Elías Tolcachier era el entrenador de Gimnasia y Esgrima de Comodoro Rivadavia y poseedor de un ojo clínico que unos años más tarde lo llevaría a tener bajo su órbita todo el basquet formativo del país. Tolcachier conocía bien a los cuatro hijos de Ramón Romero. Diego ya se había entrenado con él y viajado a competir a Estados Unidos (ver recuadro). Sergio se había instalado en Racing, pero deslumbraba al entrenador cada vez que pasaba por Comodoro y se metía en un gimnasio, detalle que se advierte hoy cada vez que sale a descolgar un centro. “Andaba siempre con las dos pelotas y actualmente, cuando voy al sur, en mis ratos libres estoy más con la naranja que con la otra. El tema es que llevaba dos meses en Racing, lejos de la familia, y extrañaba. Mi viejo me comentó lo que le había dicho Tolcachier y me dejó dudando, sobre todo porque al principio todo se hace cuesta arriba. Le dije a mi viejo que me volvía. Betty, mi mamá, agarró enseguida. Mi papá me aconsejaba que lo pensara bien, me recalcaba que estaba en un club grande, que tenía futuro en el fútbol, que ya había dado el paso más difícil. En realidad, creo que él quería que me quedara porque es un enfermo de Racing. Estuve una semana que sí, que no, y al final me quedé”.

CON MESSI, festejando el oro olímpico en Beijing. Atajó cuatro partidos y no recibió goles.
“NENE, AGARRA tu ropa, los guantes, todo lo que tenés en el micro, y rajá a la quinta de Marín porque a Fillol le falta un arquero”.
Guillermo Rivarola dirigía a un selectivo juvenil y el misionero, con apenas un año en el club, afrontaba un instante crucial en su carrera. Estaba haciendo la entrada en calor pero debió cambiar de rumbo. En la quinta lo agarró el Nene Commisso, el manager. “Mirá que no venís por hoy solo, vamos a ir rotando los arqueros de las distintas divisiones por 15 días, para que vean cómo se trabaja acá”, le anticipó. Chiquito atajaba en la Sexta, la quincena anterior había estado el de la Quinta y la anterior el de la Cuarta, Martínez Gullota. Pero con él sería distinto. La varita quiso que el DT fuera uno que de arqueros sabía. Y los quince días se hicieron un mes; el mes, semestre y el semestre, una estadía permanente hasta su partida a Holanda. “Lo primero que me dijo ese día el Pato es que tenía mal atados los botines –no olvida-, porque al llevar los cordones por arriba me hacía perder precisión en la pegada. El entrenaba al equipo pero de reojo miraba a los arqueros desde lejos y cada vez que me veía haciendo mal un movimiento me lo marcaba. Lo reencontré en la Selección, cuando me convocó Basile a un amistoso, y me llamó cuando debuté contra Paraguay para felicitarme. Es una gran persona el Pato”.

“BUENO, PREPARENSE porque hoy no los va a entrenar Chirola sino Diego”.
Argentina ya estaba en la final de los Juegos de Beijing, Romero era el titular en lugar del lesionado Ustari, y el Checho Batista –DT del equipo- les comunicó la noticia a Chiquito y a Nico Navarro. Diego no era otro que Maradona, que hasta ahí había visto todo desde el palco, pasado a saludar en alguna ocasión y, considerando el final de la historia, ya se andaba probando la pilcha del Coco Basile. “Cuando vi que Diego se ponía los botines –todavía se emociona- y caminaba para el arco, pensaba: ¿las dejo pasar o no? ¿qué hago? Al primer pelotazo di un rebote, y Diego me corrigió: ‘Chiquito, la tenés que agarrar, no podés dar rebote’. Creo que mi actuación en los Juegos influyó para que ahora Diego me llamara, porque si bien Basile ya me había convocado, en China me pudo ver bien de cerca, hasta entrenarme”.

