LA ULTIMA IMAGEN POLISTICA de Bautista Heguy antes del invierno argentino fue en el Partido Perfecto, el de los 80 goles. Finalizada la entrega de premios, donde recibió por equivocación el premio al goleador, cruzó miradas cómplices con Agustín Merlos. A varios metros, cada uno en una conversación distinta, se miraron, sonrieron, y este último le reprochó a la distancia: “Devolveme mi premio…”. “No, vos ya ganaste muchos”, le contestó Bautista, y ambos largaron la carcajada. Tincho fue la nota de tapa del número anterior de El Gráfico Polo, y ahora el turno es de Bautista, el menor de los hijos de Horacio Heguy.

La mañana está helada en General Rodríguez. Bauti llega en su camioneta a Chapa Uno. Con gorro y lentes, para tapar el frío y los signos de haber madrugado, saluda, e invita a los visitantes a acomodarse en Mal de Amores, el restaurante que da sobre la calle Gonzalo Tanoira, y que tiene también vista a las canchas del club. La parrilla se apronta a abrir. Los que trabajan ahí se alegran de verlo. Pide un café con leche y ofrece. No es la esencia del lugar, pero se lo nota muy contento con él.

–¿Cómo organizás tu vida entre La Pampa y Buenos Aires?
–El lugar donde vivo es La Pampa. Acá vengo a jugar la temporada. La organización de cría está allá. De todos modos, de a poco estoy agrandando el club y con el tiempo, cuando ya dejen de invitarme de afuera, calculo que me radicaré acá. Entre Pilar y La Pampa pasará un poco mi vida.

–¿Cómo es ese proyecto que tenés pensado en Chapa Uno?
–Estoy por construir una casa en un terreno de nuestro nuevo emprendimiento, Chapa Uno Real Estate, que está muy cerquita del club y que tendrá terrenos de aproximadamente 3.000 metros cuadrados, y dos canchas más de la misma categoría de las del Chapa original.

–¿Te cansaste de viajar?

–Es como todo. Invitar te invitan; por suerte hay muchos equipos. ¡En Inglaterra hay 20, si no te invitan a ninguno estás complicado! (Risas). Un poco cansado estoy, pero el año pasado dejé de ir a Estados Unidos y la verdad es que me cambió mucho. Decidí, por mi salud mental, no ir más en esa época porque llegaba septiembre y estaba muerto. Ir sólo a Inglaterra me cambia mucho las ganas, no me fue bien pero jugué con más ganas.

–Tus últimos éxitos en Inglaterra fueron en el 2003, y el año pasado en Francia...
–Es difícil ganar afuera, se tienen que combinar muchas cosas. No sólo es tener un buen equipo; la organización, depende del lugar en el que estés. Es más, hay mucha política interna y hay muchos equipos, y gana uno solo.

–¿Cómo planificaste el inicio de la temporada?
–Me tomé agosto para jugar en el campo, con Marcos, con Horacito y con amigos para probar caballos nuevos. Teníamos que empezar a jugar algunos de los que van a venir a Buenos Aires. Y es la parte divertida del año, que está bueno tomársela. Jugamos en lo de Horacito, que en su casa tiene dos canchas que son buenísimas: el 90 por ciento de las veces son ahí.
 

–Tu hermano Horacio contaba el año pasado que se había cansado de viajar y que la vida de Intendente Alvear era algo que lo divertía realmente.
–Es una vida totalmente distinta. Mientras la podamos aprovechar, está buenísima. Tenés amigos, jugás al polo, te entrenás; es un pueblo chico pero divertido, muy tranquilo, muy seguro, un placer.

