La noticia resonó en la redacción como un balazo en la oscuridad. Había muerto Gonzalo Tanoira, presidente de la Asociación Argentina de Polo. Tenía 60 años. Mientras era sometido a una intervención quirúrgica por una lesión lumbar, en la Clínica Mater Dei, sufrió un infarto. Fue el viernes 18 de diciembre de 2004.

El periodista encargado de escribir su necrológica comenzó a abrir viejos y nuevos recortes en la soledad de la redacción. Prendió un cigarrillo y empezó a hurgar en antiguas fotos en blanco y negro. Se encontró con un hombre de 26 años al que la vida parecía sonreírle: una melena rubia desordenada con orden, una sonrisa franca, la ropa informal. Congelado en esa foto blanco y negro, estaba Gonzalo, allá por diciembre de 1970. Por esos tiempos, era el quinto diez del polo actual y según constaba en El Gráfico, también era “El hombre del año”, en una  nota firmada por Daniel Frascara. Desde hacía unos días, en aquel diciembre, había pasado a ser 10 de handicap y entrado en un quinteto –todos argentinos– de grandes jugadores, reconocidos todos ellos como la elite del polo mundial. Junto a Horacio Heguy, los hermanos Dorignac y, por supuesto, el gran Juan Carlos Harriott, ahora se instalaba este hacendado de mirada diáfana y pose sin almidones. Desde 1965, cuando apareció con su equipo, Mar del Plata, su figura había crecido rápidamente, sin discusiones, a fuerza de talento. Sin embargo, él renegaba de su figura excluyente: “No es éste mi mejor año, es el del equipo; es un grupo de amigos en el que no hay figuras, y aunque digan que el puesto de número 3 es el de mayor responsabilidad, yo prefiero decir que, en realidad, jugar de 3 es fácil. Para mí, lo difícil es jugar de 2, porque tiene que estar corriendo para arriba y para abajo siempre, marcando siempre, sacándole hombres al 3. Sí, ser número 2 es complicado de verdad. Mi hermano Jorge juega de 2, y anduvo muy bien durante toda la temporada. Pero también estuvieron, bah están, en realidad, Goti y Juan José Alberdi, por eso digo que somos un equipo, queremos formar una organización, como Coronel Suárez. Para eso buscamos tener mejores caballos, entrenar mejor, ser mejores en general. Por supuesto que los caballos son importantes, son lo más importante. Nosotros –digo, los Tanoira– mandamos los nuestros a Tandil, al campo de Goti, mientras que los de Alberdi van a Coronel Suárez. Allí descansarán un par de meses, porque tenemos que empezar a trabajar entre marzo y abril, aunque la temporada empiece en octubre... No es nada sencillo. Primero, hay mucha gente detrás, incluyendo petiseros, herreros, herradores... Cuando llega la temporada, entre 7 y 12 caballos por jugador bajan a Buenos Aires y de esos, cuatro o cinco llevarán el peso de la actuación de su jinete... Nosotros, como todos, nos preocupamos mucho por los caballos...”

El periodista recorrió con sus ojos el ámbito que lo rodeaba, casi a oscuras. El silencio sólo interrumpido por algún peón de limpieza. Se frotó los ojos, pensó que tenía tiempo para buscar más datos antes de escribir el artículo, subrayó con lápiz una frase del recorte (“Mar del Plata es un grupo de amigos. No hay figuras”) y trazó un círculo alrededor de un dato: “Sigue siendo el mismo que hace cinco años, cuando tenía exactamente la mitad de handicap: 5”.

Sí, aquel hombre que era 10 en 1970, a los 26 años, lucía en la foto sonriente y distendido, la vida parecía sonreírle...

 

Se levantó, dio una vuelta alrededor del escritorio, prendió un nuevo cigarrillo (¡Por suerte no había nadie, podía pitar a gusto!) y sus dedos recorrieron una fotocopia mal conservada, pero legible al fin. Tras leerla con detenimiento, la dejó a un costado, pensando “Esto va a servir para una ficha, está bueno”.

