Carlos Retegui

Un amor en colores

Pasional como ninguno, obsesivo como pocos, el técnico de Las Leonas, coloca a la camiseta argentina en el pedestal.
Nota publicada en la edición septiembre de 2009 de la revista El Gráfico.

CONDUCTOR de un grupo que atraviesa un recambio generacional.
SU SENTIR cruza la frontera de lo racional. Su demostración eterna de afecto genuino por la celeste y blanca alimenta la teoría. El verbo querer en función de la bandera nacional se potencia en cada frase que construye. Al examinar su archivo, surge la muestra contundente que data de abril de 1996. “Soy injusto con mi familia; es una deuda que tengo. No presencié el nacimiento de mi hija, por la Selección. Estaba en la gira previa a los Juegos Olímpicos de Atlanta, en San Diego, y me entero de que María, mi mujer, había roto bolsa. Se adelantó el parto y llegué al otro día. Espero que mis hijos, Micaela y Mateo, sepan que su papá deja hasta el último latido del corazón por la camiseta argentina. Es una enfermedad, lo más grande que hay, no se negocia”, confiesa Carlos Retegui.
Nacido en San Fernando, provincia de Buenos Aires, hace 39 años, aún conserva la misma esencia, sea en su pasado como jugador referente –recio marcador más dotado para cortar que para crear, que arriesgaba todo lo que tenía en cualquier bocha–, o en su presente como entrenador. De mentalidad ganadora, nunca renunció a su sueño: conducir a la selección desde el banco. Lo llevó adelante con los caballeros, hasta que la dirigencia lo oficializó en marzo de este año como head coach de Las Leonas. “Fue una mezcla de sensaciones encontradas, porque se dio luego de no conseguir la clasificación directa para el Mundial con los varones, en la Copa Panamericana. Sabíamos con mi grupo de trabajo que íbamos a asumir, pero el dolor por los chicos estaba. A la vez, representó una alegría y responsabilidad. Me siento un privilegiado”, sintetiza.
–¿Cuál será la línea de juego del equipo bajo tu mando?
–En actitud, quiero que disputen cada pelota sin medir las consecuencias. En lo conceptual, deseo ver jugadoras que piensen, resuelvan y que, a través de la propia inteligencia, lean la segunda y tercera fase dentro de la misma acción. El ritmo de pase y recepción debe ser dinámico; hay que presionar bien, atacar por todos lados y defender en conjunto. Intentaremos efectuar un juego espectacular.
–Gabriel Minadeo, tu antecesor, ya había iniciado el recambio generacional del plantel, ¿en qué etapa te agarró?
–Tenemos que afianzar a diez jugadoras que no tienen mucho rodaje para sumar a la base de cinco jugadoras emblemáticas: Luciana Aymar (la capitana), Claudia Burkart, Mariné Russo, Alejandra Gulla y Soledad García.
–¿Hablaste con el resto de las experimentadas que no citaste?
–En general, no. Sólo hablé con Mercedes Margalot. Las jugadoras de trayectoria no están para ser probadas. Juegan o no. Entonces, como teníamos a otra chica en su puesto, Mechi nos iba a significar un tapón. Igual, no quita que sea tenida en cuenta en un futuro.

