Calido mediodía de abril. Es feriado nacional, pero sobra el trabajo en La Mariana: hay que atender a algunos petisos, varear a otros y organizar todo para las prácticas. En el campo que tiene la familia Merlos en el núcleo polístico de Pilar aparece Agustín, el menor de los tres hermanos. Hacía once años que no se quedaba en la Argentina para la temporada de otoño y estaba, al momento de la entrevista, en la antesala de la semifinal por la Copa República. Llega cerca de las 12 y hace el mapa del lugar: "Esta es mi caballeriza, aquella de Pite (Juan Ignacio) y allá está la de Sebastián".
El lugar es sobrio y prolijo. "Acá me siento en Disneylandia, asegura Tincho, hasta hace poco vivía ahí" y señala para arriba de su establo. Aunque, entre risas, confiesa: "Esto es lo mejor, pero acá el polo te puede llegar a enfermar. Mires adonde mires, hay polo". Terminado el minitour, a la galería, y es curiosamente él quien empieza la entrevista.

–¿Qué pasa con El Gráfico? ¿Es tapa o me mintieron? Si no es tapa, no les doy la nota.

–Sí, sí, es para la tapa.

–(Risas) Ah, bueno, entonces sigamos.

–Contanos un poco de tus inicios en el deporte.

–En el campo estaban todas las cosas para jugar. A mí siempre me gustó el polo, de verlo, de vivirlo y las sensaciones y emociones, como los almuerzos previos a los partidos de papá (Héctor). De chiquito, me acuerdo que le preguntaba: "¿Para qué te bañás, si vas a jugar y te vas a ensuciar?". Y él me decía que siempre hay que estar presentable cuando se va a trabajar. Y no me olvido nunca de eso. Por eso yo agarré la manía de bañarme antes de jugar. Se perfumaba y quedaba en el auto un olor espectacular. Ir a Palermo era increíble, era "el viaje". Calculá, en el 85, los 5 en un Renault 12; tardabas como dos horas en llegar a Palermo.

–¿Ya jugabas?
–Sí, taqueaba. A caballo y a pie. Me encantaba hacerlo y andar a caballo aunque no me divertía tanto jugar.

–¿Imaginabas que terminarías en Palermo?
–Siempre lo supe. Nadie me lo dijo, lo sabía yo y era lo que quería hacer.

–¿A qué edad empezaste a montar?
–Ni me acuerdo. Siempre fuimos de a caballo, de toda la vida. Desde que tengo memoria… tenía una petisa, La Mariposa, que todavía vive. Le ponía un frenito y un cuerito, cuando estaba flaca; y si estaba gorda, a pelo nomás, porque era cómoda. Sebastián tenía a El Mono. En esos aprendimos a taquear, a jugar picaditos, a correr carreras, a hacer cualquier cosa.

–Jugabas al fútbol de chico, incluso te probaste en un club.
–Me probé en River a los 11 años. Por suerte no me tomaron. No me gustaba mucho el ambiente. Jugaba porque me encanta, soy un estudioso del deporte.

–¿Tu infancia fue en Buenos Aires o Trenque Lauquen?
–Nacimos en Capital y vivíamos acá. Trenque Lauquen me adoptó a mí y yo la adopté como mi ciudad porque todo empezó ahí. Lo de mi viejo, lo mío, lo nuestro. La cría de caballos, la tenemos ahí; los primero galopes, los primeros chukkers fueron ahí. Es el lugar que más quiero en la Argentina.

–¿Terminaste el secundario?
–No. Me falta una materia de quinto año, solamente: Historia. Cuando terminé el colegio me di vuelta y dije: "Juro no venir nunca más". Y no volví. Ya pasaron 13 años. Me caía muy mal la profesora… pero la verdad es que debería ir a terminar.

–¿Eso te impidió seguir una carrera?
–No. Al día de hoy soy un apasionado del cine. A todo eso se suma que me encanta la publicidad, que era lo que en definitiva quería estudiar. El resto no me llamaba nada.

–¿Cuál fue el primer torneo AAP que ganaste?
–La Copa Padres e Hijos en el 85. Jugaba con papá y mis dos hermanos.

Enseguida se para, entusiasmado. Entra en una oficina y trae un portarretratos. "Mirá, somos Sebastián y yo, debo haber tenido 8 años. Gané el premio al jugador más joven". En la foto se los ve muy pequeños. Tincho con pecas, Sebastián un tanto cachetón. Apoya la foto sobre la mesa, toma asiento de nuevo y prosigue la charla.

–¿Jugaste la Potrillos?
–Sí, tres o cuatro veces. La última vez jugué la final y la perdí.