La fotocopia indicaba que Gonzalo había nacido el 24 de junio de 1944. Hijo de Jorge Tanoira y Susana Graziosi, estaba casado con Luisa Miguens Bemberg, con quien tuvo cinco hijos: Gonzalo, Javier, Bárbara, Leonor y Santiago. Su 10 de handicap se mantuvo entre 1970 y 1983. Jugó un total de 26 veces el Abierto de Palermo, en la mayoría de los casos para Mar del Plata, su equipo de toda la vida; aunque tuvo participaciones representando a Coronel Suárez y a Pilarchico. En Tortugas fue campeón cuatro veces, tres con Mar del Plata (1979, 1981 y 1982) y una con Suárez (1983). En Hurlingham, fue cinco veces campeón: dos con el seleccionado argentino (1966 y 1969), dos con Mar del Plata (1970 y 1980) y una con Suárez (1984). En mayo de 2001 asumió como presidente de la Asociación Argentina de Polo y su mandato se extendía hasta mayo de 2005. “No pudo ser”, se dijo el cronista releyendo los datos. “Murió en diciembre de 2004, y por lo que parece, no le gustaba mucho ser dirigente. Había nacido para jugar”.

Sentado nuevamente al escritorio, volvió a 1970, a otro recorte, esta vez con un reportaje a los dos hermanos, Gonzalo y Jorge, el amarillento original de “La Nación” le permitió leer más frases, más conceptos. Saber más acerca de ese muchacho al que la vida parecía sonreírle...

Tras el triunfo en el campeonato de Hurlingham y la obtención del campeonato argentino –el recorte era también de diciembre–, decía Gonzalo: “Emparejamos nuestro ritmo. Antes le hacíamos partido a un equipo grande y a lo mejor las cosas nos salían mal contra uno al que teóricamente debíamos ganarle con facilidad. Mar del Plata ha rotado mucho en la cancha, pero básicamente lo considero una fuerza ofensiva, que siempre tiene a tres jugadores netamente en ataque y a uno en defensa. No preparamos los partidos. Puede ser que algunas jugadas parezcan preparadas, pero en realidad salen así porque entre nosotros nos conocemos perfectamente entre nosotros, así que cuando uno tiene la bocha, los otros tres sabemos qué va a hacer... O por lo menos, qué pretenderá hacer”.

Su hermano, Jorge –que por entonces tenía 29, tres más que Gonzalo– brindaba otros detalles. “No es que exista un propósito de entrenamiento. Alguna vez intentamos hacer gimnasia y pesas tres veces por semana, y no caminó. Pero, por ejemplo, y sin habernos propuesto nada, ninguno fuma. Por otra parte, nosotros dos jugamos mucho squash y en Hurlingham nos entreveramos con la pelota a paleta o el tenis”.

Ambos también aceptaban tener otros gustos en común, como pilotear aviones, pescar truchas en el sur. “Y, por supuesto, jugar al polo”, decían ambos.

Es cierto, la vida parecía sonreírle a Gonzalo.

UNA NOTA BREVE llamó la atención del periodista. Aparecía en medio de papeles y fotos. La tomó entre los dedos y la acercó un poco a sus ojos (“Me parece que voy a tener que usar anteojos para leer”) y recorrió la noticia: “Después de jugar veinte años en Coronel Suárez, Alberto Heguy, su número dos, se alejó de su equipo. Y será reemplazado nada menos que por Gonzalo Tanoira, 10 de handicap, ex capitán de Mar del Plata, conjunto que se disolvió a fines de la última temporada”.

El hombre miró la fecha del recorte: viernes 4 de marzo de 1983. La nota agregaba, entre otros detalles, que Coronel Suárez –subcampeón argentino– contaría con los dos únicos número 10 de handicap en el polo argentino de ese momento: Tanoira y Alfredo Harriott, capitan del conjunto.

