
Entrevistado por El Gráfico en 1985, a dos días de haber asumido como presidente en Boca, confiaba en sacar adelante al club, revelaba detalles de su amistad con Alfonsín y repasaba sus inicios como empresario.
El gremio periodístico, con una dosis de humor y otra de malicia, suele identificar a ciertos personajes con dos palabras: “Fotos no”. Son aquellos que buscan la cámara casi con desesperación: la frase es una cortina, quieren figurar. Pasa en el fútbol y en todas las actividades imaginables. Es una debilidad, humana al fin.
Pero hay excepciones, por ejemplo, este hombre. Se llama Antonio Alegre (61 años, casado en segundas nupcias, cinco hijos), nacido en Chacabuco, de estilo campechano, simple, malhablado de a ratos, millonario y todavía trabajador. Un día lo llamaron a colaborar en Boca, en 1979: primero pavimentó una playa de estacionamiento en La Bombonera, después hizo arreglos en la isla N° 7 de la Ciudad Deportiva y, por fin, sacó 720.000 dólares de su bolsillo para que Boca comprara a Maradona, entre otros gastos. Nadie le conocía la cara, por lo menos en el ambiente del fútbol. No había un recorte de archivo en esta casa, en la Editorial Atlántida, lo que ya es mucho decir. Este Antonio Alegre es fotos no sin comillas y sin exagerar. Ahora, como presidente de Boca, se entrega al ritual, pero hay que convencerlo, explicarle y después disparar una pregunta.
Por Natalio Gorín (Archivo El Gráfico 15 de enero de 1985)




