Louis Lawrence (con los años pasó a ser simplemente Luis, pero el otro era el nombre que figuraba en su partida de nacimiento) Lacey corría despreocupado por el humilde andén de la igualmente humilde estación de tren. Jugaba con su hermano mayor, Charles Frederic, mientras su madre, Martha, cuidaba al benjamín de la familia, Eustace Leonard, y papá William se esforzaba por adivinar en el horizonte los límites del flamante Hurlingham Club de Buenos Aires. Mr. William –un ex jugador de cricket inglés– había sido contratado por los fundadores de la institución para que desarrollara los distintos deportes que pretendían ofrecerles a los socios. Lo que no sospechaba Lacey era que en ese campo su hijo Luis se convertiría en uno de los mejores polistas de la historia.

No era fácil llegar desde el acotado centro porteño hasta esa zona del noroeste que pertenecía catastralmente al partido de Morón. El tendido de las vías férreas era reciente, pero el ferrocarril todavía no había inaugurado el servicio. La opción, entonces, era un tranvía tirado por caballos o mulas que partía desde Rivadavia y Medrano y que llegaba hasta Zárate. El recorrido completo demandaba seis horas, como mínimo, para cubrir esos 107 kilómetros, aunque hasta la Parada Pereyra, la “estación” más cercana al club, se podía tardar entre dos y cuatro horas. Todo dependía del clima y de lo cargado que viajara el convoy, que tenía un vagón de primera clase, con asientos de felpa, y uno de segunda, con asientos de madera. Así llegaron los Lacey al Hurlingham Club por primera vez.

Y, resistentes –además de acostumbrados a ‰ ‰las mudanzas–, eligieron quedarse. En sus dos años y algunos meses de vida, el pequeño Luis había vivido en Montreal, Canadá, donde nació el 17 de febrero de 1887, en Inglaterra, la tierra natal de sus padres, y en la Argentina, adonde se afincó la familia. Y aquí creció, sintiéndose natural de los tres países. Los pequeños Lacey fueron inscriptos en el Buenos Aires School, el colegio en el que se empezó a jugar al fútbol en nuestro país y en el que los apellidos ingleses eran gran mayoría, para que recibieran su educación formal. Aunque la pasión de los chicos, obviamente, era correr por las 300 hectáreas  que habían formado parte de un viejo tambo abandonado que se había transformado en un páramo. La tarea de William Lacey era ordenar los primeros trabajos para que la cancha de cricket, la pista de carreras de caballos y la parquización se pusieran en marcha. En ese ambiente creció Luis, quien rápidamente quedó prendado por todo lo que tuviera que ver con los caballos.

 

Pasión por los caballos

John Ravenscroft, uno de los fundadores y primer secretario del club, se convirtió de a poco en el responsable de la “educación informal” de Lacey, quien fue considerado un jinete excepcional. Las cacerías de zorros –uno de los deportes de moda en la época– que se realizaban por los campos de la zona y llegaban hasta el actual partido de San Martín, fueron una escuela privilegiada para el pequeño Luis. Así aprendió todos los secretos de los animales y lo demostró años más tarde en los campos de juego. Mientras tanto, se conformaba con mirar con curiosidad los primeros partidos de polo que se llevaban a cabo en el Hurlingham Club. Sentado a un costado de la cancha, todavía con pantalones cortos, soñaba despierto con el día que le permitieran sumarse al deporte, que no paraba de crecer en la institución, y que lo tenía fascinado.

Es difícil precisar la fecha exacta del debut oficial de Lacey como polista, pero la mayoría de las crónicas señalan al año 1908, cuando participó de un torneo juvenil con la camiseta de su club. Sin embargo, faltaba para que pudiera formar parte del equipo principal; más allá de que se lo reconocía por su calidad para montar, todavía era chico. Aunque ya empezaba a acumular trofeos, como el que recibió por ganar el Abierto Argentino, que todavía se llamaba Campeonato del Río de la Plata, defendiendo los colores de El Palomar, con su hermano Carlos (Charles, de nacimiento) como compañero.

El crecimiento polístico tuvo una interrupción. Un año después del estallido de la Primera Guerra Mundial, Lacey sintió que su sangre inglesa lo obligaba a viajar a Europa para alistarse como voluntario en el ejército británico. El Regimiento de Caballería King Edward’s Horse lo recibe y por su valor y sus méritos llega al final de la guerra con el grado de teniente primero.

Convencido de que había cumplido con su deber, regresó a la Argentina en el primer barco que pudo abordar: extrañaba las cabalgatas por campos mucho más seguros y –más allá de sus obligaciones en el negocio familiar– estaba desesperado por retomar el taqueo.

