Más publicidad que realidades. Estudiantes de La Plata, con muchísima menor cotización, pudo ser tan campeón como el multimillonario Barcelona. A Messi lo salvó el gol de la consagración.
Nota publicada en la edición enero 2010 de la revista El Gráfico.
A ESTA ALTURA de mi soireé solo como los caramelos que me gustan y no los que me publicitan como los más ricos, los que te dejan un sabor imcoparable en la boca, etc., etc.. Se entiende que no hablo de golosinas sino de fútbol, el noble deporte de la pelota que muchos se preocupan en ensuciar y la mayoría de limpiar sobre la base de su talento y esfuerzo. El partido entre Estudiantes de La Plata y Barcelona lejos estuvo de ser una final mundial. Fue uno más entre los tantos que se plantean a lo largo de una temporada que, por exigencias del marketing en todos sus niveles, resultan cada vez más extensas y cansadoras.
El equipo argentino, estuvo muy abajo en las fabuladas apuestas, pero solo porque los que buscan el negocio por sobre cualquier valoración deportiva inflan hasta la desmesura al posible ganador, tal vez sabiendo que si se trata de un fuerte representante de un club sudamericano, existen chances de que quien apueste un dólar o euro se lleve siete veces más como estuvo a punto de ocurrir con la actuación de los muchachos orientados por Alejandro Sabella.
A Barcelona le costó bastante más que sudor dar vuelta la historia y quedarse con la última copa que faltaba en sus vitrinas. Y hasta llegó a un agónico empate por una vía que no es la habitual (pelota muy por arriba con dos cabezazos que se encadenaron a uno de Verón que quiso rechazar y puso la pelota en dirección opuesta). Y la definición del partido se produjo cuando ya Estudiantes no tenía aire y se movía con un Verón evidentemente sentido de su lesión pero que entregaba hasta el alma para pelear cada pelota. Así y todo el vuelo en paloma de Lionel Messi fue para pegarle a la pelota de cabeza y no con el pecho como finalmente ocurrió para terminar cambiando el destino del balón hacia el segundo poste del arco de Albil. También se habló del festejo. Y cómo no se va a celebrar un gol que vale 5 millones de dólares y un trofeo para agrandar el prestigio de la institución que lo logre. Ocurre que del otro lado había jugadores nacidos en la misma tierra que el protagonista de la denominada epopeya catalana. Por eso sonó a demasiado el grito y el puño apretado. Porque una cosa es festejar y otra cosa es tirarle vinagre en la cara al adversario.
Otro caramelito que no digiero es el de la supremacía. Que no ha sido tal en ese choque mundialista. Y que solo puede darse a través de cotizaciones. Para el desaforado fútbol europeo, el plantel del Barcelona vale 1730 millones de dólares de acuerdo con las cláusulas de rescición oportunamente acordadas. En contrapartida la valuación del elenco de Estudiantes de La Plata apenas supera los 60 millones de la moneda estadounidense. Semejante diferencia en plata ni por asomo se dio en el campo de juego del Zayed Sports City de la opulenta Abu Dhabi. Barcelona volvió a demostrar -y con la ausencia de su conductor Iniesta mucísimo más- que una cosa es de mitad de cancha hacia adelante y otra muy distinta desde el medio hacia su arco. Por allí Estudiantes encontró el hueco para que Boselli lograse el gol de la gran ilusión con un frentazo espectacular, tras meterse como cuña entre los centrales del campeón.
Por último, tras reconocer el enorme mérito Pincha de luchar hasta el umbral de la gloria, tampoco el juez designado para la final mostró virtudes para el aplauso. El mexicano Archundia no cobró lo que debió cobrar y sí sancionó lo que debió dejar correr. Entre lo primero, resaltó la segunda amarilla a Messi por violento foul a Matías Sánchez. Era expulsión, pero por portación de apellido fue siga-siga. No solo de Lunatis y Brazenas se nutre el fútbol mundial. En todas partes se cuecen habas. Lo sabíamos todos los que ya no nos comemos cualquier caramelito. Ahora también lo saben miles y miles de hinchas de Estudiantes.
Por Carlos Poggi
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