The River Plate Polo Championship Cup fue el primer nombre del Abierto Argentino de Polo, cuando, en 1892, se decidió que ya era hora de que el polo de nuestro país –por más que fuera jugado mayormente por ingleses– contara con un gran campeón anual. Así, The Polo Association of the River Plate puso el primer ladrillo para lo que desde hace años es el torneo más importante del mundo y el que consagra al campeón más prestigioso de cada temporada. El primer partido de polo jugado en la Argentina del que se conserva registro fue un enfrentamiento entre Campo y Ciudad, disputado en la estancia El Negrette, propiedad de David Shennan, en la localidad de Ranchos, a 150 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires. No se sabe mucho más de aquel partido, sólo que los jinetes eran ingleses y –agrega la leyenda– que a falta de bochas de polo, muy útil les resultó una bola de billar. El noroeste de Buenos Aires, con Hurlingham como centro, y el sur de Santa Fe eran las regiones poleras más fuertes en el nacimiento del deporte en el país. La cantidad de jugadores y de clubes crecía rápidamente, y eso fue lo que aceleró la creación de una entidad que organizara y rigiera la actividad; el paso siguiente fue dar a luz al torneo que definiera al mejor equipo del país. La primera edición de The River Plate Polo Championship Cup se disputó en 1893 y tuvo dos finales. Para evitar quejas y celos, se decidió que se jugara una en el Hurlingham Club y la otra en Cañada de Gómez. Lo que no se pudo discutir fue la categoría del equipo de Hurlingham, que se quedó con los dos partidos decisivos y con el primer trofeo. Además quedó como sede permanente para el Abierto Argentino, hasta 1928, cuando se inauguró el Campo de Polo de Palermo. En esas primeras décadas del siglo pasado ya se armaban clásicos de dientes apretados y se gestaban dominios que duraban varios años. Hurlingham, aquel primer campeón, repitió el festejo varias veces. Después, entre 1904 y 1917, North Santa Fe se quedó con ocho títulos de la mano de Juan Traill, el primer jugador que alcanzó los diez goles de handicap en la Argentina. El propio Traill ganó dos campeonatos más, uno con Las Rosas y otro con Hurlingham. Los nombres de Traill, de Luis Lacey (un canadiense que también llegó a 10 de handicap), de Hugo Scott Robson, de Enrique Padilla eran muy conocidos entre los que seguían los deportes en la Argentina. La medalla dorada conseguida en los Juegos Olímpicos de París 1924 también le había dado un impulso importante. El polo era muy convocante y sus figuras eran reconocidas. Y para contribuir al crecimiento de la actividad, la inauguración del Campo Argentino de Polo fue fundamental. La cita palermitana de los fines de año era ineludible para los que habían quedado enamorados del deporte de los caballos. A partir de la decada del 30, empezaron a aparecer nuevos equipos que dominaron la escena. Y otros jugadores que marcaron la época. Manuel Andrada, uno que no llegó a 10, pero que jugaba como si tuviera esa calificación, fue una gran estrella. Ganó seis abiertos con cinco equipos diferentes: Santa Paula (1930 y 33), La Rinconada (31), Tortugas (35), Los Indios (38) y El Trébol (39). Y también fue importantísimo en la obtención de la segunda medalla dorada para el polo argentino en los Juegos Olímpicos de 1936. A la década del 40 se la repartieron entre El Trébol y Venado Tuerto. Los Duggan y los Menditeguy, por un lado, y los Cavanagh y los Alberdi, por el otro. Fue un clásico especial, que tuvo como curiosidad que en uno de los campeonatos ganados por Venado Tuerto, el de 1947, Luis Duggan ocupó el lugar de Roberto Cavanagh en la formación, por lo que obtuvo el trofeo con ambos equipos. Y en 1951, sumó su último título, pero ahora jugando para Los Pingüinos. La popularidad del duelo fue tan grande que los polistas aparecían en las figuritas que