–¿Te quitaba el sueño jugarla?
Sí, nunca meaba tanto. Era el día del año en que más veces iba al baño. Unos nervios impresionantes.

–¿La Santa Paula y el Juvenil?
–Gané la Santa Paula en el 95, mi último año en el colegio. Y el juvenil en el 98.

–¿Extrañás esos torneos sin presión?
–Yo juego sin presión al polo. El día que la sienta no juego más. Esos torneos eran impresionantes, tenía la misma sensación que me da jugar el Abierto hoy. No había otra cosa más importante que eso.

–¿Cómo es ser uno de los mejores jugadores del mundo?
–No sabía que era uno de ellos. (risas)

–Tenés 10 goles.
–Pero, la verdad, no lo veo ni lo siento así. Creo que lo que hago yo me hace feliz y la gente que está conmigo está conforme con mi trabajo. Como dice Adolfito, te sentís evaluado todos los días que jugás. Si le pegaste mal, si gritaste, si erraste un gol…. Tenés que ser medio perfecto, en el polo.

–¿Te gusta jugar contra Cambiaso?
–Me da gusto porque si le puedo ganar significa que ando bastante bien... Y le he ganado. Siempre quiero aprender de él y ganarle me da satisfacción.

–Tenés un récord que era de él.
–Sí, los 18 goles contra Chapa II, en 2006. Cuando terminé dije "Qué buen programa". Le saqué algo... la tapa del diario (risas). Me da orgullo, porque ¿cuántos años hace que se juega el Abierto? ¿114 años?

–Este año se disputa el 115.
–Tener el récord a los 29 años, digo… Pasé a la historia, con solamente cuatro Abiertos jugados.

–¿Cómo recibiste los 10 goles?
–Sentí un cambio. El ascenso a 10 goles es un premio de la AAP, que te dice que todo lo que hiciste es perfecto y está correcto. Un premio a tu trabajo, a la gente que está con vos. Entonces, ser calificado así te da más diversión y más ganas de seguir mejorando. Y entrás en la historia de los mejores del mundo.

–¿Era tu meta llegar a esa valorización?
–Siempre. Una de ellas era llegar a 10 goles. Estoy superfeliz de tenerlos. El hecho de que mi viejo haya tenido 9 goles y yo 10 me pone muy contento por mí y por él. Dicen siempre que el alumno es mejor que el maestro. El es mi profesor en el polo, así que debe estar contento. Creo que sos un ejemplo para los polistas menores, como los 10 goles fueron toda la vida para mí. Yo, en un 10 goles, veo qué puedo sacar. Y debe haber gente que me está mirando, por eso hay que tratar de estar en posición de ser amable.

–¿Cómo te llevabas de chico con los jugadores de 10 goles?
–Cuando era chico, todos los 10 goles me aceptaron de la mejor manera. Iba a los palenques de Chapa I, de Ellerstina, de todos, para ver qué podía sacar, qué miraban, cómo era estar dos minutos con un 10 goles, qué se dice, qué hacen, cómo estornudan, todo. Asimilé cosas de varios, miraba para aprender.

–¿A quién admirabas y admirás?
–A todos. Con mi viejo fui aprendiendo de más grande. Polísticamente siempre lo escuché, hasta que agarrás un poquito de fuerza y le pegás en el aire. Ahí ya no te importa más lo que dice tu viejo. Pero de más grande empecé a ver videos -como a los 16- y me di cuenta de lo que fue: para mí, un dotado. Los primeros chukkers los jugó a los 19 años. Le prestaban caballos a cambio de lustrar botas. Siempre se convirtió en mi referente de sacrificio y entrega, sin haber visto su talento en vivo. Mi viejo en poquito tiempo tenía 9 goles y debutó en Santa Ana y ganó la Triple Corona. Admiro su forma de andar a caballo. Es impecable, tiene 63 años y los maneja como si tuviera 20. Es anatómico, el caballo ni se entera que el viejo está arriba. Y Pite y Sebastián fueron mis referentes más cercanos.

–¿Qué significan para vos, tus hermanos?
–Lo más grande que me pasó. Gracias a Dios tuve a Pite y Sebastián, que están en su mejor nivel y estuvieron en un nivel extraordinario cuando necesité una guía polistica. Me ayudaron con oportunidades de trabajo, con caballos. Mi primera yegua buena de Palermo fue de ellos. Si yo tenía potencial, ellos fueron mi trampolín para seguir creciendo en mi nivel de polo. Me llevaban a prácticas espectaculares. Eran como la final de Palermo para mí. Bah, eso no, porque nunca la jugué. Siempre estuvieron, están, juegan un huevo y me divierte jugar con ellos, porque usamos el idioma de casa.