Para aquel entonces, la figura de Gonzalo ya estaba anotada en la historia, al haber sido uno de los ocho que jugaron “El Partido del Siglo”, el 1° de noviembre de 1975, cuando formando parte de El Trébol, vencieron 7-6 a Venado Tuerto.

Tras su debut en Coronel Suárez, contaría Gonzalo: “Me sentí raro al usar por primera vez la casaca de Coronel Suárez, no se puede dejar de sentir cierta nostalgia, después de 18 años de jugar para Mar del Plata, pero ésta es otra etapa. Me voy a tener que adaptar a jugar de 2, es un puesto complicado, lo dije siempre. Además, yo me mentalicé durante 20 años a jugar de 3 y tengo que reubicarme en una función que es la más complicada del equipo”. Y, cuando le preguntaron si pensaba en el retiro, su respuesta fue muy directa: “Dejaré de jugar cuando no me divierta más o cuando me venga muy abajo”.

El hombre acercó una vez más el papel a los ojos y subrayó el dato: por ese entonces, Gonzalo tenía 38 años, llevaba 13 con el número 10 y, sin embargo, nunca había podido ganar el Abierto de Palermo.

El cronista volvió a mirar la foto: sí estaba más grande Gonzalo, se notaba, pero también había en esa expresión sonriente la sensación de que tenía mucha vida por delante.

 

Aunque Gonzalo empezó a jugar a los 19 años y, a los 20 debutó en el Argentino Abierto con Mar del Plata, el equipo que sería parte de su vida y su trayectoria; aquellos tiempos iniciales lo encontraron junto a Alex Mihanovich, su hermano Jorge y Alfredo Goti. En 1982 pasó a Coronel Suárez. Se retiró en 1990, en Pilarchico, junto a Lalor, Badiola y Zubía. Tras haber formado parte de aquel histórico “Partido del Siglo” en 1975, también tuvo lo suyo en el extranjero. En 1977, jugando para Chapaleufú, obtuvo en los Estados Unidos la World Cup en Oak Brook, junto a Alberto Pedro Heguy, Juan José Alberdi y Alfredo Harriott.

Tres años después, en abril de 1980, cuando tras jugar la World Cup en el Palm Beach Polo Club, de la península de Florida, Gonzalo le contó a El Gráfico con lujo de detalles su participación y la de otros jugadores argentinos, tras ganarle con su equipo –el Hallal, que representó a Nigeria– a los Estados Unidos.

“Jugamos Julián Hipwood, Gonzalo Pieres, El Chamaco Herrera y yo, casi el team de Mar del Plata –escribía entonces Gonzalo–. Nuestro equipo representaba a Nigeria porque el organizador es un nigeriano. Jugaron cuatro equipos, el Retama, que es la selección de los Estados Unidos; Macondo, del un colombiano y en el que participaron Horacio Heguy, Cacho Merlos y Francisco de Narváez. Y El Malón, un cuarteto totalmente argentino con Juancarlitos Harriott, Daniel González, Horacio Araya y Celestino Garrós. En uno de los partidos previos a la Copa jugó el príncipe Carlos de Inglaterra con su equipo, el Windsor Park y luego entregó los premios del partido Macondo-Hallal. Los norteamericanos y nosotros nos clasificamos para la final. Uno de los aspectos para destacar del torneo fue el público, ya que asistieron cinco mil personas o más. Los organizadores pusieron tablas alrededor de las canchas, lo que le da mayor continuidad a los partidos. Además, ellos marcan el final de cada chukker con dos campanadas, una a los 7 minutos y la siguiente, si el juego no se detuvo por tablas o infracción, 30 segundos después. Y en ese momento se termina, sea cual sea la diferencia... Después de cada gol hacen sonar una sirena parecida a los autos policiales, colocadas detrás de los mimbres... Bueno, llegamos a la final. Les ganamos 13 a 8, tras haberles hecho 9 goles seguidos: 9-1 en el tercer chukker. Eso desanima a cualquiera... Ahora se acerca la Copa de las Américas, en San Antonio, Texas, y a pesar de nuestra teórcia superioridad, estoy seguro de que las diferencias van a ser menores que en noviembre pasado en Buenos Aires, de que no vamos a ganarles por 10 o 12 goles. Sabemos que es una prueba clave para nuestra consagración y estamos conscientemente preparados para llegar a ella y superarla con éxito”.