“A ESTAS DOS cuidalas, no seas boludo, son tus herramientas de trabajo”.
Maradona ya lo tenía en carpeta y por eso lo convocó para los dos primeros amistosos de su ciclo, aunque su titular fuera Carrizo. Cuando llegó la hora de jugar por los porotos, sin embargo, no lo llamó, porque Chiquito estaba lesionado. Una lesión bastante particular. “Perdimos un partido y me calenté. Lo que pasa es que en el AZ se prioriza jugar al fútbol, salir al ras desde el fondo, no quieren saber nada con los pelotazos. Así también te meten muchos goles por perderla cerca del arco. Esa vez, venía cruzado con un defensor que había perdido unas cuantas, estaba recaliente, y por no pegarle a él ni a un rival, apenas entré al vestuario le di tres piñas a la pared. Creo que me rompí el huesito en la primera”. Maradona, claro, le pidió que no se le volviera a escapar otra vez la tortuga. Lo curioso del caso es que Diego Romero, su hermano basquetbolista, sufrió la misma lesión: se calentó en un partido y por no boxear a un compañero le pegó al soporte del aro y se fracturó la mano. “Parece que es genético”, se ríe Chiquito.

-Si hace tres años te decían que ibas a estar en Sudáfrica, ¿qué contestabas?
-Primero, que estaba loco. Y segundo, “que Dios te escuche”. Igual algo de fe siempre me tuve. Ya había visto que en 2006, Ustari, que era un pibe, se había sumado sobre la hora. Eso me permitía apoyar la cabeza en la almohada y soñar. También tenía unos amigos, el Huevo Córdoba, Julio Juárez y Omar Persetti, que al ganar el Mundial Sub 20 en 2007 me dijeron: “Vos vas a estar en Sudáfrica, acordate que vas a estar”.
-Tercer arquero puede ser, pero si te decían que ibas a ser el titular...
-Ahí lo mandaba al manicomio directamente. Igual, no está nada confirmado. Quiero hacer lo mejor en mi club, y con mi mujer, mi hija y mi familia le rogamos a Dios que Diego me incluya en la lista.
CULMINA su tercera temporada en el AZ Alkmaar. Lo quieren el Benfica y el Bayern Munich.
-¿Te sorprendió cómo llegaste a la titularidad?
-Perdimos con Brasil un sábado y el lunes Diego me dijo que me iba a dar el lugar contra Paraguay. Para mí fue una sorpresa, porque venía de ir al banco vestido de civil como tercer arquero.
-No es una desventaja, de cara al Mundial, competir en una liga no tan fuerte.
-Sé que la liga holandesa no es la más fuerte, pero queda en mí trabajar y esforzarme. Sé adónde tengo que llegar, y vivo pendiente de eso tanto yo como Eliana, que se preocupa muchísimo, si me ve flojo en algo me pide que llame a Gustavo (Piñeiro) para que me venga a entrenar. Eliana no se pierde ni un partido mío, manejó hasta 400 kilómetros, sola, para ir a verme de visitante, y después me marca lo que vio. Se ve que me ama, y mucho. Es una fenómena. Viste que los futbolistas siempre nos creemos que somos lo mejor del mundo, ¿no? Bueno, Eliana es el cable a tierra que tengo en mi casa y en mi vida.
-¿Piñeiro iba a Holanda a entrenarte?
-Sí, lo traje varias veces. Lo conocí en Racing, y me entrena desde hace seis años. Si yo tengo otras aspiraciones, debo esforzarme al máximo, eso lo tengo claro. Entonces cuando veía que iba perdiendo ritmo llamaba a Racing, hablaba con el presidente Molina y le pedía si me lo podía prestar dos semanas. En Racing nunca me hicieron problemas, al contrario. Es un apoyo que agradezco mucho. Gustavo venía a casa, donde le preparábamos una habitación, y yo a la mañana practicaba en el club y a la tarde en mi casa o en el parque, porque a Van Gaal, un técnico que sabe un montón y es una persona excelente, no le gustaba que lo hiciera en el club. Por eso arreglaba con el utilero, me daba pelotas y conitos y Gustavo complementaba sus trabajos con lo que veía que yo hacía a la mañana en el club. Cada sesión de 15 días de trabajo con Gustavo me mantiene en estado óptimo por un mes y medio más o menos. Ahora, se sumó al cuerpo técnico de la Selección. Diego habló conmigo y con Andújar, buscó referencias de Gustavo por su lado, y le dio el OK.
-¿Tu escasa experiencia no te puede afectar en el Mundial?
-Mirá, yo nunca tuve problemas con la edad, muchos dicen que el arquero se forma recién a los 28, pero creo que es un puesto en el que uno no termina de aprender nunca. Y en el fondo creo mucho en mí, y en eso me sostengo.

LA EDAD. Si algo no ha respetado hasta aquí Sergio Germán Romero, evidentemente, es el andar armonioso del tiempo. Quedó claro: la velocidad no le da ningún vértigo.

Por Diego Borinsky / Fotos: AFP

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