En 1919, llegó a la final del Abierto jugando para Chapadmalal, pero cayó frente a Las Rosas. En el Hurlingham Club, de todos modos, se dieron cuenta de que no podían seguir postergando el ascenso de Lacey, y en 1920 y 1921 fue clave para las conquistas de los dos campeonatos. Luis era el back que permitía que Arturo Kenny, Juan Nelson y Juio Negrón desplegaran un polo vistoso y contundente. El club fue el dominador de la década, con seis títulos (1920, 21, 25, 26, 27 y 29) contra tres de Santa Inés y uno de Las Rosas. Luis no participó de la conquista del 26, pero se dio el gusto de compartir equipo con su hermano Eustace Leonard (hacía varios años que era solamente Leonardo para todos sus conocidos) como número 3. y de ganar el último torneo de la década en la cancha número 1 de Palermo.

 

Una gira espectacular

En realidad, la década del 20 fue la más importante desde el punto de vista deportivo para Lacey. En 1922, Luis viaja a Gran Bretaña junto a Juan y David Miles y Juan Nelson como representantes de la Federación Argentina de Polo. Ese conjun-‰ ‰to  se adjudica 18 de los 20 torneos (el Abierto Británico, Whitney Cup y Roehampton Open Challenge Cup, entre otros) que disputa en el Reino Unido y deja muy bien representado al polo nacional. Los mejores equipos locales se rinden frente a la inmensa categoría de ese cuarteto de hombres que había cruzado el Atlántico para brindar cátedra. En las islas, hasta ese momento, no había muchas noticias acerca de cómo había crecido el deporte en nuestro país. El interés que despierta el equipo motiva una invitación para que viajen a los Estados Unidos, donde también ganan el Abierto al derrotar a Meadowbrooke por 14 a 7. También juegan tres partidos –pierden dos por mínimo margen y ganan el restante– contra el formidable equipo Big Four, integrado por Webb, Milbur, Stevenson y Tommy Hitchcock.  

En Inglaterra habían quedado asombrados por la calidad y la potencia de Lacey, a quien la Hurlingham Polo Association le otorga los 10 goles de handicap. Además, aprovechan para convocarlo para que representara a equipos británicos en diferentes competencias internacionales. En 1924, con Lacey manejando la batuta, el combinado inglés derrota a los estadounidenses en la tradicional Westchester Cup. Claro, no había forma de que desaprovecharan a un crack impresionante como él, que los había deslumbrado a pesar de su cuerpo de apariencia frágil.

 

Que no sople el viento...

El flaquísimo Lacey llamaba la atención antes de los partidos. Los que no lo conocían, le aconsejaban que no aceptara los desafíos por temor a que pudieran lastimarlo. Pero en cuanto la bota tocaba el piso por primera vez, Luis desplegaba toda su gracia para cabalgar y su enorme potencia para llevar a sus equipos hacia delante. En la Argentina, era muy fuerte la comparación con Manuel Andrada, el otro supercrack de las décadas del 20 y del 30. Físicamente eran el día y la noche: Andrada era un morocho macizo, de un pecho anchísimo y brazos que parecían columnas. Lacey, como queda dicho, daba la sensación de que se podía volar con un viento fuerte. Brillaban con sus estilos diferentes y generaban pasiones entre los que seguían los partidos de polo.

Un año antes de que comenzaran los Juegos Olímpicos de París de 1928, Lacey recibe citaciones formales que le ofrecían representar a la Argentina y a Inglaterra en la gran cita deportiva mundial. Sin poder decidir, opta por quedarse sin participar para no tener que enfrentar a ninguno de los dos países. No lo hubiera soportado, porque más allá de estar afincado en la Argentina, pasaba largas temporadas jugando al polo en Inglaterra y había forjado amistades muy fuer-‰ ‰tes dentro y fuera de las canchas. El rey de España, Alfonso XIII, y el príncipe de Gales, Eduardo de Windsor, fueron algunas de las personalidades de la época que no resistieron la tentación de jugar al polo en el mismo equipo que Lacey. Es que además de brillar en los campos de juego, Luis era un invitado sumamente agradable y tan generoso como para compartir todos los secretos que sabía del polo.

Por eso fue considerado un maestro de jugadores. Ya en la década del 30 estuvo más dedicado a desarrollar esa capacidad instructiva más que a esforzarse por brillar en la alta competencia. Casi como despedida deportiva, a los 50 años, se regaló el Abierto Argentino de 1937, otra vez con la camiseta del Hurlingham Club. Eduardo Rojas Lanusse, Juan Nelson y Roberto Cavanagh completaron el equipo que logró una victoria tan merecida como emotiva. Tan fuerte era la imagen de Lacey en aquel momento para la sociedad argentina que el presidente de la Nación, Agustín P. Justo, se aseguró la posibilidad de saludar al capitán del equipo en el podio. Fue el último trofeo grande para Lacey y el último título nacional para el Hurlingham Club. Se cerraba una etapa en el polo argentino y los homenajes al crack del equipo se multiplicaban.

En la edición del jueves 30 de diciembre de aquel año del diario La Nación aparecía la crónica de una fiesta brindada en honor de Lacey en el hotel Alvear, adonde habían acudido los mejores polistas del momento para hacerle un reconocimiento a su trayectoria. Una larga ovación actuó como telón para una carrera impecable. Lacey murió en Buenos Aires, el 1º de noviembre de 1966 y sus restos fueron enterrados en el Cementerio Británico.
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