
Y deliran esos largos 4.500 privilegiados que pudieron entrar a La Bombonera, contemplando desde la tercera bandeja las lágrimas de sus héroes. Y deliran, también, los que llenaron el Florencio Sola, para presenciar un partido virtual y desafiar a la superstición de que la pantalla gigante trae una mala suerte inquebrantable.

Este Banfield no fue una estrella fugaz. No quiere serlo. Es el producto de un trabajo serio, de ésos que en el fútbol argentino nunca abundan. Son muchísimos los que pregonan encarar un proyecto a largo plazo, pero son pocos, muy pocos, los que no abandonan en la primera urgencia. Este Banfield de hoy simboliza que los campeonatos no se ganan ni con ingenio, ni atando con alambre, ni con tretas. Tampoco con ingeniería financiera, sinónimo de construir castillos en el aire. No. Todo Banfield supo entender que los campeonatos se ganan de otra forma. Teniendo un predio como el de Luis Guillón. Teniendo alguien como Silvio Marzolini. Confiando en técnicos y dirigentes serios. Creyendo en jugadores del club. Coordinando la prensa al estilo europeo. No dejándose llevar por las apariencias ni por los fuegos de artificio.
Por todo eso, hoy Banfield es campeón. Y tiene razón, mucha razón, en entonar esa sinfonía pegadiza, que todos conocen pero muy pocos pudieron cantar. Es la melodía que aún se escucha en el césped de La Bombonera. La misma que acompaña a la caravana rumbo al lugar de los festejos. La misma que ya ningún hincha de Banfield podrá cantar sin que se le caiga un lagrimón. “Dale campeóoon, Dale campeóooon, Dale campeóoon, Dale campeóooon”.
Martín Mazur