Jugó todos los partidos en el último campeón.

“¡VIEJITA, NO TENES dos pesos para la birra, viejita!”.

Si lo llegaron a reconocer o no, es una incógnita. Se sabe: los futbolistas, cuando descienden de su olimpo para mezclarse con la gente común, pierden sus poderes mágicos, como Cenicienta a medianoche, y de repente parecen más chiquitos, menos musculosos, más mortales. Y si esta ley se cumple casi inexorablemente sin excepciones, en el caso de Walter Daniel Erviti adquiere dimensiones casi grotescas. Un papelito. Eso es Walter Erviti en el mano a mano, con permiso del apodo robado a su compañero Fernández: 62 de peso, 39 de calzado, y dos patitas de Popotitos que no pueden ser, por obra y gracia del hada madrina, las encargadas de hacer jugar como una maquinita al Banfield puntero del campeonato.
Pero nos escapamos del tema. Si el grupito de cuidacoches de la cortadita que une Venezuela con Belgrano, en pleno San Telmo, lo reconocieron o no, es una incógnita. La única certeza, y aquí está el tema que nos ocupa, es que ante el pedido para la cerveza, del bolsillo de Erviti salió un billete de 20 pesos.
-¿Siempre sos tan generoso?
-La plata no me cambia la forma de vida. Cuento con la bendición de Dios de tener un buen presente, y no doy algo que me sobra; dar cosas que te sobran, para mí, no es dar de corazón. Yo soy capaz de regalar algo que compré hace 10 minutos si a alguien le gusta más que a mí. Lo mismo con las camisetas, más de una vez vino un hincha a pedirme una y se la di sin saber quién era. No me interesa, tampoco, comprarme el mejor auto. A la plata no le doy más valor del que tiene, que sirve para alimentar a mis hijos y vivir tranquilo. Trato de ser lo menos egoísta posible. Mi señora me carga, dice que me salvó, que si no fuera por ella, yo no tendría nada. Muchas personas que me conocen dicen que soy raro. Hoy hablé por teléfono con Carlos Casartelli, ex compañero y amigo. ¿Sabés cómo arrancó la charla?
-No.
-“¿Hablo con la persona más rara que conocí en la vida?”. Así arrancó. 

ASI ARRANCO también la entrevista, por esta recortecito de realidad que no hace más que delinear en trazo grueso al personaje. Un personaje que para sumar una rareza más a su particular estilo de vida, no usa celular. Para ubicarlo, hay que llamar a su casa. “Tengo dos, pero están tirados o sin batería, soy despistado, medio flojo, me los olvido en el auto y es como si no los tuviera. Es lo que más me reclaman los conocidos, que les cuesta ubicarme”, admite, antes de ingresar en terreno futbolero.

-¿Sos de emocionarte seguido cuando jugás?
-¿Por el gol a Estudiantes lo decís?... Se dio algo especial, porque el último año no había sido bueno para nosotros, y porque no había podido convertir ni una vez. No soy de meter goles, pero me tocó hacer importantes: contra Unión para ser campeón con San Lorenzo, con Monterrey en la final contra Morelia y ojalá este contra Estudiantes haya marcado algo. Encima, volvía al medio y Santiago (Silva) me dijo “Disfrutá que te lo merecés”. Ahí me terminé de quebrar y me largué a llorar.
-En México se te vio emocionado en tu despedida...
-Sí, me la hicieron en un programa de TV que armaron con mariachis. Cantaron y vino un montón de gente a despedirme. Se dio una relación muy fuerte ahí. Influyó mucho lo que conseguimos. Monterrey es un club que sólo ganó dos campeonatos en su historia y yo participé en uno. También llegamos a otras dos finales. Fueron seis años de grandes resultados en los que jugué casi todos los partidos. Me decían “El Mago”.
-¿En esos 6 años en México no te buscaron de otros clubes?
-Tuve varias ofertas pero ni siquiera consultaba la parte económica porque estaba muy cómodo en el club, mi familia se encontraba bien en la ciudad y me sentía identificado con Miguel Herrera, el DT con el que más tiempo estuve.
-¿No te movió el piso que Passarella te buscara para River?
-Siempre prioricé a la persona que está en el club y Daniel fue muy importante para mí. Me llevó a México, me guió, me bancó en los primeros seis meses difíciles que tuve de adaptación, y entonces cuando me habló para venir a River, me hizo pensar, pero cuando puse en la balanza todas las cosas, preferí quedarme. No soy una persona a la que le guste cambiar, de hecho en diez años sólo jugué en tres equipos.
-¿De México te fuiste por La Volpe?
-No me quedó muy claro, porque nadie se hizo cargo. Terminé el torneo y la directiva me comunicó que había varios equipos interesados en contratarme. Llegó el draft, que es el único día en que te pueden cambiar de club en México, no me negociaron, con lo cual se cortó cualquier chance de seguir allá, y de un día para el otro decidieron no tenerme más en cuenta. No me dejaron entrenarme con el equipo, tuve que hacerlo con chicos de 15 años fuera del club y llevándome la ropa. Fue rarísimo: de capitán y titular por 6 años a eso.
-¿Cómo aparece Banfield en esta historia?