AMANTE del deporte, su historia de palo y bocha comenzó en su club, San Fernando, a los nueve años. Debutó en Primera con edad de Quinta, en la institución que luego lo vería Campeón Argentino de Clubes en 1990 y Metropolitano en 2003. En cuanto a la albiceleste, la vida le ofreció milonga y bailó. Disputó los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996, Sydney 2000 y Atenas 2004; compitió en los Mundiales de Lahore 90, Sydney 94 y Kuala Lumpur 2002, donde cosechó el 6º puesto, igualando la mejor ubicación del país en la historia de las Copas del Mundo; y se colgó cuatro medallas en los Juegos Panamericanos –tres doradas y una plateada–. Su licencia para dirigir empezó a sacarla hace ocho años, a base de experiencia cuando alternaba funciones en Europa.
Su guión ofreció un cambio de dirección en 2006. Sergio Vigil lo convocó para pelear por un lugar en la lista de la selección, con miras al Champions Trophy de Terrassa y el Mundial de Mönchengladbach. Sin embargo, lo dejaron fuera de ambos torneos. “Se aceleró mi retiro. Lo único que lamento es no haberme despedido después de 18 años como me hubiese gustado, pero estaba agradecido porque a los 36 años formé parte de un proceso”, explica. No obstante, Vigil le abrió las puertas delseleccionado a fines de ese año. Su función: ser su mano derecha. “Cuando me lo propuso, no dudé. Sentí que podía jugar el partido desde otro lado”, enfatiza.
El reinado de Vigil culminó luego de los Juegos Panamericanos de Río de Janeiro 2007. Con la medalla plateada y sin la clasificación directa a los Juegos Olímpicos de Beijing 2008, Chapa tomó las riendas del equipo. Bajo su mandato, tampoco saldaron la cuenta olímpica, aunque el equipo se consagró en la Copa Sultán Azlan Shah y terminaron terceros en el Champions Trophy de Rotterdam, resultado histórico. “Con el paso de los años, ese equipo va a ser valorado. Hicimos dos torneos espectaculares contra los mejores del mundo. Para estar en los Juegos Olímpicos, faltó suerte. Igual, hasta que me muera voy a estar triste. No hay cura”, afirma.
El desafío inmediato con las chicas obliga a defender la corona. El Champions Trophy, certamen anual por excelencia, se desarrolla en Sydney, Australia, a partir del 11 de este mes. “Nos medimos con los mejores: China, Australia, Inglaterra, Holanda y Alemania; somos el 2 del mundo y vamos a ganar. Plantearemos los partidos en zona y usaremos tres sistemas. El córner corto en las dos áreas es importante. De todos modos, la mira está enfocada hacia más adelante: nuestra competencia es el Mundial de 2010 en Rosario”, sostiene.
PLANIFICA el mundial en Rosario.
–¿Ahí ya imaginás una propuesta distinta de juego?
–Es la segunda vez que se hará una Copa del Mundo en nuestro país y debemos sorprender. Es histórico ya que no se volverá a repetir hasta dentro de 40 años. Por eso, el anhelo es que Las Leonas emocionen. Son el equipo del pueblo. Queremos lograr que la gente se sienta identificada y soñamos con armar un equipazo. Daría la vida por ganarla.
–¿Aymar, a la que además dirigís en GEBA, se alejaría de su función de volante central?
–Ella tiene que jugar de 5 y posee libertades. Sé que aún no llegó a su techo. Con la pelota es Diego (Maradona) y quiero que sin ella sea (Javier) Mascherano. Deseo que juegue el mejor Mundial de su vida. Cuenta con experiencia, sabe leer el partido y tiene un talento descomunal.
–Por esto, ¿Rosario eleva el marco?
–Sí, habrá que manejar emociones fuertes y, entonces, la planificación es clave. Me gustaría hablar con Carlos Bilardo para que me cuente cómo llevó a Diego en México 86.

RECLUTA a las suyas en la charla previa a salir a escena. Carlos Retegui desenfunda conceptos con la misma intensidad con la que jugaba. Repasa fibras íntimas. Sus laderos, Santiago Capurro en lo técnico-táctico y Luis Barrionuevo en lo físico, miran fijo y asienten con sus cabezas. Sin escatimar, sin mirar atrás, no importa si se trata de una práctica ante varones, un amistoso o un encuentro internacional. El lema no varía: rendirles homenaje a los colores de este amor.

Costumbres  aprendidas


FIEL a los códigos de barrio, el Chapa conserva las costumbres de su infancia. “Soy lector de El Gráfico desde que tengo uso de razón. Mi viejo, Juan José, volvía de trabajar y hacía La Plata-San Fernando. Lo esperaba ansioso los lunes a la noche porque sabía que traía la revista. El Gráfico era y es diferente a las demás por las fotos, los textos y el papel. Me acuerdo de las hojas de los partidos de fútbol, en las que estaban la recaudación, las formaciones; estadísticas. Era y soy un amante; me las leía todas. Es más, hasta me quedaba dormido con la revista encima. Mi papá las coleccionaba. Recuerdo que fue tapa cuando salió campeón en los Juegos Panamericanos de San Pablo 1963 (en remo). Todo un orgullo”, concluye.

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