Los caballos de polo le quedaban chicos. Al menos esa era la sensación que daba desde lejos cuando Roberto Cavanagh asomaba montado desde los palenques. Y apoyado en ese físico –más de rugbier que de jinete–, marcó una época en el polo. Fue un jugador de potencia, que apabullaba a los rivales al llevárselos por delante. Fue el que intentó los goles imposibles (por la distancia desde la que disparaba sus cañonazos) y el que los convirtió, siempre acompañado por el murmullo entre asombrado e incrédulo del público. Su brazo dio lugar a una definición que quedó como sello por muchos años en el polo argentino: “Pega como Cavanagh” era un elogio que les cabía a pocos. Fue un supercampeón, una de las máximas figuras de este deporte entre mediados de la década del 30 y principios de la del 60.  

Se enfermó de polo y lo vivió con toda la intensidad posible. A los 21 años se colgó del cuello la medalla dorada en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 y a las pocas semanas ganó la Copa de las Américas. Un cuarto de siglo más tarde tenía 10 goles de handicap,  todavía jugaba en el más alto nivel y se quedaba con el Abierto de Hurlingham. Recibía las invitaciones para jugar un partido de práctica o el desafío más importante con la misma pasión: llegaba la batiseñal y Cavanagh ya estaba con el taco al hombro.

Un lunes de abril de 1949, cuando las comunicaciones telefónicas internacionales no eran sencillas y conseguir un vuelo desde Buenos Aires hasta Los Angeles tampoco lo era, Cavanagh se sorprendió con un llamado. “Venite para Estados Unidos lo antes posible –reclamaba Juan Carlos Alberdi entre la fritura de la línea y la ansiedad–, porque la cosa se ha puesto brava”. En realidad, los argentinos que habían viajado para disputar una serie de  juegos se habían sorprendido porque los norteamericanos pretendían hacerlos pasar por válidos para el campeonato mundial. La primera reación de los hermanos Alberdi fue enviar el S.O.S. para que Cavanagh se sumara al cuarteto. Se llevó a cabo –bajo protesta– un primer encuentro, que terminó siendo apenas un entrenamiento.

A pesar de que se lamentó por estar falto de entrenamiento, Cavanagh se desesperó por conseguir lugar en el primer avión que partiera para el Norte. Partió esa misma noche (era un lunes) y a las seis de la mañana del sábado estaba en Los Angeles. Tres horas más tarde se sumaba a la primera práctica del equipo.

La revista Time, en su edición del 18 de abril del 49, destacaba “el arribo a las apuradas de Cavanagh, que ayudó a acabar con los veteranos estadounidenses con un 15 a 10”.

No era ilógico que Venado Tuerto fuera la selección argentina en esa ocasión. Había ganado las cuatro ediciones previas del Abierto Argentino y se entendía de memoria. Juan Cavanagh (primo hermano de Roberto), y los hermanos Enrique y Juan Carlos Alberdi completaban el cuarteto que dominaba el polo en la segunda mitad de la década del 40.

La primera sorpresa para Cavanagh, al llegar a Los Angeles, fue que se estuvieran levantando tribunas alrededor de la cancha en la que se disputarían los encuentros. Sus compañeros le explicaban que el público estaba encantado con el juego de los polistas argentinos y los organizadores querían aprovechar ese renacimiento de un polo estadounidense que estaba en crisis por el desinterés de los espectadores. En el último partido de la serie, cuando el equipo argentino venció a los  locales por 11 a 6, hubo casi 35 mil personas en las gradas. Toda esa gente quedó embelesada con el juego de los gauchos, y en especial con la potencia de Roberto Cavanagh, el líder del equipo dentro de la cancha.

De ese viaje, al número 2 de Venado Tuerto le quedó –además del recuerdo deportivo– la pasión por los vuelos nocturnos en avión. Al ser una de las grandes figuras del polo, en Los Angeles lo invitaban a todas las fiestas y ceremonias que se llevaban a cabo en las casas y los salones más elegantes de la ciudad, pero Cavanagh prefería tomar clases para aprender a pilotear una avioneta. “Estará en el aire”, era la respuesta automática cuando alguien se sorprendía por la ausencia del crack en las reuniones sociales. Luego de un mes de instrucción, Cavanagh decidió que volvería a la Argentina piloteando un pequeño cuadriplaza que había visto en una exposición en Santa Mónica.

Dos semanas tardó en desandar el continente de Norte a Sur junto a un periodista que se animó a  acompañarlo. “El viaje fue magnífico –aseguró–, pero no lo repetiría aunque me dieran una bolsa llena de oro. Después de lo que vimos y pasamos en estas dos semanas entiendo lo que me había anticipado Roberto Montgomery: es una forma muy complicada para matarse”.