-Cuando vi que ya no podía jugar en México, lo primero que hice fue comunicárselo a la gente de San Lorenzo. Mi única condición era que el técnico me quisiera, nada más; el resto se arreglaba, porque Monterrey tenía una buena predisposición para venderme y yo me adaptaba con mi sueldo. También le comenté mi situación a Alejandro Kohan, el profe que estuvo con Passarella en el club y ahora trabaja con Burruchaga. Se lo conté como amigo. El se lo dijo a Burru y al otro día me llamó Jorge, al toque el presidente Portell y arreglamos rápido. Me pareció tan buena la predisposición y el esfuerzo que hacía Banfield, que me vine..
-Al principio te puteaban en colores...
-Si aprendí algo en esta carrera es a ser equilibrado. Igual, se armó demasiado circo porque una vez supuestamente la hinchada vino a pedirle al técnico que no me pusiera más, y a mí nadie me dijo nada. El periodismo le dio manija al tema y se agrandó todo porque había que apuntarle a alguien por la mala campaña y me eligieron a mí. Yo me hice cargo. “Si hay que echarle la culpa a alguien por cómo juega Banfield, échenmela a mí porque soy el encargado de crear juego”, dije. No me escondí.
-¿Ahora te piden perdón?
-Leí un par de comentarios pero tampoco le presto atención, a mí me mueven otras cosas en la vida. Creo mucho en Dios y eso me da una fuerza especial. Me siento muy tranquilo porque desde que llegué no falté a un solo entrenamiento, no me lesioné, participé en todos los partidos, jamás tuve un problema con un compañero, ni con un  directivo ni con un técnico e hice las cosas que tenía que hacer, pero a veces las cosas te pueden salir bien y otras, no tanto. Siempre fue así mi carrera.

Pinta de jugador de fútbol no tiene. En la calle, pasa por uno más.

VA ENTRANDO en calor la charla, y Erviti transpira más que en su infatigable trajinar por la mediacancha. Pide permiso para prender el aire acondicionado, como si no estuviera en su propia casa. “Mi señora me reta porque no doy muchas entrevistas; de hecho, las pocas veces que aparezco es porque ella me vuelve loco, me dice que mi timidez me hace pasar por maleducado. Y entro a transpirar y me pongo nervioso”, confiesa, y destaca que en los festejos por el título conseguido por Monterrey, todos los futbolistas se subían a un escenario y pronunciaban unas palabras ante la multitud y que él se escondió detrás de alguno, como un niño, y evitó el incendio interior.
Un par de escalas adicionales en la historia de este marplatense de 29 años sirven para terminar de conocer al 10 del Taladro. Se inició en Talleres de su ciudad tirando caños a cuanto rival le pasara cerca, estuvo 8 meses a prueba en River armando paredes con D’Alessandro y Saviola, pero finalmente no pasó el examen de ingreso por ser “muy chiquito”. Y claro, si comía salteado.
-En River viví en un hotel y me pagaban el restaurant, pero el lunes cerraba, entonces me acostaba el domingo a la noche sabiendo que el lunes no iba a comer en todo el día. Faltaba al colegio, a veces garroneaba un paquete de galletitas, pero trataba de levantarme tarde, a las 3 o 4 de la tarde, para que el lunes pasara lo más rápido posible.