Tres años más tarde, en 1980, jugó la Copa de las Américas con la camiseta de la Selección Nacional, en San Antonio, Texas, en el tercer y último partido de la serie. La Argentina retuvo por quinta vez consecutiva ese trofeo, tras haberlo ganado también en 1936 en Nueva York, con el equipo olímpico. El resultado final fue Estados Unidos 6 – Argentina 10. Horacio Heguy y Juan Carlos Harriott se despidieron, levantando la Copa por última vez...

El periodista, tras revisar los datos, halló otra nota, otro hito, otro detalle. El Gráfico edición 3212, del 28 de abril de 1981. Autor: José Luis Barrio. El título lo dice todo, “Gonzalo Tanoira, rey de Palm Beach”. Cuenta Gonzalo... “Jugué con Alfonso Pieres y Julián Hipwood, con el nombre de Bohem Palm Beach y 34 de handicap. Para llegar a la final le ganamos 8 a 7 a White Birch y en la final a Rolex A&K, el equipo de Alfredo Harriott. Ganamos 14 a 8, pero nos fuimos despegando recién en el final... Me voy a un partido exhibición en Washington para el 23 de mayo y después, nada. Sólo esperar a septiembre, hasta la temporada argentina, porque va a ser realmente divertida, vamos a ver si ganamos el Abierto”.

Sí, pensó el periodista, poniendo a un costado la nota, siempre estaba pensando en su club, en su Mar del Plata, en el polo, en divertirse, porque se notaba que, para él, jugar era una diversión.

Prendió un cigarrillo y se preguntó a sí mismo: ¿Por dónde comenzar la nota, pues?

 

Tal vez por su forma de jugar, pensó el escriba, mientras apuntaba unos detalles sacados de diferentes comentarios: tenía talento. Gran manejo del taco y la bocha. Era elegante. Jugaba con fineza. A veces le gustaba divertirse con jugadas insólitas, fuera de libreto. “Sólo quiero divertirme, aunque a lo mejor se las considere malas”, decía. Sí, un talentoso, un creador, un jugador para exquisitos, un competidor incansable.

¿Qué más?, se preguntó el periodista. A ver por acá... más datos... sí, estos van a servir, se dijo, mientras con un gesto de impaciencia tiraba una lapicera al suelo, preguntándose, ¿por qué no usaré la computadora, como hacen los pibes? Encontró un bolígrafo, tomó una hoja, anotó, con cuidado...

Nunca se consagró campeón argentino. Fue uno de los primeros en jugar en el extranjero. Primer partido: 1964, Inglaterra. Le gustaban el campo y la cría de caballos. En 1994, con uno de sus productos, la yegua Pastora, Gonzalo Pieres ganó en Palermo el premio de la Asociación Argentina de Criadores de Caballos de Polo. En el 96 ganó la Copa de Oro, en Londres. En el equipo estaba el duque Felipe de Edimburgo y lo bautizó “Speedy” al argentino. Allá por el 88 trajo a la Argentina a Kerry Packer, un australiano que fundó luego Ellerstina, junto a Gonzalo Pieres.

