Juan Manuel Fernández

Pasaje a la ilusión

Asoma como la esperanzada carta para oxigenar a nuestra gloriosa Generación Dorada. Hijo del “Lobito“, es base de Río Tercero. Tiene 19 años y Sergio Hernández lo preseleccionó entre los mayores para el último Premundial. Como Pepe Sánchez, se afirma de titular en la Universidad de Temple.
Nota publicada en la edición enero 2010 de la revista El Gráfico.

Fue compañero de su padre en el Club Sportivo 9 de Julio de Río Tercero. En 2007 ascendieron a la Liga Nacional B.
PESE A SUS 19 AÑOS, Juan Manuel Fernández, Juani en el trato familiar, cordobés de Río Tercero desde el domingo 22 de julio de 1990, ya tiene resonancia trascendente en el básquetbol argentino. Fue protagonista de circunstancias relevantes llamando la atención de la página oficial de la FIBA. Anduvo mostrándose por España con el interés del Pamesa Valencia en junio de 2006. Se consagró campeón panamericano Sub 18 con Argentina en Formosa 2008, aportando para lograr un concluyente triunfo final por 13 puntos sobre los norteamericanos y ganar la competencia por primera vez en seis ediciones. Cumplió una temporada inicial positiva en 2008/09 en la distinguida NCAA de los Estados Unidos como jugador de la Universidad de Temple, Filadelfia, donde se encuentra siguiendo los pasos de Pepe Sánchez, consolidado ahora como titular en el equipo. Jugó el año pasado el Campeonato Mundial Under 19 en Auckland, Nueva Zelanda, contribuyendo a conseguir un valiosísimo quinto puesto. Pensando en el recambio generacional, Sergio Santos Hernández lo citó a la Preselección Nacional de mayores en una convocatoria de 20 hombres para el Premundial de Turquía 2010 y lo llevó como jugador número trece a ese torneo de clasificación en San Juan de Puerto Rico.

CON EL JUEGO EN LA SANGRE
Es el hijo mayor de Gustavo Ismael Fernández, conocido como Lobito. Cuando estuvo en G.E.P.U. de San Luis, el Lobo puntano, por extensión un periodista radial derivó en el apodo que se hizo popular. Con cinco títulos logrados en tres clubes, el padre está entre los siete jugadores más campeones en la historia de nuestra Liga Nacional. Entre 1990 y 2005 disputó 16 temporadas. También base, sobresalía por su criterio colectivo y su cuidado para atesorar la pelota.
Quiso el destino que padre e hijo llegaran a jugar juntos en Primera División en el Club Sportivo 9 de Julio, simbolizado como “El Patriota” en Río Tercero, provincia de Córdoba. Es un fenómeno no común que fue detectado en siete ocasiones en la historia del básquetbol argentino. La primera vez de los Fernández juntos fue en la 9o Liga Provincial de Clubes de Córdoba correspondiente a la edición 2005/06, en Oliva ganando al local Vélez Sarsfield, “cuando yo –aclara- todavía no jugaba casi nada en la primera”. Tenían 37 y 15 años, respectivamente. Los puso el entrenador Mario Milanesio, el hermano de Marcelo.
Pero lo que es imborrable para Juan Manuel fue cuando, en la temporada siguiente, también juntos, ascendieron a la Liga Nacional B ganando 4-1 en la misma competencia la serie final a Unión Eléctrica de la capital cordobesa. El viernes 20 de abril de 2007 se realizó el decisivo último partido, que 9 de Julio, como local en su gimnasio José Gordo Albert, ganó dramáticamente 130-129 (118) en tiempo suplementario. Juan Manuel convirtió 21 puntos y Gustavo, que se retiró esa noche como jugador, 16. La Voz del Interior, tradicional diario cordobés, lo calificó como “partido para el recuerdo, con todos los condimentos dignos de una interminable película de suspenso”.