 

El coraje lo habia llevado a intentar –y a completar– ese viaje. Ese mismo coraje lo había conducido siempre en el polo, desde el comienzo. A mediados de 1936, la Asociación Argentina había diagramado una gira por Europa que serviría como preparación para el equipo que se presentaría en los Juegos Olímpicos de Berlín. Ese equipo, en el que Luis Duggan, Andrés Gazzotti y Manuel Andrada rodeaban a un jovencísimo Cavanagh, se impuso por 15 a 5 a México y por 11 a 0 a Inglaterra para quedarse con la medalla dorada. La misma formación siguió viaje hacia los Estados Unidos, donde un par de meses más tarde la Argentina –o Los Llaneros de las Pampas como los presentaba la prensa– se quedó con la Copa de las Américas. De algún modo, la consagración internacional de Cavanagh fue anterior a su consagración en las canchas argentinas.

A los 18 años tenía dos golpes de handicap y todas las ganas de crecer en el polo. Amante del campo y de la ciudad de Venado Tuerto, Cavanagh aprendía algo nuevo todos los días, al tiempo que su brazo derecho se iba convirtiendo en un arma cada vez más temible.

La temporada de 1936 fue inolvidable y, como queda claro, la de su despegue absoluto. Aunque tuvo que esperar hasta 1944 para celebrar su primera coronación en el Abierto de Palermo. Dos años antes, a Enrique Alberdi se le había ocurrido la fórmula para cortar la hegemonía de El Trébol (Luis Duggan, Julio Menditeguy, Heriberto Duggan y Charly Menditeguy), que llevaba tres abiertos ganados al hilo (1939–1941): junto a su hermano Juan Carlos, les propusieron a los primos Cavanagh unir fuerzas para contrarrestar el dominio nacional de los de Capitán Sarmiento. Y de esa reunión nació el primer gran superclásico del polo argentino. Hace algunos años, Juan Cavanagh recordaba para El Gráfico aquellos encuentros fundacionales: “Nosotros no estábamos jugando en el alto nivel en esa época, pero teníamos ganas de armar un equipo para jugar el Abierto. Un día, Roberto me cuenta que se había encontrado con los Alberdi y de que Quito (Enrique) le había comentado que tenía ganas de hacer algo parecido. Al final de esa temporada empezamos a juntar los caballos”.

La idea original era jugar con la camiseta de Coronel Suárez (la que defendían los Alberdi) y con el nombre de Venado Tuerto (de donde llegaban los Cavanagh). Sin embargo, se mantuvo la marrón original del equipo de la ciudad santafesina. Todo eso era parte de las negociaciones y de las discusiones; sobre lo que no hubo ninguna duda fue acerca de la manera de jugar. Apoyados en la potencia de Roberto, el equipo se convirtió en el contrapeso exacto para El Trébol.

 

La primera final que los enfrentó, la del 43, quedó para los Duggan y los Menditeguy. Pero entre 1944 y 1950, Palermo fue posesión exclusiva de los Cavanagh y los Alberdi. En realidad, Roberto –lesionado– no estuvo en la conquista del 49, cuando fue reemplazado justamente por Luis Duggan.

Con la premisa de llegar a los mimbres rivales en la menor cantidad de golpes posibles, el número 2 de Venado era fundamental, porque siempre tenía el brazo derecho dispuesto para lanzar bochazos desde donde encontrara la bocha. El duelo entre los equipos había generado hinchadas en el polo argentino. Divididos como si fuera un Boca-River, los hinchas de Venado Tuerto (más cercano por estilo a Boca) deliraban cuando veían a la bocha atravesar el cielo palermitano.

Charly Menditeguy, el lírico, el que siempre buscaba la jugada lujosa y que despertaba la admiración de la otra mitad de la tribuna, lo definía así: “Roberto levantaba la vista y no andaba con vueltas: tiraba directo al arco sin importarle lo lejos que estuviera”. 

Recién en 1954, con cuatro abiertos, una medalla dorada olímpica, un campeonato mundial y dos copas de las Américas en el bolsillo y con el eco de los reclamos de gran parte del polo argentino, Cavanagh recibió la máxima valoración. Acababa de perder la final de Palermo frente a El Trébol, pero pudo celebrar a lo grande al año siguiente cuando Venado Tuerto ganó su último Abierto Argentino, con la formación original completa.

 

Lo de la demora en entregarle los diez goles de handicap no era una queja caprichosa de jugadores y fanáticos. En el cierre de la temporada de 1949, Cavanagh era una de las mayores figuras del deporte argentino y recibía el reconocimiento internacional. En enero del 50, un cable de la agencia de noticias AP informaba que la Helms Athletic Association de los Estados Unidos había elegido al argentino como el mejor deportista sudamericano del año anterior. Compartía el honor con el velocista Melvin Patton (mejor deportista de Norteamérica) y el fondista checoslovaco Emil Zatopek (el más destacado de Europa).

En Estados Unidos no sólo había quedado firme la imagen de un Cavanagh colosal en las canchas de polo de California, si no también la del número 2 del seleccionado argentino que ganó el campeonato mundial en Palermo, frente a México y los Estados Unidos.