INICIOS. A la hora de hablar de los recuerdos, los Heguy –o esta rama de la familia, por lo menos– no son muy sentimentales. Ellos mismos lo dicen. Pero cuando se los interroga, no se incomodan: “Nadie te decía que jugaras, pero no había posibilidades de no hacerlo. De ahí a ser bueno o malo… Desde que me acuerdo, estoy andando a caballo; a partir de ahí, agarrar un taco fue lo más fácil. Llegaba al campo, ensillaba un caballo y salía. En los campos de mi abuelo y de mi viejo era todo polo; pero cuando íbamos al campo de mi madre, en Coronel Suárez, no había caballos de polo. Nosotros somos nacidos en Buenos Aires, donde nos hacían estudiar; pero todas las vacaciones las pasábamos allá en La Pampa”.

–¿Te gustaba ir a Palermo?
–Era lo más natural del mundo; desde que nací hasta que cumplí 10 años, mi viejo ganó ocho veces el Abierto. Ir a Palermo y volver con una copa, era lo más natural.

–¿Qué más te quedó de esa infancia?
–Historias, recuerdos, todo el día arriba de un caballo, con 400 primos. Lo que más recuerdo es haber tenido una infancia espectacular.

El antes y el ahora. Imposible no interrogarlo sobre el mítico Indios Chapaleufú de los cuatro hermanos. Casi todos los jugadores que entrevistamos destacan aquel renombrado equipo. En cada recuerdo, aparece la figura de ese Chapa. “Es un orgullo –afirma– haber integrado ese equipo, haber recibido elogios no sólo por ganar sino por ser un equipo limpio, al que todos le querían jugar en contra. Por momentos, sentíamos que estábamos haciendo algo casi perfecto. Tuvimos partidos en los que rozamos la perfección, sin duda. No le pasa a mucha gente ni a muchos equipos. Hubo partidos en los que Horacito y Gonzalo, que jugaban en el medio, metían 5 o 6 goles de cancha, y Marcos metía otros 4 o 5, y yo que era el delantero metía más, y tiraba los penales. Esos partidos fueron impresionantes. Tenían mucha velocidad. Hoy con el tiempo, después de haber jugado así, es muy difícil tener ese nivel”.

–¿Qué diferencias hay entre ese polo y el de ahora?
–Tienen una diferencia enorme de velocidad, se jugaba mucho más ligero, hoy se corta mucho más. Es esa época era más limpio; ahora es más táctico y técnico al mismo tiempo; hay que tener una enorme habilidad para pararse, y hoy se para mucho más: se enreda el juego. En ese momento, el uso que se le daba al caballo era otro, debía tener una gran velocidad; hoy, a esa velocidad parecés un loco.

–¿Los caballos también son diferentes?
–Se busca otro caballo. Hoy necesitás más explosión; antes no tenías respiro, todos hacían todo.

–¿Y en cuanto a vos mismo?
–A los 21 años, o a los 23, jugaba el Abierto y después de los partidos terminaba con la lengua afuera. Hoy juego, obviamente que también son dos horas y media con la cabeza a fondo, pero termino bien. Incluso en el aspecto físico, ahora es menos exigente que antes. La gran diferencia es el ritmo, esa es la palabra. Antes, no parabas nunca, ahora se busca el foul, hay más respiro. Antes, vos la tirabas para adelante, a la zona. Le pegabas sí o sí porque sabías que uno estaba pasando. Ahora, si no te la pasan al dedo gordo viene el reclamo: “¡Ah, tirámela bien!”. Es más, ahora si no tenés un pase claro por ahí te la quedás, no la pasás.

–Es menos vistoso el polo actual, entonces.
–Sí, mucho menos vistoso. Yo voy a los partidos de Palermo, que son los que normalmente me divierte ver, porque los ves bien de arriba; pero como espectador me aburro. En realidad, no es que me aburre el polo de hoy, me gustaba más el de antes, era más ligero y con más ritmo, esa es la gran diferencia.

–¿Te mirás por tele?
Cuando juego Palermo repaso los partidos para corregir algún error, para mirar algún caballo, ver por qué perdimos un throw-in. Pero no soy muy fanático de verme.

