Banfield, el merecido campeón

El partido de La Bombonera fue una anécdota para un equipo que arrasó el Apertura con solidez, humildad y una idea de fútbol muy clara. La consagración tan merecida del Taladro.

LOS CAMPEONES. El plantel de Banfield celebra la obtención del Apertura 09. (Foto: Photogamma)
Ya está. Se terminó el sufrimiento. El fútbol argentino tiene un nuevo campeón. Con humildad, con sencillez, con grandeza, Banfield está en lo más alto. Soportó con nervios de acero el tramo final de un campeonato brillante, ese mismo tramo en el que tantas veces se cayeron los más grandes, los más ricos, los que se creían invencibles. Ya está. Banfield es campeón. Campeón. Para repetirlo. Para dejar de soñarlo. Para empezar a creerlo.

Y deliran esos largos 4.500 privilegiados que pudieron entrar a La Bombonera, contemplando desde la tercera bandeja las lágrimas de sus héroes. Y deliran, también, los que llenaron el Florencio Sola, para presenciar un partido virtual y desafiar a la superstición de que la pantalla gigante trae una mala suerte inquebrantable.

LA LOCURA. Los hinchas en la tercera bandeja de La Bombonera, en plena celebración (Foto: AFP)
Allí, haciendo rondas en el césped de la Bombonera, están todos, los que a lo largo de 113 años alimentaron esa ilusión que en más de un siglo significaba un sueño casi imposible. Hay mucho más que 25 jugadores y un cuerpo técnico. Hay mucho más que una tarima con un puñado de hombres que a partir de este año, serán héroes. Allí hay generaciones y generaciones, unidas, amalgamadas en corazón y alma, en fotos familiares antiguas o en álbumes virtuales modernos. Allí está el núcleo de un sentimiento que merece el reconocimiento y la admiración. Allí está un plantel sin figuras que supo formar un equipo sin fisuras. Allí está Falcioni, el bulldog bueno que ya no puede contener sus lágrimas, y con puchero y todo, sea capaz de mandar un mensaje que lo pinta de cuerpo entero: “Ahora hay que seguir”. Seguir soñando, seguir ganando, seguir estando presentes. Ilusionarse con otra gran Libertadores de la mano del mismo que DT que hizo que Banfield se paseara por buena parte de América.

Este Banfield no fue una estrella fugaz. No quiere serlo. Es el producto de un trabajo serio, de ésos que en el fútbol argentino nunca abundan. Son muchísimos los que pregonan encarar un proyecto a largo plazo, pero son pocos, muy pocos, los que no abandonan en la primera urgencia. Este Banfield de hoy simboliza que los campeonatos no se ganan ni con ingenio, ni atando con alambre, ni con tretas. Tampoco con ingeniería financiera, sinónimo de construir castillos en el aire. No. Todo Banfield supo entender que los campeonatos se ganan de otra forma. Teniendo un predio como el de Luis Guillón. Teniendo alguien como Silvio Marzolini. Confiando en técnicos y dirigentes serios. Creyendo en jugadores del club. Coordinando la prensa al estilo europeo. No dejándose llevar por las apariencias ni por los fuegos de artificio.

Por todo eso, hoy Banfield es campeón. Y tiene razón, mucha razón, en entonar esa sinfonía pegadiza, que todos conocen pero muy pocos pudieron cantar. Es la melodía que aún se escucha en el césped de La Bombonera. La misma que acompaña a la caravana rumbo al lugar de los festejos. La misma que ya ningún hincha de Banfield podrá cantar sin que se le caiga un lagrimón. “Dale campeóoon, Dale campeóooon, Dale campeóoon, Dale campeóooon”.  

Martín Mazur

 
Publicada el 13/12/2009

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