Recalca emocionado: “Conseguimos llegar a una instancia tan importante, lo que no es poca cosa, y me colmó de felicidad por todo lo que significaba para mi familia, para el club y para la ciudad…”.
Más crecido, el nuevo técnico Sebastián González había empezado a darle más minutos en el equipo superior. “Con mi viejo jugamos un montón de tiempo juntos la mayor parte de esa temporada –recopila-, sobretodo para cerrar los partidos”. Anecdotiza: “Algo gracioso fue que dentro de la cancha, cuando lo llamaba a mi viejo en medio de un partido, me salía ‘¡Pa!’ para que me pasara la pelota o para decirle algo. Cada vez que lo nombraba así, él se reía… Pero, bueno, entre la adrenalina del juego y la tensión, no podía dirigirme de otra forma. De todas maneras, se trataba de mi viejo y era normal gritarle ‘¡Pa!’, aunque fuera dentro de una cancha”.

Jugó una memorable final en Formosa 2008 y fue campeón panamericano Sub 18. Acá, lo marca Dominic Cheek.
BOCA, KILOMETRO CERO
Las familias de los jugadores deben acostumbrarse al movimiento itinerante de sus destinos. El Lobito pasó por seis ciudades en su trayectoria en la Liga Nacional. Entre 1995 y 1997 recaló en Buenos Aires incorporado a Boca Juniors.
Precisa Juan Manuel: “Yo empecé a jugar al básquetbol en Boca cuando tenía 6 años. Mi viejo estaba allí y un día me llevó a la escuelita para que pruebe si me gustaba o no, así que allí fui. Era medio gordo en esa época, por eso nadie en mi familia pensaba que yo iba a llegar a hacer algún deporte, ni tampoco me entusiasmaba practicar deportes... Después, cuando nos fuimos a Olavarría, a Estudiantes, fue cuando me empecé a dar cuenta de que de verdad me gustaba el básquetbol. Desde ahí no paré de jugar hasta ahora... En 9 de Julio ya había estado un año cuando fui mini. Mi viejo se retiró de la Liga A en 2005 y nos radicamos definitivamente en Río Tercero. Tras un paso fugaz en Atenas de Córdoba, volví al Nueve…”.
Gustavo Fernández, además de ser su papá, fue compañero de equipo y asistente en un cuerpo técnico que lo dirigió, en ambos casos en 9 de Julio. Nadie mejor que él para hablar de Juan Manuel:
“Tiene algo muy importante para un base: visión de juego, que es una virtud que puso de manifiesto desde chico. Y lo que ve, lo puede ejecutar porque sabe pasar. También es muy responsable para el puesto, condición que puede jugar a favor y en contra, y esto lo digo con conocimiento de causa, ya que lo viví en carne propia. Es igual a mí. A favor, por lo confiable que les resulta a sus compañeros. En contra, por el exceso de tensión y preocupación que esto le provoca. Está en el buen camino, es muy maduro y muy decidido…”.