–¿Qué te pareció el cambio de reglas en Inglaterra, la que impide hacer el trencito?
–Ya de por sí el polo en Inglaterra es muy lento. Es el primero de los cambios, que no es malo allá. Por ahí solucionó un poco el juego, lo abrió. No fue malo, pero para allá. A mí, por mi manera de jugar, no me cambió en nada. Nunca me cobraron eso, no soy un jugador que busque bajar el ritmo, al contrario. A todos en algún momento se lo cobraron; a mí, no.

–¿Cómo es tu relación con los otros jugadores?
–No soy amigo, pero no tengo problemas. Hasta la nota que me hicieron en La Nación a principios de este año, no tenía problemas con nadie.

–¿Te molestó la repercusión que tuvo ese reportaje?
–Sí. La nota tuvo comentarios un poco fuertes, pero nunca los dije así. No es que no lo dije; no lo dije así. Algunas cosas las dije con un tono irónico y las usaron para titular. Yo no tengo problemas con los jugadores.

–¿Te referís a la crítica por los 40 goles de La Dolfina?
–Yo tuve la suerte de haber jugado en un equipo de 40 goles. Yo lo comparé, pero era una comparación referida a lo lindo que era ver a la Espadaña o a nuestro equipo. Yo estaba hablando de eso, de lo lindo, no si es mejor o peor. Es por gusto, el que vio los años buenos de Chapa Uno o de la Espadaña, no los compara a la hora de ver a La Dolfina. Nadie les va a quitar los títulos, nadie va a decir que Adolfo Cambiaso no es un crack, o que los otros no son buenísimos jugadores. No estaba diciendo que eran malos. Estaba diciendo que es como comparar a la Selección Argentina de fútbol del 78 con la del 86, son distintas épocas. Pero de ahí a poner en el título “La Dolfina no les llega ni a los talones…”.

–¿Tuviste que dar explicaciones?
–Jugué con Lucas Monteverde; y cuando llegó, me preguntó y le expliqué. Me dijo que estaba todo bien y se terminó. Siempre tuve muy buena onda con él. Se podría haber sentido tocado, y hasta se sintió tocado cuando lo leyó, pero todo bien; jugamos dos meses juntos y tenemos la mejor.

Colgada sobre la barra del restaurante, hay una camiseta de Estudiantes de La Plata. ¿Es tuya, Bauti? “No, de mi socio Pablo, con el que tenemos Mal De Amores.” La trae para las fotos. ¿Sos amigo de algunos jugadores? “No, soy tímido. Voy a la cancha cuando juega contra Boca. He hablado con algunos y todo bien, pero soy un poco corto para esas cosas”.

La nota continúa en las caballerizas, que están detrás de las dos canchas que se ven desde Mal De Amores. Están despobladas. Todos sus habitantes se encuentran en el campo, en La Pampa. Sólo se lo ve al encargado, “Perico”, que, termo bajo el brazo, empieza a convidar amargos.

–¿Cuánto hace que tenés el club?
–Hace rato, pero hace poco que está logrado como club. En 2001, de a poco, fuimos empezando con las caballerizas, las canchas, te diría que esta parte de Chapa Uno ya está lograda y a partir de esto, tengo para agrandar.

–¿Y el club que hay acá al lado?
–El que está pegado es Black Watch.

–Con el que vas a jugar la Triple Corona. ¿Cómo tomaste la decisión de anunciar la separación?

–En ese momento, cuando anuncié eso había tenido una reunión con mis hermanos y no nos poníamos de acuerdo en la forma de seguir. Todos queríamos algo distinto. Nada de peleas entre hermanos; fue una charla, les dije que quería probar otra cosa, y ahí aparecieron propuestas e invitaciones. Me quedé con esta, que es un desafío interesante. Puede salir bien o puede salir mal, pero es un desafío. Lo voy a tomar con toda la seriedad del mundo para tratar de que funcione. Si no, mala suerte.

–¿Se decidió que fueras el vocero de la determinación?
–Nosotros sabíamos que nos separábamos. Me lo preguntaron a mí, me pareció que era algo que debía anunciar.