Así lo relataba Don Juan Manuel en la edición 1584, del 16 de diciembre del 49, de El Gráfico. Ante los mexicanos “el mismo Roberto Cavanagh, todavía un tanto fuera de juego por el descanso forzado que le impuso su reciente lesión en una pierna, fue por momentos un alud incontenible, cuya eficacia casi legendaria sólo empañó a veces cierta tendencia a pifiar tiros fáciles. Valga como compensación su acierto para empalar los mas difíciles y, sobre todo, esos dos goles espectaculares que marcó en el quinto y en el séptimo período. Aquel, a bastante más de 100 yardas de los postes, ya que Roberto se hallaba a la altura de las 80 yardas, pero sobre las tablas cuando lanzó su formidable shot por debajo del pescuezo. El segundo, mediante un backhand aplicado en una posición imposible para otro que no fuera el insuperable número 2 de la selección argentina”.

Una semana más tarde, el equipo nacional vencía al de los Estados Unidos por 11 a 5 frente a casi 40 mil personas (al menos eso aseguran las crónicas de la época). Don Juan Manuel se refería a la actuación de Cavanagh de esta manera: “…Tal vez influyó en ese desempeño el hecho de que Roberto Cavanagh, con todo siempre peligroso y efectivo, no lograra jugar con la rapidez y el ajuste imprescindibles para que todo el mecanismo del cuarteto pudiera accionar con la suavidad que brinda una perfecta lubricación. Pero a trueque de esa fastidiosa imprecisión momentánea, qué de satisfacciones brindó Roberto por su decisión y puntería frente al gol”.

 

Los diez goles de handicap llegaron tarde, pero se los mantuvieron hasta 1961, cuando dejó de jugar en la alta competencia.  Un año antes, se dio el gustazo de ganar el Abierto de Hurlingham con una formación que no estaba en los planes de casi nadie. Los hermanos Dorignac (Francisco, Marcelo y Gastón) invitaron a Cavanagh a sumarse a Santa Ana y armaron un equipo arrollador, que avanzaba como un tanque de guerra por las canchas. Cuando Santa Ana ganó su primer Palermo, en el 71, Ricardo Frascara repasaba la historia del equipo en la revista y señalaba: “La alianza con Roberto Cavanagh, un maestro del polo fuerte, de pegada larga, lanzó a los Dorignac hacia un terreno que les era propicio: el del pechazo duro, del tacazo capaz de hacer volar la bocha más de media cancha. Verlos sin sufrir era imposible: es que formaban un equipo impetuoso, casi suicida… En el medio, Roberto gritaba, dirigía, más que eso, exigía”.

Santa Ana nació como un equipo potente, con un sello inconfundible. Después de una caída del caballo en el campo, Cavanagh tuvo que dejar el polo. Era 1961. Habían sido muchos años de esfuerzo, pero la relación con el deporte no se iba a terminar ahí. No podía terminarse así.

Hizo otro aporte importante a la historia del polo argentino, más allá de que él prefería restarse crédito. En 1980 tenía previsto viajar a San Antonio, Texas, para asistir como espectador a la Copa de las Américas, pero lo sorprendió la noticia de que su primo Juan no podía ir como entrenador del equipo, tal como estaba planeado. Le pidieron a Roberto que se encargara del asunto y aceptó gustoso.

El equipo que iba a jugar contra los estadounidenses estaba formado por Alberto y Horacio Heguy y Juan Carlos y Alfredo Harriott, es decir, el multicampeón Coronel Suárez. Un año antes, ese mismo cuarteto había retenido el trofeo en Palermo. “Yo no les voy a enseñar nada… son excelentes deportistas –explicaba Cavanagh antes de viajar–. Saben cuidarse y además no tienen defectos en lo humano. Me parece que debo ser algo así como un árbitro de conversaciones en que se hará la crítica constructiva y razonada de lo que vaya pasando”.

Con la enorme humildad de un gigante en todo sentido, agregaba: “Además, me corresponde encargarme de un sinnúmero de pequeños y grandes detalles para que ellos estén tranquilos y sólo piensen en lo que harán en la cancha”. Esos desafíos (partido y revancha) marcarían el retiro del polo de alto handicap de Juancarlitos Harriott, el mejor polista de todos los tiempos, quien además era el yerno de Cavanagh, ya que el crack de Coronel Suárez se había casado con Susana Cavanagh.

En la previa, el técnico había anticipado que el seleccionado “no tiene rivales. Si perdemos, tendremos que volver por el Uruguay, los otros por La Quiaca y los que queden, por Tierra del Fuego”. La Argentina ganó los dos partidos (18-6 y 16-6) sin problemas y todos regresaron tranquilamente por el Aeropuerto de Ezeiza.

 

Cavanagh pasó sus últimos años en Venado Tuerto, en el campo. Murió el 15 de septiembre de 2002, a los 87, en la estancia La Chispa. El polo argentino le rindió homenaje al hombre que ganó todo: trofeos de todos los colores y el reconocimiento del mundo.
0 comentarios

mensaje

Te quedan 500 caracteres
PUBLICAR