–¿Cómo viviste a La Dolfina cuando estaban tus dos hermanos?
–Aprendí mucho de los cuatro. Me aceptaron y traté de ayudar, de ser parte de ellos, y de aprender. Jugué dos partidos: cuatro minutos en Hurlingham, en una final que ganó; y en Palermo, por Sebastián.

–¿Qué planes tenés para este año?
–Voy a jugar en un equipo nuevo, primicia para ustedes (NdR: Hasta el momento de la entrevista era primicia). Jugamos con Marcos Heguy, Sebastián, mi hermano, y Santiago Chavanne. Tenemos 37 goles. Y Pite juega, va a jugar para Chapa II.

Llega Cacho, su padre. Saluda y se ríe. Tiene una herradura en la mano. "Es mía, tiene taco", avisa Tincho. "Ah, porque la iba a tirar", le dice. También regresan de una práctica varios extranjeros. Todos lo quieren saludar, charlar con él, así que la entrevista sigue en la oficina de su caballeriza. Aparecen fotos de Santa Ana y recuerdos de todo tipo. "Che, esta es la oficina de Cacho, ¡tiene sus fotos el viejo!".

–Hablábamos de la disolución de El Paraíso.
–La decidimos entre todos. Paco (De Narváez) se fue bien. Nos dijo que lo habían invitado a jugar con Bautista (Heguy) y que le divertía la idea. Y así decidimos probar otra cosa. Por ahí es un año de transición. No descartamos volver a jugar juntos. Es bueno abrir, para el polo en general, cambiás un poco el aire.

–¿Cómo fue la propuesta del nuevo equipo?
–Se habló de que nos abríamos y por suerte había gente que quería jugar con nosotros. En su momento me llamó Chapa II, pero luego lo llamaron a Pite, que me pareció perfecto.

–¿Qué te dejó El Paraíso?
-Más que agradecimientos. Un apoyo impecable de toda su gente

–¿Y como equipo?
–Pudo haber brillado un poquito más. Le faltó un título. Peleamos dos semifinales de Palermo; y nos ganó dos veces La Dolfina, el campeón. Por el otro camino, tranquilamente hubiésemos estado en la final. El equipo estaba bien montado, bien organizado. Pero eso también te lleva a probar otra cosa.

–¿Le faltó explotar?
–Para mí, rindió bien. La palabra mal no cabe. Pudo haber rendido mejor... ganar un título. O tal vez fue el tope del equipo. Faltó un poco más de continuidad.

–¿La suerte tuvo que ver?
–Paco se rompió durante los tres años, yo me lesioné uno, Sebastián otro y Pite otro. Todos jugamos lesionados en algún momento. Y por ahí nos preguntan: "¿Qué les falto?". Qué se yo, jugar. Mala suerte o no, son cosas que pasan. No sé qué era, mala leche...

–¿Qué polo te resulta divertido?
–El de Chapaleufú I era espectacular. Era ver una mezcla de vértigo, táctica, talento, locura, huevo. Un despelote. Ibas a una final de Palermo y hacías de cuenta que habías visto toda la temporada. Hoy día me gusta La Dolfina, porque están Adolfito y Lucas (Monteverde), con quien compartí mucha cancha.

–¿Para jugarle también?
–Sí, me encanta, La Dolfina es un equipo. Juega para ganar, sabe lo que hace. Muta: si le tirás fuego, se enfría; si llueve, se adapta; si tiene ganas, te gana; si no tiene ganas, pierde. Ojo, no es el más bonito pero en Palermo gana, y es el que más éxito tiene. No entiendo cuando lo critican.

–¿Por qué te quedaste en la temporada de otoño?
–Por la propuesta de Roberto Villa Real, con un contrato a varios años: quiso que me quedara en esta temporada. Y me divierte por varias cosas, una de ellas es estar en mi país.

–¿Te ponés metas?
–Todos los días tengo metas. Cortas y largas. Mi meta deportiva es ganar el Abierto. Me encantaría ganarlo tres o cuatro veces, para que no haya dudas y creo que lo puedo hacer. También estar muy bien montado y ser respetado por mi caballada, la que estoy criando. Y quisiera jugar diez u once años más.

–¿Tu hijo va a ser polista?
–Que haga el camino que quiera. Mi apoyo lo tiene en todo. Si lo quiere lo va a tener, le va a costar, no le voy a regalar nada. Nosotros tuvimos todo pero nos costaba, y así valorás lo que tenés.

–¿Vas a buscar uno más?
–Quizás uno más. Eso se decide de a dos, habrá que preguntar, ¿no?
 

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