Claro que, ante todo, estaba el deportista. “No compliquemos lo sencillo, los jugadores en el polo nos conocemos todos y a fondo y entre los seis o siete equipos de arriba en el ranking, no hay diferencias importantes. Ni en caballos ni en técnicas ni en nada. Coronel Suárez está un poco más organizado, pero nada más. La llave del triunfo es la velocidad. Si uno tiene un buen día, para la vista de los que entienden poco y nada, los caballos parece que fueran de carrera. Pero, si en cambio, uno comete errores de tiempo y distancia, entonces el pingo, para esos mismos observadores, es un burro. En esto el veloz le gana siempre al lerdo. Por ejemplo, el domingo pasado: Coronel Suárez y Mar del Plata habían estado practicando juntos las dos últimas semanas. ¿Qué íbamos a esconder? Si nos conocemos de memoria...” Y eso lo decía en octubre de 1979, luego de ganarle nada más ni nada menos que 13 a 8 a Coronel Suárez, considerado uno de los mejores del mundo. Sin agrandes. Sin poses. Al mejor estilo Gonzalo: “Le hemos ganado al mejor equipo del mundo, nada menos. Una enorme satisfacción pero que no me quita los pies de la tierra”. Sin misterios. Dándole el valor a cada cosa. Privilegiando siempre una: “Mi balance, después de jugar veinte años, es la alegría que sigo disfrutando cuando entro en una cancha. Siempre mi objetivo es el mismo: divertirme. Trato de hacer las cosas con garra, con fuerza, con amor. Pero sin confundirse, porque en el polo la victoria no es un caso de vida o muerte, es apenas eso, un deporte. Si al fin y al cabo, yo estoy jugando con mis amigos...”

Pucha que era claro, piensa el escriba. Y, mientras logra capturar un nuevo cigarrillo, piensa de nuevo: ¿por dónde arranco la nota de este hombre al que la vida parecía sonreírle siempre? ¿por dónde?...

 

Para el 22 de mayo de 2001, Tanoira asumía el cargo de presidente de la Asociación Argentina de Polo, ocupando el puesto que dejaba Jorge Dupont. “Hace cuatro años, desde el consejo anterior, me presionaron para que aceptara este cargo”, decía al asumir. Y, unos años después, en 2004, expresaba sus sensaciones encontradas. O no tanto. “Manejar el polo es ingrato. Hay jugadores que piensan que todo es fácil, que todos los que manejan las cosas no saben nada. Los jugadores nunca han podido organizarse. Los que me acusan de soberbio, son libres de pensar lo que quieran, pero en estos tres años jamás tomé una decisión totalmente personal. No tengo voto doble, no presioné a nadie. No tengo hasta ahora, ninguna frustración. Cuando intentamos organizar la Copa de las Américas, un sueño que llevaba 25 años sin hacerse, surgió un inconveniente insalvable, ya que el dueño de un equipo norteamericano, que era nuestro más grande apoyo, dijo que no de un día para otro, un balde de agua fría... Y, en cuanto a los handicaps, a mi me encantaría no bajárselo a nadie, pero perdería prestigio. Puede ser duro o cruel, pero es la ley de la vida...” Y, cuando le preguntaron si aceptaría nuevamente ese cargo, fue terminante: “No. Ganas no tendría...”

Eso fue para febrero de 2004. En diciembre, a los 60, murió de un infarto. Tal vez eso de ser dirigente le había borrado la sonrisa de cuando jugaba, de cuando era feliz con un taco en la mano, sobre un caballo, jugando –simplemente jugando– junto a sus amigos.

Tal vez por ahí sea el comienzo de la nota, se dijo el periodista. Tal vez sea esa la clave de este hombre: nació para divertirse, jugando, jugando con sus amigos, gozando de la vida, feliz sobre un caballo. Tal vez sea el comienzo de la nota, se dijo.

De pronto miró hacia un costado. Se iba la noche, aparecía el sol de la mañana. El sol de siempre, que sale todos los días, el sol que nos hace saber que empieza un nuevo día, un nuevo desafío, un nuevo chukker.
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misterlas tapas de palermo son buenas y me gustan porque son esteticas y artisticas
06/07/2009 00:48 hs
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