-¿Cómo empezó tu manía por tirar caños?

-A mi papá le gustaba, y cuando venía a Talleres a verme jugar, me decía: “Hacé un caño así lo disfruto”. Lo hacía y lo miraba a él, detrás del alambrado. Con el tiempo se hizo un hábito, una manera de gambetear. El que más disfruto es el de pisadita. Algunos te tiran un misil que te pasa de casualidad entre las piernas y gritan “¡Caño, caño!”. Rotchen era así, me volvía loco, yo le gritaba: “¡Qué caño ni caño, Rotchen, andá al fondo!”. Una de las mejores personas que conocí, Pablo.
-Se puede decir que maduraste y ya no sos un irresponsable tirador de caños.
-En el medio hay que ser práctico, porque las cosas importantes pasan en el área. Hay que avanzar rápido y tirar un caño te saca velocidad. Banfield es un equipo que sabe a qué juega. Un equipo ordenado, con una línea de 4 a la que es muy difícil que la agarren volviendo y mirando para atrás. Nuestros defensores están siempre de frente esperando la jugada, por eso nos hacen pocos goles. No hay un solo jugador de Banfield que pierda la pelota y se quede parado. Falcioni tuvo mucho que ver. No lo conocía, y nos dio orden. Cada uno tiene una función y sabe qué debe hacer. Desde que llegó dijo que venía a pelear cosas importantes, quizás también con eso nos mentalizó.
-¿Silva es tan personaje como parece?
-Tenemos a varios personajes. El ranking, para mí, lo lidera Sebastián Fernández, un loquito lindo que está todo el día contento, todo el día enchufado a 220. Por ahí se cae a entrenar con pantalón de jogging y zapatos, cosas así. Vamos juntos al entrenamiento y le digo: “¡No podés tener tantas ganas de vivir!”. No es el único. Este es el mejor grupo, lejos, que integré en 10 años de fútbol. No tengo ninguna duda.
-¿Y el San Lorenzo de Pellegrini?
-Nos llevábamos bien pero había más separación entre grandes y chicos. Si tenía alguna duda de irme antes de este torneo, me la sacaron mis compañeros. Me hablaron de varios clubes de México pero sentía que este grupo se merecía algo mejor de lo que habíamos hecho. Por suerte lo estamos viviendo.
-¿Ves mucha ansiedad en el ambiente?
-Por parte de la gente, sí, y es entendible, pero de parte del equipo, no. Uno les ve la cara a los utileros, a la gente que trabaja en el predio y te están diciendo que quieren ser campeones de una vez, te das cuenta. Nosotros pensamos sólo en el próximo partido. Ojalá se nos dé, antes de retirarme tengo el profundo deseo de ser campeón, porque cuando sos joven no valorás en su medida esas cosas. A los 20 años yo ya tenía dos títulos con San Lorenzo y no les di tanta importancia. Aparte me encantaría poder disfrutar una vuelta olímpica con mis hijos, que es algo que hasta ahora no se me dio. Santiago tiene 5 y Felipe, 3. Los dos nacieron en México, pero son bien argentinos.
-¿Y a vos no te quedaron hábitos mexicanos?
-Me quedaron muchos amigos de México, pero pocas costumbres. De hecho, durante mis 6 años allá jamás probé el picante, por ejemplo. Debo ser raro, ¿no?
-No, Walter, sos renormal, quedate tranquilo.

Por Diego Borinsky / Foto: Jorge Dominelli
0 comentarios

mensaje

Te quedan 500 caracteres
PUBLICAR