EL CONSEJO DE PEPE

Juan Manuel recibió una invitación de Pamesa Valencia para probarse y la concretó durante un par de días. Con Pepe Sánchez comparten el mismo representante: el español Igor Crespo. Los tres coincidieron esa vez y, cuando fueron a comer, Pepe comenzó a sugerirle la ventaja de ir a una universidad norteamericana para tener una sólida formación, tanto para el básquetbol como para la vida. Era la primera vez que ambos hablaban y, además, la sugerencia tenía la fuerza de venir de alguien a quien admiraba. Pepe, campeón olímpico 2004, por otra parte, ya había vivido esa hermosa experiencia de la NCAA antes de jugar en la NBA y en Europa. Tuvo un destacado paso por Temple University, cumpliendo el período deportivo completo desde 1996 a 2000. Jugó 116 partidos, entrando todas las veces como titular. En su última temporada de “senior” fue elegido Jugador del Año y Jugador Estudiante del Año de su conferencia, la Atlantic 10. El chico de Río Tercero eligió Temple, porque en el momento que se decidió “era, en realidad, la única alternativa deportiva que tenía de ir a una universidad de la División Uno”. Obviamente, las referencias de Pepe fueron las mejores y “Por e-mail fue que él me convenció de ir a Temple”.
Completa con este razonamiento maduro: “Pienso que más adelante siempre voy a tener tiempo de convertirme en un jugador profesional. Si lo hacía antes, perdía la chance universitaria. Además, aparte de poder jugar, en Temple me dan la oportunidad de estudiar, que es lo que querían mis viejos…”.  
Cursa Periodismo y debutó el lunes 5 de enero de 2009 venciendo 73-58, como local en el Liacouras Center, a Ken State. Al terminar el partido le avisaron que Luis Scola lo esperaba afuera y lo quería saludar. Había viajado a Philadelphia a jugar con los Rockets. “No lo podía creer –confiesa Juan Manuel-, nunca había hablado con él. Nos quedamos conversando un rato, también con Brent Barry, que lo acompañaba. Luis se pasó conmigo, lo disfruté muchísimo…”.
Esa campaña total de los Owls (Búhos) sumó más triunfos (22) que derrotas (12). Hace su autoanálisis: “Fue un balance más que positivo para mí. Estuve solamente la mitad de la temporada y por suerte me adapté enseguida, en general no me costó mucho. Yo pensaba que me iba a costar horrores. Hasta pude disfrutar lo que es ganar la conferencia en mi primer año. Estuvo bárbaro. Así nos clasificamos al torneo nacional de la NCAA y pude vivir lo increíble que es. La única contra fue que todo pasó muy rápido, se sucedieron tantas cosas lindas en tan poco tiempo, que siento como que algunas me tomaron un poco por sorpresa y no las pude aprovechar al máximo”.
Sus promedios por encuentro fueron buenos: 19,6 minutos jugados, 5,5 puntos convertidos, 35,3 % de efectividad en triples (2,2 por partido); 1,9 rebotes tomados y 2,7 asistencias dadas.

CON LOS MAYORES
Completa con asignaturas pendientes en el básquetbol universitario: “Lo que más me costó del juego fue adaptarme al aspecto atlético, ¡son muy atléticos!, a lo físico. Se juega más rápido, más intenso y con mucha defensa. El tema físico es algo que siempre debí mejorar y estoy trabajando a full para superar ese déficit. A medida que pasaban los partidos le fui agarrando la mano a cómo defender, cuándo correr, cuándo no, y reemplacé lo físico que me falta con inteligencia. Uno de los objetivos es bajar el promedio de pelotas perdidas”.
En la nueva temporada está afirmado por el entrenador Fran Dunphy, que sucedió al histórico John Chaney como titular de Temple. También lo utiliza como escolta. Es el tercer goleador del equipo. En el triunfo como local por 75-65 sobre Villanova batió su tope personal universitario: metió 33 puntos, con 7 de 9 en triples.

Por su condición de joven sobresaliente para el juego, no extrañó que el viernes 5 de junio de 2009, en el salón Los Jardines del hotel Panamericano de Buenos Aires, Sergio Hernández pronunciara su nombre entre los 20 jugadores convocados para la Preselección Nacional citada con miras al Premundial de San Juan de Puerto Rico. Y aunque no quedó en la nómina definitiva de 12, viajó como “camiseta celeste”, siguiendo la denominación inaugurada por Edgardo Vecchio con Fabricio Oberto en el Mundial de Toronto 1994.

“Juancito vivió situaciones no previstas, complicadas, que terminaron potenciando su fogueo. A las vivencias normales que tuvo en los partidos, los entrenamientos, el vestuario y la convivencia, el equipo –con paciencia y trabajo– revirtió los malos momentos iniciales hasta convertirlos en buenos. Fue muy rico y muy fuerte para su experiencia y su carácter”, es la óptica de Hernández.
La gran promesa del básquetbol argentino, por su parte, subrayó: “Lo que más seguí fue ver cómo actúan los más experimentados desde adentro del equipo, en la cancha y fuera de ella, en cada situación y frente a la presión. Solamente mirando, aprendí muchísimo…

Por O.R.O. / Fotos: Gentileza Marcelo Figueras


Publicada el 15/02/2010

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