coleccionaban los chicos junto con las de sus ídolos del fútbol. Al año siguiente se produjo la segunda conquista de la historia de Coronel Suárez. La primera había sido en 1934, pero entre 1952 y 1981, con distintas formaciones, el equipo ganó veinticuatro títulos en Palermo, con diez consecutivos (del 61 al 70). El gran rival de esa época fue Santa Ana, aunque la diferencia de títulos fue abrumadora; de hecho, se enfrentaron en diecisiete finales, con catorce victorias para Coronel Suárez. El clásico fue más fuerte todavía que el de El Trébol y Venado Tuerto. De todos modos, más allá de la pasión por unos u otros colores, lo que era indiscutible era la categoría de Juan Carlos Harriott (h), el mejor polista de todos los tiempos. Era como hablar del mejor Maradona o de Monzón en su plenitud. Admirado, idolatrado, respetado por todos, incluso por los que lo sufrían dentro de la cancha o desde las tribunas. Aunque no estaba solo, Juancarlitos. Con Horacio y Alberto Heguy y Alfredo Harriott fueron prácticamente imbatibles. Fue una época maravillosa para el polo nacional. Porque también estaban Francisco y Gastón Dorignac, Daniel González, Héctor Merlos, Gonzalo Tanoira, Guillermo Gracida, Francisco de Narváez, Benjamín Araya… Sobraban los cracks, y era tan alto el nivel que un equipo como Mar del Plata, con el talentoso Tanoira como arma fundamental, se quedó con la ganas de levantar el trofeo de Palermo a pesar de que hubiera podido ser campeón en cualquier otro momento. Pero le tocó cruzarse con Coronel Suárez y con Santa Ana y debió conformarse con ser el campeón sin corona. Vale destacar que a Tanoira le quedó el récord de haber sido el único 10 de handicap argentino que se retiró sin poder ganar el Abierto Argentino. El jugador emblemático de la década del 80 fue Gonzalo Pieres, el cerebro de La Espadaña, que ganó las ediciones del 84, 85, 87, 88, 89 y 90, de Palermo. Junto a su hermano, Alfonso, se repartían la mitad de la cancha, mientras que Carlos Gracida y Ernesto Trotz (h) completaban un equipo demoledor. Al mismo tiempo iban pegando sus primeros tacazos en el más alto nivel los hijos de Alberto Pedro y de Horacio Heguy: los primos ya avisaban que llegaban decididos a hacer mucho ruido en los 90 y en el inicio del nuevo siglo. Y el otro gigante que asomaba era Adolfo Cambiaso (h), el hombre que nació gritando goles. Adolfito fue creciendo justamente al lado de Gonzalo Pieres y juntos conquistaron tres Abiertos (1994, 97 y 98) con la camiseta de Ellerstina, acompañados por Mariano Aguerre y Carlos Gracida, en el primer campeonato, y Bartolomé Castagnola, en los otros dos. Esas lujosas formaciones de Ellerstina se metieron en medio de los enfrentamientos entre los primos Heguy. Indios Chapaleufú I, el de los hijos de Horacio, fue el primer equipo campeón formado por cuatro hermanos, en 1991. Y repitió en el 92, 93, 95 y 2001. Ese último título, ya con Aguerre en el equipo, cubriendo la ausencia de Gonzalo. En realidad, Chapa I había ganado su primer torneo en el 86, con Marcos, Gonzalo y Horacio, acompañados por Alejandro Garrahan. Indios Chapaleufú II gritó su primera conquista en 1996, ganándole la final a Chapa I. Esa tarde hubo siete Heguy en la cancha, y Alejandro Díaz Alberdi completó la lista. Los herederos de Alberto Pedro volvieron a quedarse con Palermo en el 99, 2000 y 2001. La última imagen, la de 2003, volvió a ser la de cuatro hermanos subidos a lo más alto del podio. Hace un año fueron los Novillo Astrada, que completaron la Triple Corona en una temporada que habían soñado durante mucho tiempo. Ahora, es tiempo de que se concreten otros cuatro sueños. Palermo espera l
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nicolasayalaLes doy 20 pesos por el grafico especial de boca campeon de la libertadores 2007
14/03/2009 08:44 hs
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