–¿Y cómo surge lo de Black Watch?
-Nacho Figueras me vino a buscar con una propuesta, porque necesitaba jugadores de alto hándicap. El ya tenía caballos, todo organizado y le faltaba completar el equipo.

–¿Vino solo?
–No, él ya había hablado con Matías MacDonough y me junté con ellos. Terminé aceptando jugar este año en su equipo, y vamos a ver qué pasa.

–¿Y Paco De Narváez, cómo aparece en todo esto?
–Yo lo fui a buscar a Paco. Ya había hablado con él, con la idea de hacer un equipo con dos chicos de 7 goles, más jóvenes. Cuando lo estaba pensando aparece esto, invitaciones de otros equipos, con Marcos, sin Marcos, un montón de llamados. Después de largas charlas quedamos en probar este año.

–¿Son ciertos los rumores de que podías llegar a jugar con Cambiaso?
–Hubo llamados, hubo charlas, pero quedó en la nada.

–Era el sueño de todo Palermo, ustedes dos juntos.
–Bueno, estuvo cerca, porque hubo charlas. Yo tenía la idea de separarme y una de las mejores opciones era ir a La Dolfina, una buena posibilidad.

–¿Cómo es pasar de un equipo de 37 goles a uno de 34?

–Creo que todos los cambios son buenos en algún sentido, te motivan. No quiere decir que me vaya bien este año. Pero es un cambio, un poco de aire sirve, estaba muy desgastada la relación adentro de la cancha entre nosotros, entre los hermanos. Entre Marcos y Horacito, que nunca se llevaron bien adentro de la cancha… hasta me hartaban. (Risas) Que sigan discutiendo lo mismo que discutían en el 90, después de 20 años jugando juntos… ¡Aguanté 18 años! (Otra vez risas) Era más por eso, por tener una nueva motivación por tus compañeros.

–¿Qué va a pasar con los fanáticos de Chapa Uno, cómo se irán a dividir?
Y… No sé, habrá que esperar hasta Palermo. Y ver para qué lado van a hinchar, pero es difícil saberlo.

–¿Cómo llegás de caballos, para la temporada?
–De caballos, si no pasa nada raro, tendría que estar muy bien. El año pasado se me confirmaron un par de yeguas de mi cría para jugar, ya están para dos chukkers. Estoy contento.

–¿En qué etapa de tu vida te encontrás, como polista?
–Polísticamente, me siento muy bien. Yo creo que el cambio de jugar con jugadores con ganas, que te van a motivar para que juegues bien, me va a ayudar a estar lo mejor posible adentro de la cancha. Lo que más me faltó durante estos últimos años era un poco de motivación extra. Si yo estoy desgastado, imaginate Horacito o Marcos.

–¿Te enfrentaste ya con tus hermanos?
–No, nunca. ¿Querés saber cómo va a ser jugar contra Marcos?

–Sí.

–Nos peleamos bastante cuando jugamos en contra, en los torneos en La Pampa. Así que, vamos a ver.

Van concluyendo las preguntas. Es hora de retratarlo, pero ya nos avisó que no le gustan mucho las fotos. “Al principio de mi carrera hice muchas producciones y me acobardé”, confiesa, mientras posa y toma mate.

–¿Es una meta mantener los 10 goles?
–Nunca pensé en llegar y nunca pensé en mantenerlos. Ojalá los mantenga, pero porque yo sienta que estoy jugando 10 goles.

–Pero, ¿te gusta tenerlos?
–Nunca los tuve en cuenta; sé, porque soy muy autocrítico, si jugué bien o mal. Si me quieren bajar no hay problemas, está todo bien. Hubo años en los que me podrían haber bajado, otros que se comentó que bajaba y para mí había jugado muy bien. Es una decisión de la comisión de hándicap.

–Sos el que más años hace que tiene los 10 goles sin interrupciones, desde 1991 nunca te bajaron.
–Je, pero sin querer. Siempre tratás de jugar bien, pero no es algo que vos pensás, vos querés ganar. Nunca es para mantener el handicap.
 

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